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Alcalino nos recuerda la obra de Guillermo H Cantú

Alcalino nos recuerda la obra de Guillermo H Cantú. Es difícil celebrar algo cuando el personaje que lo motiva acaba de morir. No hablo, naturalmente, de panegíricos oportunistas sino a una celebración plena.

Y es que hoy, esta columna quiere exaltar la obra de Guillermo H. Cantú y su pasión analítica. La vida perenne de cuatro libros cruciales para entender la tauromaquia mexicana, en medio del vacío de literatura alusiva de que adolece nuestro país, con aisladas y esporádicas excepciones.

Un vacío tan sensible y palpable que hasta pudiera servir para explicar en parte la triste situación de la Fiesta en México. Porque sin lectores y escritores taurinos competentes, la decadencia de nuestras corridas de toros se robustece. Con o sin pandemia.

Guillermo Héctor Cantú Charles (Monterrey, 23.01.1933-CDMX, 19.09.2020)

Estudió administración en el Tecnológico de su ciudad natal y se dedicó a los negocios con éxito singular. Pero sus talentos empresariales no estorbaron nunca su fervor por la fiesta de toros ni la perspicacia connatural a su carácter.

Si aquél lo prendió para siempre al acontecer de los redondeles, ésta le permitiría escudriñar la realidad profunda del toreo a través de los artistas de su predilección, como Carmelo y Silverio Pérez, como Manolo Martínez. Hasta descubrir rasgos muy particulares en el toreo que se practica y degusta en México.

De donde resulta que el famoso axioma belmontiano –“se torea como se es”–, explica al individuo que torea, pero también la matriz cultural de la cual procede.

Estas son algunas de las principales tesis, sin duda atrevidas, con frecuencia originales y afortunadamente controversiales, que Cantú formula a través de su obra:

Toreo lúdico frente a toreo lúgubre

El autor regiomontano señala una diferencia fundamental entre el toreo mexicano y el español, lúdico el nuestro y lúgubre el hispano. Tal aserto puede discutirse pero no ignorarse, pues se trata de un hallazgo sobre el que vale la pena reflexionar.

Y es precisamente la reflexión –la propia y la que suscita con la mayoría de sus afirmaciones—lo que Cantú busca provocar en sus lectores.

Observa en nuestros toreros “una necesidad de jugar –en el sentido de funcionar, aun a costa de arriesgar–, más imperiosa que la necesidad de creer. Ahí residirá la primera gran diferencia del mexicano con relación al mundo europeo… Enfrascado en una búsqueda de placer, más que de poder, el hombre de México entenderá el espectáculo taurino simplemente como una fiesta más –quemar “judas”, “morirse en la raya”, “jugársela”. Una raza que nace de la muerte no tiene por qué temerle… (contra) la tradición de la España adalid de la cristiandad…”

(Muerte de azúcar. Edit. Diana. México. 1984. pp 53-54)

La mexicana, una cultura de tempo lento

Guillermo H. Cantú distingue una diferencia entre la lentitud con que tiende a mover los engaños el torero mexicano, en oposición a la rapidez privativa de los españoles, inclusive aquellos que, para triunfar en México, tuvieron que adoptar al torear aquí unos modos más templados.

De paso, se anticipa a quienes podrían atribuir esta pauta espaciotemporal a la embestida considerablemente más suave del toro mexicano en comparación con el español, recordando que dicha suavidad fue lograda mediante un complejo, peculiar y talentoso manejo zootécnico en las primeras tres décadas del siglo XX, con el deliberado propósito de acoplar el estilo del toro a los peculiares gustos de un público procedente de una cultura de tiempo lento, en contraste con otra de tiempo rápido.

Y todo esto sin menoscabo de la casta, pecado en el que incurrirían los torpes sucedáneos de aquellos próceres de la cría del toro bravo mexicano.

Frente a los toros –apunta Cantú—no se puede jugar, a menos que se posea un temperamento juguetón o se pertenezca a una “raza inmadura”, lúdica, traviesa, que carga, además, con las cualidades y defectos de sus antecesoras.

De otra manera no es posible entender cómo el mexicano, dependiente también en lo taurino, a partir de la segunda mitad de este siglo (escrito en el s. XX) exprese un toreo propio, un sentimiento en el ruedo completamente diferente al de los toreros españoles».

(Op. Cit. p 57)

Hablando de Silverio

A lo largo de su obra, el autor regiomontano explora una y otra vez  las personalidades de los texcocanos Carmelo (Armando) y Silverio Pérez Gutiérrez.

