Valencia ocupa un lugar muy especial en la historia de la tauromaquia. En su hermosa
plaza de la calle Xátiva, cuyo estreno data de 1859, la tradición dispone la celebración de
dos ferias cada año, la de Fallas en marzo y la de San Jaime en julio. Y Joselito El Gallo solía
elegirla para cerrar sus campañas de mandón absoluto de su tiempo con una encerrona
que bien podía ser, como la de 1915, con seis galanes de aquel don Eduardo Miura que
lloró cuando se enteró de que Belmonte le había cogido el cuerno a uno de sus bichos.
Por esa época, la fama de los toreros valencianos se depositaba sobre todo en subalternos
de a pie, con ejemplos tan ilustres como Enrique Belenguer “Blanquet” o Manuel Moreno
“Moreno de Valencia”, que no por nada brillaron, respectivamente, en las cuadrillas de
José y Juan. Y en la época de Manolete, otra figura indiscutible entre la gente de
pasamanería o plata fue Alfredo David Puchades, cuyo capote ataba a los toros con hilo de
seda pero podía convertirse en látigo para domeñar al bronco. Para entonces ya había
surgido y desaparecido prematuramente Manuel Granero Valls, el torero violinista, cuya
ascensión a la más alta cumbre quedó truncada en Madrid por el seco pitonazo del
veragüeño “Pocapena”, que una calurosa tarde de mayo penetró hasta su masa encefálica
a través del ojo derecho (07.05.1922) cuando acababa de encabezar el escalafón en su
primer año de matador, algo que sólo el omnipotente “Gallito” ha sido capaz de lograr.

Nunca, como Granero, un valenciano estuvo tan cerca de ostentar el mando absoluto de
la Fiesta. Tampoco, desde luego, Julio Aparici “Fabrilo”, aquel muchacho nacido en Ruzafa
que a finales del XIX había encandilado a sus paisanos con su buena figura y su torpona
valentía. Como procedía de la moderna actividad industrial le pusieron Fabrilo, es decir,
“obrero fabril”, y sus paisanos presenciaron con horror la cogida que le costaría la vida al
banderillear al toro “Lengüeto”, de Cámara (27.05.1897) en un mano a mano con Antonio
“Reverte” Jiménez. El mismo sino trágico que ha marcado históricamente a la torería
valenciana iba a alcanzar a su hermano Francisco, heredero de la vocación y el apodo de
Julio y herido de muerte en el mismo coso de la calle Xátiva por el novillo “Corucho” de
Pablo Romero (30.04.1899). Por una macabra coincidencia, vestía esa tarde el mismo
terno grana y oro que el primer Fabrilo llevaba puesto el día de su cornada mortal. Más
tarde engrosarían el martirologio Moreno de Valencia, gran banderillero (San Sebastián,
15.08.1921) y el modesto espada Aurelio Puchol “Morenito de Valencia” (Guayaquil, Ec.
09.10.1953). O, más recientemente, el extraordinario subalterno Manuel Belinchón
“Montoliú”, al que “Cubatisto”, de Atanasio Fernández, le partió el corazón en Sevilla al
reunir un par de banderillas (01.05.1992). Montoliú llegó a doctorarse matador (Castellón
de la Plana, 02.03.86) antes de volver al oficio que le diera fama. Y faltaba aún una última
víctima mortal, Curro Valencia, banderillero modestísimo que se ganaba la vida como
peón de albañilería y cayó herido de muerte en el coso de la calle Xátiva (27.07.96).

¿Tendría que resignarse a ese destino reiteradamente siniestro una tierra tan taurina
como Valencia –ciudad festiva, público optimista y alegre–? ¿Seguiría contando sus
mejores representantes únicamente entre las infanterías? Tal situación, superada ya
desde los años 70, encontró el mentís más rotundo el día de San José de 1996, objeto de
este relato.
Ternas posibles. El anuncio de una combinación de matadores enteramente levantina
pudo haberse producido ya a finales de la década del 20 porque estaban simultáneamente
activos Vicente Barrera, Francisco Tamarit “Chaves” y Félix Rodríguez, oriundo éste de
Santander pero que creció y se hizo torero en Valencia. Desconozco si alguna vez llegarían
a alternar juntos, pero no que la guerra civil truncó las promisorias carreras de Rafael
Ponce “Rafaelillo” –tío de Enrique Ponce—y del infortunado Morenito de Valencia. Y
aunque en la década de 1950 la comunidad valenciana llegó a tener tres espadas de
alternativa –Francisco Barrios “El Turia”, Francisco Antón “Pacorro” y Vicente Blau “El
Tino”, alicantinos los dos últimos–, ninguno de ellos logró trascender. Sería en los años 70
cuando la situación dio un vuelco radical.
Desde Alicante –ciudad mediterránea de rumbosa feria y vasto historial taurino—
llegaron los hermanos Esplá, Luis Francisco y Juan Antonio, hijos del exnovillero Paco
Esplá. Y José María Dols “Manzanares”, hijo del banderillero Pepe Dols y padre del José
María Manzanares de este siglo XXI. Que iba a encontrar a Enrique Ponce Martínez,
natural de Chiva, muy cerca de Valencia, entre los ases señeros de la baraja.

