Una imagen poética y enternecedora del niño-torero

Una imagen poética y enternecedora del niño-torero

Una imagen poética y enternecedora del niño-torero. La foto que abre la nota es elocuente, arrobadora, ensoñadora. El pequeño duerme plácidamente.

El padre nuestro está escrito en una hoja de cuaderno, adosada a la mesita de noche dejando la videncia de lo sacramental que atesora ese antiguo arte mediterráneo.

Hoy se vive en América con peculiaridades rituales.

Con esa religiosidad en las advocaciones de Jesús, de la virgen y de santos patronos de muchas comunidades.

Como vigías (creo que duermen… me parece que «hacen que duermen») pues velan el dormir recostaditas en la pared del cuarto del niño.

Un capotillo y un espadín que cuando despierte estarán prestas para crear esculturas efímeras y eternas.

Arabescos y grandiosas bellezas, desde verónicas a tafalleras, gaoneras y chicuelinas…

¡Ah, el toreo de capa! al que los mexicanos le han dado tanto lustre.

El niño ama el toreo, eso sin dubitaciones.

En sus utopías busca encontrar la magia de Joselito y de Belmonte, esa eternidad de don Rafael de Paula, esa graciosa entonación de Juan Ortega, y la explosión de arte de Morante.

Tan único, distinto, barroco, sevillano, clásico e inspirador de sueños como el del pequeño que duerme a placer acompañado de dos guías…

Un capotillo y una espada para desfacer entuertos, como El Quijote de Cervantes.

Unos querrán ser médicos, otros arquitectos, hay quien desee formarse como contador y aquél de filosofo como Ortega y Gasset.

O seguirá la inspiración de Rulfo para reseñar la rica historia del toreo.

Pero el niño que está acostado en esa muelle cama quiere SER torero.

Nadie le va arrebatar ese sueño.

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