Notorias diferencias de temperamento y carácter entre ambos no le impiden hermanarlos en lo esencial:

Un desdeñoso estar frente al peligro como misión vital, sin preocuparse por acumular fechas, triunfos y medallas, que son símbolos del pensamiento utilitario de occidente, no del hombre empeñado en ofrecer un poco de su ser, de su sentir y de su alma al expresarse.”

(Visiones y fantasmas del toreo, Edit. Ediciones 2000. México. 2000).

El mandón de mandones

Además de Silverio, el torero de Cantú es Manolo Martínez. Y le interesa resaltar, por encima de su maestría y arte, virtudes estrictamente taurinas, la obsesión de controlarlo todo que caracterizó al torero de Monterrey.

Y que lo elevaría no sólo a la cumbre del toreo de su tiempo, sino a mandar sobre los destinos de la Fiesta en México como acaso ningún otro matador en la historia.

De hecho, el libro que Cantú le dedicó a Manolo es una larga entrevista con el diestro, que va desgranando sus convicciones con marcado desdén hacia sus muchos impugnadores y cobradores de agravios.

Me detengo en la explicación del temple que hace el reinero:

“El uso del pico… persigue el objetivo de tocar al toro dándole en el primer pase pequeños calambres al pitón, o más bien, al ojo contrario… En el segundo pase ya no es necesario ese toque… la inclinación de la muleta marcará el ajuste necesario para obligarlo a repetir la embestida sin que el torero tenga que recolocarse…

El esfuerzo se realiza a base de tensión dinámica, sin moverse, aguantando las acometidas del toro mientras músculos, tendones y ligamentos se estiran y tuercen sin que tus piernas se desplacen, sino únicamente giren.

Lo mismo pasa con la franela cuando le permites al toro acariciarla con el testuz o los pitones… El temple se pierde si el toro testerea o engancha la muleta. Si sólo dejas que la toque sin que pueda moverla se vuelve un estímulo, el toro se encela…”

(Manolo Martínez, un demonio de pasión. Edit. Diana. México. 1990, pp 179-180)

Sobre los tiempos felices de la Plaza México

La lúcida definición que formula nuestro autor de la Plaza México, alma y núcleo de la afición mexicana, hace tiempo dejó de operar. Al progresivo menoscabo de su sensibilidad y saber taurinos contribuyeron numerosos factores y actores, pero sobre todo la autorregulación empresarial, en complicidad con la autoridad competente.

Lo cual no altera la validez que en su tiempo tuvieron los conceptos así expresados por Guillermo H. Cantú:

Recinto de mixturizadas culturas, decantadas trabajosamente en el tiempo con fuerzas disgregantes y a la vez extrañamente unidas… Solamente la esperanza de que acontezca el milagro en el ruedo conjura la dispersión amenazante, integrando la fuerza multitudinaria alrededor de un núcleo inconfundible; el arte… Pero cruel, como cualquier monstruo colectivo y efímero, tan pronto acomoda su humanidad en la grada se apresta a sacrificar la vida de sus víctimas propiciatorias y el ímpetu de sus héroes.

Un espacio donde es más fácil blandir el pañuelo del indulto que perdonar la impreparación de los oficiantes: la ausencia de clase, los brillos opacos del oficio, la valentía por sí sola, la vulgaridad en sus variados tonos, o los contoneos aparentemente feminoides en banderillas.

El valor y el oficio como medio, nunca como fin. Pero tiene su clave, y cuando se da con ella es capaz de entregarse fuera del matrimonio. Una fémina veleidosa e incomprensible, atractiva y vibrante, disponible y deseosa, pero sólo con unos cuantos, los que puedan animar los ritmos de su secreto.”

(Visiones y fantasmas del toreo. Edit. Ediciones 2000. México. 2000, p. 89)

Evidentemente, tan complicada definición no corresponde ya al público actual de la plaza mayor del mundo. Que es, a menudo, la más desolada y villamelona.

Sobre lo que hace único al arte de torear

En cambio, Guillermo H. Cantú acierta plenamente al explicar qué es lo que hace a la tauromaquia un caso especialísimo entre las artes de representación –teatro, música, ópera, danza…–:

Ciertas características únicas e irrepetibles con respecto al resto de los espectáculos y actividades relacionadas con la creación: el resultado final es desconocido por el público y, sobre todo, por los actores; se alcanzan niveles de improvisación aún mayores a los obtenidos en la danza o en el jazz, sólo que el piano y los demás instrumentos ceden su sitio a un par de pitones; se plantean soluciones cuyo acierto o torpeza al aplicarlas tiene inmediatas consecuencias; y son remotas las posibilidades de adecuación entre los protagonistas –toro, torero y público–, no así las de un percance.”