Cercanos antecedentes. En realidad ya se habían dado en Valencia corridas en las que
alternaron exclusivamente matadores de la región levantina. Gran polvareda levantó un
mano a mano entre José Mari Manzanares y Vicente Ruiz “El Soro” –natural de
Xátiva—que incluyó un raund de boxeo a causa de un quite del alicantino a un toro de
Vicente Ruiz (12.05.85). Siete años después, el día de San José de 1992, Valencia vio
alternar por primera vez juntos a tres levantinos (Manzanares, El Soro y Ponce), y aunque
el de Xátiva cobró una oreja y el de Chiva dos, fueron apéndices de importancia menor.
Hubo que esperar otros cuatro años para que el anhelo regionalista pudiera colmarse con
este cartel: seis toros de Luis Algarra Polera para José Mari Manzanares, Enrique Ponce y
Vicente Barrera. Y no sólo porque los tres hayan salido en hombros, sino por la huella
artística y emocional que dejó en la memoria de los presentes aquel 19 de marzo de 1996.
De menos a más. Floja empezó la corrida, con un abreplaza protestado por inválido que la
autoridad accedió a canjear por un sobrero de Sancho Dávila. Toda la primera parte del
festejo transcurrió sin nada de particular. Pero a partir del cuarto, la tarde dio un giro
total. José Mari, pie veterano del cartel, se encontró con un bicho suave y repetidor y no
lo dejó ir. Y tras su quite por chicuelinas arrastradas iba a cuajarle una faena justa y
sentida, en plena armonía con la embestida del animal y con su propia expresión torera,
de ahondado sabor y acentuado temple. Lo aseguró con la espada y le cortó las orejas.

Otras dos cobraría en el turno siguiente Enrique Ponce, en este caso de un animal
incómodo y arisco con el que decidió demostrar lo capaz que podía ser con semejante
género –ese mismo año se descararía con “Lironcito”, la faena más importante de su vida
en Las Ventas (27.05.96)–. Ambas actuaciones, la de Manzanares y la de Ponce, la crítica
las aireó y cantó largamente. Pero entresaco lo escrito al respecto por Joaquín Vidal, que
por ningún motivo podría ser acusado de partidario de ninguno de los dos. Leamos:
“Noble el cuarto, Manzanares le instrumentó derechazos muy largos -bien que con el pico
y escapando antes de rematarlos-, se descompuso un poco en los naturales, dibujó la
trinchera y los pases de pecho, mató a la primera y le dieron las dos orejas. Inválido el
quinto, acabó dificultoso y al público, acostumbrado a las almibaradas finuras de Enrique
Ponce, se le heló la sangre al ver cómo se transformaba en un torero arrebatado. Reservón
el toro, achuchó a Ponce en los primeros muletazos y pareció que no toleraría más, cuando
el diestro le retó, adelantó la muleta, aguantó valeroso las arrancadas, y si los pases no
salían con la etérea insustancialidad de otras veces, estaban llenos de emoción (…) Porfió
al final de la faena, se tiró de rodillas, arrojó los trastos toricidas y se abrió la chaquetilla
mostrándole al toro –o lo que fuera aquello– el lugar que ocupaba su acelerado corazón.”
(El País, 20 de marzo de 1996).

