Alcalino. Ignorancia, prejuicios y omisiones

por | Nov 25, 2025 | Uncategorized | 0 Comentarios

En días pasados, el gobernador del estado de Puebla informó que la plaza de toros El
Relicario, en la zona norte de la capital poblana, va a ser transformada por su administración
en un centro de espectáculos. El cambio, que hará desaparecer el coso taurino, incluye un
nuevo nombre para el lugar lo suficientemente cursi como para no tener que repetirlo ahora.
Ni la prensa ni la ciudadanía dijeron nada al respecto: tácita aceptación, ninguna pregunta y
cero comentarios. Primer indicio.


Por otro lado, la semana anterior nos sorprendió un hecho aparentemente trivial: la columna
taurina de un diario de difusión nacional apareció sin la fotografía que usualmente la
acompaña, y que el autor había enviado previamente a lectores amigos. En dicha foto,
Silverio Pérez y el presidente Lázaro Cárdenas del Río posan sonrientes: el mandatario más
inclinado a la izquierda del siglo XX mexicano codo a codo con un ídolo popular indiscutible
de la época de oro de nuestra tauromaquia. Segundo indicio.


¿Indicios de qué…? Dejo al lector la elección: puede ser que la impunidad con que se podrá
fin a los días de El Relicario sea un caso de pura y despreciativa ignorancia; otra posibilidad
sería el probado prejuicio supremacista hacia el tema taurino instalado desde hace tiempo
entre sus detractores, y un tercero, en el caso de la fotografía omitida, una forma digamos
blanda de censura.


Y como ninguno de estos tres supuestos excluye a los otros dos, su explosiva mezcla se pone
interesante. Vayamos por partes.


Ignorancia. De hecho, son ya varias las generaciones de mexicanos a los que la tauromaquia
no les dice absolutamente nada, entre otras cosas por su oportuna desaparición del
horizonte noticioso y, en consecuencia, de la escena pública y la vida social a la que tanto
había nutrido y proporcionado color, calor y pasión durante siglos, sobre todo a lo largo del
XX.


Y aunque no es del caso recordar ahora los cómos, quiénes y porqués dejaron de televisarse
las corridas que domingo a domingo se transmitían en cadena nacional –años 50 y 60–, dicha
supresión está íntimamente ligada a la consecuente indiferencia general hacia el tema
taurino, considerado como algo anacrónico y ajeno por la mayoría de los mexicanos.
Ahora bien, ignorarlo todo sobre un asunto determinado no parece razón suficiente para
denostarlo tan cruda y grotescamente como se ha hecho con las corridas de toros. Para
llegar al ataque directo, a la ignorancia y a la indiferencia tuvo que añadírseles una insistente
e insidiosa campaña de descrédito perfectamente orquestada. Como en casos recientes del
ámbito político-ideológico ha podido comprobarse, la ingenuidad de neutrales y
desprevenidos funciona como un caldo de cultivo ideal para el éxito de tales campañas
puesto que aporta la maleza reseca que los que encienden la chispa buscan incendiar.
Spinoza. Baruch Spinoza, filósofo judío holandés adelantado con mucho a su tiempo (1632-
1677), sostenía que “la ignorancia nunca es un argumento”, y, en otra de sus máximas, que
“Juzgar lo que se desconoce es insensato”. No les vendría mal echar una hojeada a sus

enseñanzas a los ciegos odiadores de todo lo que huela a tauromaquia. Y, ¿por qué no?
también a la pasmada grey taurina.


Prejuicio y desprecio. Prácticamente podría replicarse aquí todo lo señalado en la cláusula
anterior. Con el señalamiento adicional de que todo prejuicio nubla el juicio, y lo que se oye
decir acerca de la fiesta de toros –su condena inapelable, los calificativos a menudo
insultantes aplicados al hecho taurino y a quienes lo cultivan y gustan de él—encaja con
admirable precisión en esta definición de prejuicio: “Juzgar alguna cosa fuera del tiempo
oportuno, o sin tener cabal conocimiento de ella, o apartándose de lo razonable” (Diccionario
Polígloto Barsa. Vol II. Edit. Encyclopaedia Britannica Publishers. Inc. México-Panamá-Río de
Janeiro-Buenos Aires-Caracas. 1980. p. 928).


Pero la manía de prejuzgar no basta para justificar un juicio descalificatorio puesto que
asimismo puede haber prejuicios afirmativos, es decir, favorables a la cosa prejuzgada –
escuche usted a unos padres hablar de las extraordinarias virtudes de su hijito y entenderá a
qué me refiero–. Pero el prejuicio más insidioso es el que nace del desprecio, de la
desestimación desdeñosa, de la pretensión de superioridad intelectual y moral sobre lo
juzgado, que ya puesto en ese plano de inferioridad puede ser aplastado con total impunidad.
Y es precisamente a partir de este tipo de prejuicio que se condena a la fiesta taurina y a sus
practicantes y aficionados. Y de paso al toro de lidia, familia bovina dotada –son datos
comprobados– de genoma y comportamientos propios y exclusivos. Silenciar esta verdad
científica forma parte de la descalificación tajante del tema taurino.

Un silencio lamentablemente compartido a partes iguales por taurofóbicos, taurinos y taurófilos.
Es así como la ignorancia y el prejuicio funcionan como los dos brazos de la tenaza que
amenaza con depositar a la tauromaquia mexicana, parece que inexorablemente, en el baúl
de los recuerdos. Con ánimo de arrojarlo cuanto antes al mar del olvido en un caso más de la
cancelación cultural tan grata a este siglo de absolutismos, reduccionismos y mezquindades
sin cuento.


Censura. Evidentemente, la sola ignorancia, los prejuicios y el supremacismo esgrimidos en
contra del toreo no bastarían por sí solos. Por eso hubo que reforzar el arsenal volcado en su
contra con el último y más genuino argumento del poder –oficial o no– que es la censura.
En el caso de las corridas de toros, la censura se ha ejercido implacablemente de diversas
maneras, evidentes unas y veladas otras. La surgida a partir de la supresión de una fotografía
donde un torero famoso posa amigablemente con un político progresista –cuya familia tuvo
además una ganadería de bravo en Michoacán–, es probable que sea una muestra de lo
segundo. Porque se trata de invisibilizar el tema. Como si la tauromaquia nunca hubiera
llegado a América, tomada hoy por asalto –vía TV y redes—por los deportes anglosajones.
Muestra fotográfica. Quiero rematar esta columna ofreciendo un muestrario de personajes
del mundo de la política y del arte afectos a la fiesta brava. Con la característica adicional de
que ninguno de ellos podría ser acusado de conservador o derechista, sino más bien al
contrario. Esto a propósito de la manía actual de considerar reaccionarios, en automático, a
los actores, seguidores y defensores de la tauromaquia, en tanto que el progresismo en masa

se siente en la obligación de combatirla a muerte. Aberraciones ambas que urge denunciar
por activa y por pasiva.