(Muerte de azúcar. Edit. Diana. México. 1984, p. 98)

Epígrafes

Hombre culto, además de agudo analista, Guillermo H. Cantú encabeza sus disquisiciones con algunos elegantes y oportunos epígrafes que la inteligencia con mayúsculas ha ido obsequiando a la humanidad a través del tiempo. He aquí algunos de ellos:

“El enemigo más peligroso de la alegría es la prisa” (H. Hesse).

“Lo serio trata de excluir el juego, mientras que el juego puede muy bien incluir en sí lo serio” (J. Huitzinga).

“Sobre el placer del poder, el poder del placer” (H. Von Saltza).

“El hombre es la sombra de un dios en el cuerpo de un animal” (W. Goethe).

“Me gusta que todo sea real y que todo esté cierto; y me gusta porque así sería, incluso aunque no me gustase” (F. Pessoa).

“En los escudos estuvo nuestro resguardo, pero los escudos no detienen la desolación” (Poesía náhuatl).

”El arte no es una respuesta, es una pregunta” (O. Paz).

Historia de un cartel. Por HORACIO REIBA “ALCALINO”. La encerrona en Nimes de José Tomás

Historia de un cartel. Por HORACIO REIBA “ALCALINO”. La encerrona en Nimes de José Tomás. La del 16 de septiembre en la feria de Nimes era apenas la tercera actuación de José Tomás en 2012.

Inauguraba el de Galapagar la costumbre, sin duda arriesgada, de exponer todo su prestigio en un muy reducido número de corridas al año… A veces una sola.

Esa temporada sólo lo habían visto los públicos de Badajoz (25 de junio) y Huelva (3 de agosto), dos plazas menores en contraste con la importancia del magno coliseo nimeño.

Aunque José Tomás siempre tuvo como norma medir mucho la cantidad de festejos en que se anunciaba.

El punto de quiebre hacia esa estrategia de restricción máxima hay que ubicarlo en la terrible cornada de Aguascalientes (25.04.2010) y su prolongada convalecencia.

Cuando reapareció en Valencia, quince meses y 28 días después (23.07.2011), la decisión estaba tomada.

Su corta campaña de ese año, limitada a nueve corridas, sería la más “larga” de cuantas vinieron después.

Tres en 2012, dos en 2014, una sola en 2015, tres en 2016 y así sucesivamente.

Ni qué decir que cada anuncio de un cartel donde figurara conmocionaba al orbe taurino.

Agotaba el boletaje en cuestión de días.

Suponía una derrama económica sin precedentes en la localidad donde se celebraría el festejo, al movilizar ávidas caravanas de tomasistas nacionales y extranjeros.

Y con ellos una ingente suma de cronistas y reporteros, taurinos o no, incluidos enviados de países enteramente ajenos a la tauromaquia. 

Así se fraguo. 

Refiere Simón Casas, el organizador de la corrida de Nimes.

Un día cualquiera de aquella primavera del año 12, el músico catalán Salvador Boix lo citó en el madrileño Café Gijón para platicar.

Y en esa plática, el entonces apoderado de José Tomás le planteó el propósito que su maestro tenía de encerrarse con seis toros durante la feria septembrina de Nimes.

Bajo ciertas condiciones, claro está: el empresario no obtendría ningún dividendo.

Los beneficios completos serían para el torero, y por lo tanto, tendría Casas que calcular muy bien sus gastos, y pasárselos al costo a Boix a fin de no perder ni un euro.

Su única ganancia sería la gloria de haber participado en un suceso probablemente histórico.

Lo cual tampoco era seguro: de apuestas supremas y carteles redondísimos está empedrada la senda de las taurinas frustraciones.

¿Por qué eligió José Tomás el horario mañanero para la celebración de un festejo tan especial?

Porque le parecía que son horas de mentes más despejadas y receptivas.

Además de que, según la tradición nimeña, en día de dos corridas la estelar va por delante.

De suerte que la encerrona de José Tomás empezaría a las 11:30 en punto. A pleno sol.

Y así ocurrió.

Tres cuadrillas partieron plaza a los acordes del Toreador de Carmen (Bizet).

Pero al frente se destacaba la magra figura de un solo matador.

Intensamente pálido y enfundado en seda azul-gris pizarra con alamares áureos de cuadrícula mexicana.