“Toreo primoroso de Vicente Barrera”. Pero el encabezado de la crónica de Vidal estuvo
dedicado a la faena de la tarde, que Vicente Barrera, el más joven de la terna,
protagonizaría con “Enfadado”, el bicho que cerró aquella feria de Fallas del 96. El propio
Barrera lo rememoraba como un momento clave para su trayectoria profesional, “Me
jugaba mi carrera. Si no triunfaba, me quedaba parado. Pero logré las dos orejas del sexto
y eso me relanzó a todas las ferias (…) Fue la tarde más importante de mi vida.” (Levante,
diario, 19 de marzo de 2021; entrevistado por Jaime Roch).
Prosigamos con los párrafos que dedicó Vidal a la gran faena de Barrera con “Enfadado”:
“Toreo al natural puro dentro de una faena primorosa le hizo Vicente Barrera al sexto toro.
Toreo al natural como el Cúchares manda y Dios bendice. Toreo al natural ceñido y en
acabada reunión. Toreo al natural sin exclusión alguna de sus cabales tiempos: parar,
templar y mandar. Toreo al natural fiel al canon, que incluye cuanto queda dicho y, sobre
todo, la naturalidad (…) pues se realizaba desde la lógica: la espada en la derecha, la
muleta en la izquierda, frontal el cite; e interpretado con naturalidad. Dos tandas de
naturales le dio Vicente Barrera a ese sexto toro y debió añadir otra en detrimento de los
derechazos. No es que los derechazos fueran malos; antes al contrario iban cargados de
primores, mas el mérito y la importancia del toreo puro al toro bueno siempre fue -y
debería seguir siendo-, al natural.
Esta faena cumbre la preludió Vicente Barrera con seis estatuarios sin mover las zapatillas,
abrochados mediante un pase de pecho sacándose de encima la embestida que le venía
vencida. Y la culminó con una auténtica mascletà, molinetes de rodillas sin rectificar
terrenos pese a que el toro se le quedaba corto. A la hora del volapié lo atravesó, luego
descabelló, pero a nadie importaba el fallo: la plaza entera se había metamorfoseado en
un volcán flamígero y rugiente.” (El País, 20 de marzo de 1996).
Veinticinco años después, el aludido lo confirmaba: “Ha sido una de las veces que mejor se
ha visto torear por estatuarios en Valencia, modestia aparte (…) Me dejaba llegar mucho
al toro porque sabía que tenía nobleza (…) Los adjetivos que resumen su condición son la
clase y el ritmo porque embistió por abajo y desarrolló profundidad en la muleta (…) Fue
un faena muy completa por ambos pitones, pero recuerdo que lo mejor fueron los cambios
de mano porque tuvieron mucha lentitud (…) Si no descabello, corto el rabo porque la
afición lo pidió con mucha fuerza.” (Levante, íbid). Es evidente que Barrera no había
olvidado el mínimo detalle de aquella faena suya, bella, redonda y rotunda. Como
tampoco las actuaciones de sus alternantes, sobre las que no se ahorra elogios.
De Manzanares dijo Vicente, en aquella entrevista de 2021, que “Dio la talla de su
maestría”, y de Ponce que “En el callejón no me creía la faena que estaba viendo. Estuvo
inconmensurable, de las mejores veces que lo he visto.” (Levante, íbid).

La vida sigue. La del 96 fue tal vez la última temporada en que José Mari Manzanares se
decidió a dar el paso al frente, cargando las suertes de ese temple y sabor tan suyos con el
toro propicio, como aquel cuarto del día de San José o los dos de Alcurrucén a los que les
cortó el rabo en Nimes el día de la alternativa de Cristina Sánchez (25.05.96).
Ponce ya era una potencia y actuó ese año en un centenar de festejos, como habría de
hacerlo sin fallar una sola vez durante el decenio 1992-2001. Cuando se despidió (México,
05.02.2025) tenía implantada una plusmarca histórica de toros muertos e indultados
–ambos– y alternativas y confirmaciones otorgadas. Pero pocas veces se habrá fajado con
bureles de bravura exigente y encastada como lo hizo en 1996.
En cuanto a Vicente Barrera y su personal concepción del toreo –por lo erguido y suntuoso
remitía a conceptos ya olvidados, troquelados en el molde de Manolete, nada menos–, es
verdad que duró relativamente poco en los toros y sin alcanzar el rango de figura que
otorgan plazas como Madrid, Sevilla o Bilbao, en las que toreo poco y sin mayor fortuna.
No le faltaban valor ni decisión, pero su estilo parado y vertical, de una elegancia un tanto
rígida, quizá resultara demasiado sobrio para los gustos populares. Así que más pronto
que tarde se decidió por el ejercicio de su profesión de abogado dejando los afanes
taurinos por la paz. Tuvo, posteriormente, una despedida en la que la afición de su natal
Valencia se desbordó en afecto hacia Vicente y lo que representó para la afición de esa
tierra de tanta solera y personalidad taurina (21.07.2011). Menos afortunada ha sido su
incursión en el campo de la política, de la mano de las formaciones derechistas PP y Vox, a
partir de 2023.







