César Rincón tuvo el domingo 24 de febrero una soñada despedida de los ruedos, al cortar cinco orejas e indultar un toro, en la plaza Santamaría de Bogotá, donde lo acompañó en mano a mano el español Enrique Ponce, que también indultó un toro y se llevó tres orejas.


Abrió el festejo Rincón con un buen toro al que saludó con suaves verónicas y quitó por chicuelinas ceñidas. La faena, templada, ligada, justa y precisa sobre ambas manos, comenzó a armar el júbilo en los tendidos.
El segundo del bogotano, un animal de hermosa lámina y de excelente juego, le permitió ligar una completa labor aprovechando la bondad del toro. Se lució con el capote, y con la muleta la faena fue un recital de bien torear. Rincón ejecutó un trasteo de gran calidad, deleitándose y deleitando al público con un trasteo de muchos quilates. Cuando quiso entrar a matar, el público, de pie, pidió el indulto para el noble ejemplar, lo que fue concedido, así como dos orejas simbólicas para el maestro.
En el tercero comenzó el trasteo rodillas en tierra, ejecutando limpiamente varios muletazos. Ya de pie obligó al toro, con la sabiduría que lo caracteriza, a seguir los vuelos de la muleta. Lo despachó limpiamente y obtuvo dos orejas. A estas alturas los tendidos estaban convertidos en un manicomio de alegría.
Enrique Ponce, que brindó su primero a Rincón, le hizo a este animal una faena torera, empezada con efectivos doblones, seguidos de reposados y templados naturales, circulares y toda la gama de muletazos. Lucida labor de grandes quilates ante un toro tan noble y bravo que el público, pañuelo en mano, pidió su indulto, que fue concedido por la presidencia. Dos orejas simbólicas fueron el premio para el torero.
Su segundo sirvió para demostrar el poder del torero de Chiva. El toro exigía muchos conocimientos para darle la lidia adecuada y el valenciano logró meterlo en el engaño para robarle una tanda. Su tercero, sin embargo, no tuvo lidia posible.
Y al final, en hombros y en la gloria