Como mexicanos eran los colores de su capote de paseo y parte de la sangre que corría por sus venas.

Sagaz observación de Simón Casas en su libro dedicado al evento.

Dado que en Aguascalientes, el día del gravísimo percance, se le trasfundieron varios litros para mantenerlo con vida.

El saludo fue clamoroso y la expectación desbordaba los ámbitos del milenario y oval anfiteatro cuando anunciaron los clarines la salida del primer toro.

Apoteósico crescendo.

Llegamos al punto más difícil de este relato: intentar narrar lo inenarrable.

Podría empezarse por el balance final: once orejas y un rabo, simbólico éste, puesto que se indultó al cuarto toro del histórico mediodía.

Pero eso significa poco, lo mismo si nos atenemos a la idea que de su oficio tiene José Tomás, si intentásemos reducir a cifras lo inconmensurable.

La corrida, que empezó en tono de celebración, culminaría como colosal catarsis colectiva.

El único sereno, sobre los hombros de los más entusiastas, seguía siendo el torero.

En un ambiente de lo más propicio, con toros que parecían puestos de acuerdo para contribuir a la perpetuación de aquel mediodía auriazul, José Tomás había ido trenzando.

Sin ninguna prisa, a un ritmo cada vez más lentificado y grácil.

Un recorrido puntual por su tauromaquia de por sí morosa y sutil, al par que sencilla, fluente, ceñida y emocionante.

Así transcurrió la lidia de los primeros tres astados, de Victoriano del Río (muy bueno), Jandilla (reservón) y El Pilar (bravo).

A todos los cuales estoqueó con acierto y les cortó las orejas.

Mas cuando asomó “Ingrato”, zaino y bien puesto, el toro número 31 de Parladé (Juan Pedro Domecq).

510 kilos sobre las pezuñas, la corrida dio un vuelco y se elevó hasta alturas abismales.

“Ingrato”, que de salida visitó el callejón provocando la agitación de sus azorados ocupantes, no tardó en revelar una notable fijeza de estilo.

Tras discreta tanda de verónicas del de Galapagar, atacó desde largo a las cabalgaduras.

Sin que costara mayor esfuerzo hacerlo dejar el peto dado su codicioso seguimiento de los engaños.

Como de costumbre, José Tomás limitó al mínimo el castigo en varas.

La transfiguración de José Tomas.

Parte del quite que siguió al segundo puyazo, fijo el toro en los medios: la caleserina de Tomás alcanzaba máximo ajuste y un vuelo magnífico, como su remate, una larga afarolada.

Mas no conforme con eso, con la tela plegada y reducida a su mínima extensión, nuevo cite, y no para dar una brionesa más, sino para ligar a la trincherilla.

Dos insólitos derechazos con el capote, y, por ambos lados, doble remate, todo ello a una mano.

Los sonoros olés fueron seguidos de un rumor sordo.

El tipo de tributo que se le dispensa no ya a lo nunca visto, sino a lo ni siquiera imaginado.

Con el tercio final se abrió la puerta a otro jardín cuajado de maravillas.

Sin brindar y prescindiendo del estoque, el diestro se situó en los medios y citó a “Ingrato” desde largo llevando la muleta en la zurda.

Y ahí, al libre juego de la sarga, fue desgranando la teoría de naturales más sedosa que concebirse pueda.

Series largas, de un ajuste perfecto, de creciente lentitud; y rematadas ya con el pase de pecho, ya con el afarolado seguido del cambiado por bajo, el martinete, el molinete normal o el invertido.

Y si, “Ingrato” repetía tras el remate, se abría ante los ojos de la embriagada multitud una nueva y serpenteante serie de muletazos insólitos.

Cuyo enlace era como una espiral que ascendiera al infinito.

Aquí el relato, la memoria, tienden a desvanecerse y perder piso. Tomás recogió al fin su estoque y bordó, citando de frente, una serie al natural que superaba a las anteriores.

Como entre nubes, la gente empezó a agitar pañuelos blancos.

El presidente concedió el indulto, el diestro, demudado, simuló el volapié a mano limpia, aunque saliera del lance empapada de sangre del morrillo de “Ingrato”.

¿Toro de indulto? ¿Toro de vacas? Nadie se puso de acuerdo y ya poco importaba. En todo caso, su viaje de vuelta por la puerta de toriles, llevado por su presunto matador, representó otro motivo de celebración.

El otro toro “Navegante”.

Tras las jubilosas vueltas al ruedo, con dos orejas traídas del destazadero y un rabo que depositó ceremonioso en la arena.

José Tomás reanudó su memorable tarea con el quinto de la tarde, un noble y claro Garcigrande al que naturalmente desorejó.

Y como cierre, iba a topar con el único ejemplar arisco del reparto, un toro geniudo y probón de Toros de Cortés.

Victoriano del Río bautizó como “Navegante”, homónimo por tanto del de De Santiago causante del percance de Aguascalientes.

A este “Navegante” le impuso José Tomás su voluntad de redondear una tarde sin mácula.

Invadía su terreno con la misma invariable y sosegada decisión de que venía haciendo gala, y lo obligó a obedecer la incitación de la muleta, para terminar gobernando la renuente embestida.

Con toques exactos y muletazos de redondez perfecta, los muslos como incitación y carnada a milímetros de los pitones.

Hasta transformar al áspero burel en inocente cordero.

Faena laboriosa y expuesta, estocada certera y una oreja más a su espuerta. La número once de la apoteósica tarde.

Ya la catarsis se había fundido con el éxtasis. Las piedras del viejo coliseo parecían exudar felicidad. En las apreturas de la salida, miles de radiantes rostros lo certificaban.   

Reflexión final. 

¿Qué queda hoy de la epifanía taurómaca que se vivió en Nimes la mañana del 16 de septiembre de 2012, con José Tomás como protagonista?

Francia acabó por dar a la tauromaquia rango de patrimonio cultural inmaterial.

¿Y nosotros?

¿Qué hemos hecho, la gente del toro, con un arte capaz de aunar lo casta y bravura, perfección técnica, vocación de grandeza, disposición al sacrificio, creatividad desatada, desborde emocional, irrecuperable sensación de eternidad?.

El toreo actual, la historia toda de la tauromaquia, al cierre de su siglo de oro y al borde del linchamiento social.

¿Conservan algo del significado que experimentaron esas 13 mil almas, el anfiteatro romano a su máxima capacidad, y que van a llevar siempre consigo.

Tales afortunados aparte, ¿hemos sabido reconocerle su dimensión real al toreo?

¿Y descubierto la forma de hacerla durar, fructificar, para que apuntale con firmeza el maltrecho edificio de la tauromaquia nuestra y el singularísimo arte que de él emana?

La respuesta está en el aire. El aire que aún emana de la luminosa mañana nimeña.

Alcalino toca el tema mas dramático: El toro y la pandemia

El toro. La belleza incomparable del toro. Su historia mítica, totémica, ancestral. Señor del campo y de cuanto le rodea. Animal capaz, con su sola presencia, de modelar un hábitat natural propio, sea la dehesa reverdecida o la reseca tierra de nuestro altiplano.

Trópico ardiente o gélida sabana de los inviernos manchegos. 

El toro, siempre el toro. Alerta o calmo. Solo o acompañado. Fuerza en reposo o tensión alerta. El toro, siempre el toro. ¿Habrá espectáculo más hermoso que el del toro en el campo, el toro en la plaza, el toro en la memoria perennemente fresca del ganadero, el torero, el aficionado?.

Hoy, ese toro y el santuario particular que lo rodea no son más promesa de casta en la pelea ni de arte en los ruedos del mundo, abiertos a lo inconmensurable, estación obligada de su rito sacrificial.

Con la pandemia activa y las corridas en suspenso –largo, incierto suspenso– se toro y ese hábitat tan exclusivamente suyo han caído en el limbo. 

Dicen los vaqueros, con su hálito de ruda sinceridad, que los toros reburdean hoy más de lo habitual. Que las peleas entre ellos son más frecuentes. Que tanta pasividad les sienta mal. Pienso en el toro de antes –más asilvestrado, peor atendido sanitariamente–, y lo comparo con el toro de hoy –casi mimado en su vida de príncipe heredero–.

Y pienso en los ganaderos y las cuentas que no les salen.

No es sólo que no haya corridas, y por lo tanto estén cancelados unos ingresos calculados de antemano, aunque en nuestro México ese cálculo lleve años convertido en ilusión.

Está lo que cuesta mantener en pie una cabeza de ganado –macho o hembra, añojo o semental–, sin contar lo que supone “poner” una corrida. La famosa «saca» quedó en el aire. Y el futuro de muchas ganaderías, en suspenso. 

Pero si la perspectiva es calamitosa para el ganadero –por ahí tendrían que empezar unos apoyos gubernamentales, tan hipotéticos como improbables–, si se cierne sobre cada uno de ellos la ominosa posibilidad de enviar docenas de cuatreños al matadero, y si nos encontramos ahora mismo bajo el riesgo, absolutamente real, de que muchas ganaderías desaparezcan, esta columna quiere rendir hoy contristado homenaje a cada ejemplar de la hermosísima familia toro de lidia.

El mítico animal cuya casta brava le ha ganado por siglos el privilegio de hollar la arena de las plazas de toros y pelear hasta la muerte porque en ello estriba su dignidad como individuo y su razón de ser como especie.

Y su exclusiva y libérrima forma de vida, diseñada no para el dolor sino para el esplendor de su lucha y sacrificio finales.

Esos quince minutos sagrados, incrustados entre dos eternidades.

También creo, con Carlos Fuentes, que «la fiesta de toros representa el conflicto entre la naturaleza y la voluntad humana, en el que la muerte siempre es vida… y en el que, al final, el que en verdad perece es el torero, porque el toro siempre sobrevive».

(«Ofensa y defensa de la tauromaquia», p. 195)

Que el toro es lo permanente y el torero lo transitorio. Que en esa extraña, hermosa y aleccionadora cara de la vida que es la fiesta de toros la presencia poderosa del toro es clave fundamental, puesto que sin toro no hay fiesta, sin su bravura no hay emoción, sin su nobleza no hay arte.

Puede que, efectivamente, este mundo insólito de confinados, embozados, acosados y mediatizados seres humanos, el toreo no tenga ya cabida.

A ese respecto, me atengo a las sabias palabras del inolvidable Raúl Dorra en su prólogo de la obra citada:

«… justamente porque no soy aficionado, estoy convencido, tanto como tú, de que sería triste que nuestra cultura, ya bastante entristecida, se quede sin los toros»

(íbid, p. 14).

De nosotros depende, circunstancias de por medio, que el oportunismo de politicastros y el fanatismo de los taurófobos se quede sin respuesta. Y que nuestra Fiesta –empezando por el toro de lidia– se salve.

Alcalino reflexiona: ¿El toreo a la hoguera?

Alcalino reflexiona: ¿El toreo a la hoguera?. El fuego, su poder purificador y devastador, su fuerza simbólica. Esa imagen de los principales de la tribu o del clan, reunidos en torno a la hoguera, que debe estar entre los atavismos más remotos de la memoria humana.

La noche de los tiempos, iluminada por la reunión y comunión de los hombres en torno al fuego.

El segundo elemento de la naturaleza, la raíz y razón fundacional de toda cultura, la lámpara votiva. Luz que liberaba mente del hombre. Del hombre varón, porque las mujeres tuvieron que conformarse con alumbrar nuevos seres, inventar la agricultura, darle su forma y origen iniciáticos al arte.

La doble articulación del fuego

Simbólica por un lado –en tanto magia, religamiento comunitario, iluminación de cuerpos y almas–, física por otro –cocción de la presa que la suaviza y hace más sabrosa y comestible, agente todopoderoso que arrasa y destruye sin control–, quedó condensada de manera genial en Elías Canetti (Masa y poder, 1960).

Si el poder es tan temible como el fuego, no hay religión, la nuestra tampoco, que no lo haya sacralizado: así la zarza ardiente del decálogo de Abraham, las lenguas de fuego del Pentecostés, las terribles llamas del infierno.

Cercados por doquier

El lector acaso recuerde, con nostalgia, unos desafinados guitarreos corales y no pocos escarceos amorosos alrededor de una fogata.

Hogar significa «lugar donde se enciende el fuego», no puede haber un espacio habitable sin el indispensable calor de la cocina, por sencilla que sea.

Pero en manos de fanáticos, el fuego ha servido también como medio privilegiado para la eliminación de herejes y el escarmiento de remisos.

Por eso ha presidido desde antiguo esas indispensables demostraciones de poder y autoridad que son los sacrificios humanos, en versión ancestral o actual, de los  públicos autos de fe de la Santa Inquisición a los fusilamientos modernos, donde la palabra «¡Fuego!», emitida por el oficial al mando del pelotón, marca el instante en que la múltiple descarga abatirá irremediablemente al reo.

El libro en llamas

Animal simbólico por antonomasia, el hombre ha volcado su furor destructivo contra el libro.

Quizá por tratarse del objeto que mejor representa al perseguido, al diferente, cuyos textos reflejan y significan sus creencias, sus costumbres, su genio creador.

Una forma atenuada de este acto miserable consiste en negarle toda entidad a ese intruso indeseable mediante la prohibición y la censura, extendida del objeto literario a las demás expresiones artísticas.

Por esa vía se condenan películas, se clausuran exposiciones, se dictan fatwas contra autores sacrílegos.

Y siendo el libro la mejor síntesis de una cultura tanto más misterioso y abominable, cuanto menos se le conoce y lee.

Arrojar masivamente a la hoguera ediciones completas de los ejemplares anatematizados se convirtió en un rito crucial de negación del otro y de lo otro.

La muerte por delegación del símbolo perfecto de lo que debe ser odiado y maldecido, para que la ortodoxia permanezca a salvo y la comunidad preserve su pureza.

Así se perdieron, por obra del fanatismo de Cirilo y sus incendiarios seguidores, los saberes ancestrales que guardaba la mítica biblioteca de Alejandría, y así consumió miríadas de volúmenes el odio nazi, o, en la vertiente ingenua del mismo procedimiento, el cura del pueblo y demás allegados de don Alonso Quijano, que afligidos por su desatada locura redujeron a cenizas docenas de libros de caballerías, mientras dormía y soñaba con gigantes, filtros mágicos y doncellas su señor Don Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Primera parte, Cap. VI).

¿A qué extrañarnos de que el fuego de emergentes fanatismos condene hoy a los toros a su hoguera particular?


Oportunismo y zafiedad

Al tímido resurgir de las corridas en algunos puntos del sur de España, el antitaurinismo de allá respondió recrudeciendo su furor abolicionista.

No es novedad que para ello incurra en absurdos tales como convocar a masivas manifestaciones de protesta  –¡sí, masivas!–, porque en los tendidos de la plaza de El Puerto de Santa María los aficionados no respetaron la sana distancia… ! (en la arena sí: toreaba Enrique Ponce).

Y no es novedad porque su animadversión hacia la Fiesta los ha llevado a concatenar un absurdo tras otro.

Que si la lidia del toro consiste en torturar animales indefensos.

No se tomaron la molestia de consultar en cualquier diccionario el significado de la palabra «tortura», mucho menos van a indagar acerca de la naturaleza del toro bravo.

Que si su odio explícito contra toreros, taurinos y taurófilos es directamente proporcional a su amor por la naturaleza pura y virgen.

(Como si la desaparición del objeto de su furia no conllevara la de la singularísima especie toro de lidia y, con ella, del nicho ecológico donde se cría, pérdidas irreparables de biodiversidad y espacios naturales).

O que si, como pronto votarán los integrantes del cabildo municipal de Pachuca, presenciar corridas de toros siembra en niños y jóvenes semillas de violencia y maldad sin freno.

A falta de ideas propias, caricaturizar las ajenas.

Es probable que el confinamiento esté desquiciando a mucha de esa gente cuyo horizonte vital comienza y termina en las redes sociales.

Y no cabe duda que el tedio y la parálisis mental son muy malos consejeros, como parecen empeñados en demostrarlo los politicastros del ayuntamiento hidalguense, que tal vez para justificar con un golpe de efecto su inactividad, sobre todo cerebral.

Están a punto de prohibir de un plumazo la presencia de menores de edad en las corridas de toros en  la tierra natal de Vicente Segura, el millonario que en la alborada del siglo XX se hizo torero y fue también general revolucionario.

A falta de mejores argumentos, los ediles pachuqueños van a votar la mencionada iniciativa en el curso de esta semana, la pandemia como pantalla del golpe bajo.

Importa poco que el cabildo no sea un cuerpo legislativo reconocido como tal por la Constitución, pues se las arreglarán, supongo, para darle a su ocurrencia carácter de bando de policía.

Después de lo cual van a quedarse tan orondos, a resguardo en sus casas y con una falsa satisfacción de deber cumplido.

Un servidor público no debe representar mascaradas, sino dialogar con sus conciudadanos y entre sí, con la mira de mejorar las condiciones de vida de la gente.

En Pachuca, como en el resto del país y gran parte del atribulado mundo nuestro, están en espera de atención temas tan urgentes y acuciantes como la salud pública, la pobreza lacerante, el cambio climático.

Puestos a prohibir y vigilar, la comida chatarra y las bebidas edulcoradas, los ancestrales y hoy reactivados racismos y clasismos.

El uso privado de recursos públicos y las granjas de bots.

La corrupción inmobiliaria, el robo de hidrocarburos, el empleo de cancerígenos por la agricultura industrial y un larguísimo etcétera.

Como para que nos salgan ahora con que un gran paso hacia el progreso de la patria consiste en salvar a los tiernos infantes de las desalmadas escenas de tortura animal.

Que, desde la distorsionada visión de los ediles tuzos, constituyen el núcleo y la razón de ser de las corridas de toros. Sin más argumentos que el clásico «porque aquí mando yo».

Y obedeciendo a una moción de cierta ONG animalista local denominada Biofutura, A.C.

Cultura en peligro

En la mira de éstos y otros grupos abolicionistas está el fin de las corridas de toros.

Pero en un sentido amplio, su abolición acarrearía la de todo un microuniverso cultural, invisible por supuesto para la mirada miope de los taurofóbicos de cualquier latitud.

Si a estas alturas hay conglomerados que claman por la prohibición de poco menos de la mitad de las obras de Shakespeare, ese machista sanguinario irremediable.

O de películas como «Lo que el viento se llevó», y no por cursi sino porque promociona la vuelta al racismo esclavista.

Y de todo el arte políticamente incorrecto producto de siglos y milenios de creación humana.

¿Qué porvenir puede aguardarle, bajo este autoritarismo de avanzada –en realidad, de pacotilla– a todo el arte derivado de la fiesta de toros?.

¿Puede alguien decirnos qué será de la literatura taurina, y de la pintura y la escultura y la dramaturgia y la filmografía taurinas; de la hermosa imaginería, cartelería, artesanía inspiradas en las corridas de toros?.

Hay que decirlo alto y claro: lo que les espera a todos esos objetos culturales es la hoguera.

Como a los budas gigantes de Afganistán dinamitados por los talibanes, o a la biblioteca de Alejandría y la mayor parte de los códices indígenas mesoamericanos.

Por no hablar del toro bravo y de la dehesa, condenados de antemano a desaparecer por hordas de compasivos ecologistas.

De ese tamaño es el despropósito abolicionista de los Nerones contemporáneos.

Alcalino evoca a Ignacio Sánchez Mejías

No es tan raro como podría suponerse que toreros de mediana calidad se conviertan en figuras consagradas. Y nadie tan singular, en este sentido, como Ignacio Sánchez Mejías (Sevilla, 1891-Madrid, 1934), el “valiente literato y culto banderillero”.

De vitalidad desbordante, inteligencia muy despierta y carácter fuerte y provocador, habría descollado en cualquier actividad.

Pero la vida lo condujo por la senda del toreo, que ejerció con total desprecio del riesgo, sobrada soberbia y teatral temeridad.

De hecho, su paso por la Fiesta fue apenas el segmento más visible de una existencia trepidante, propia de un hombre.

Lo mismo capaz de desafiar con las banderillas en alto a los tremendos morlacos de su tiempo, que de escalar osadamente hasta la alcoba de una duquesa o llevar a los escenarios una obra dramática de su autoría.

Ignacio Sánchez Mejías, aventurero nato.

Cuando su padre, médico de prestigio, quiso obligarlo a estudiar medicina, su respuesta fue fugarse de polizón rumbo a México, donde su hermano Aurelio administraba una hacienda en el estado de Michoacán.

Y cuando decidió hacerse matador, había debutado como peón en Morelia, y regresó a España colocado en la cuadrilla de Fermín Muñoz “Corchaíto”, no dudó en cambiar capote y banderillas por muleta y
estoque.

Ni paró hasta verse doctorado por su cuñado Joselito (Barcelona, 16.03.19) aunque contara ya 28 años, y casi 29 la tarde en que el propio “Gallito” lo confirmó en Madrid (05.04.20).

Con Ignacio Sánchez Mejías alternaba José el día de su trágico encuentro con “Bailaor” (Talavera, 16.05.20): a ese nivel se había propuesto estar Ignacio Sánchez Mejías y poco tardó en codearse con Joselito y Belmonte.

Fiel a sí mismo, al retornar a México, en el invierno de 1920-21,
compartía cartel con Gaona a pesar del abismo de calidad existente entre sus toscas y arriesgadas maneras y al arte maduro y quintaesenciado de Rodolfo.

Para salvar la distancia aceitó convenientemente a la prensa adversa al Indio, y acertó a convencer a fuerza de brutales alardes de valentía a una importante fracción del tendido de sombra, que acabaría por constituirse en Contraporra, opuesta a la Porra gaonista.

Las habilidades de Ignacio Sánchez Mejías trascendieron con mucho el círculo cerrado del redondel.

Lo mismo podía hacer de gentleman que de Casanova, de deportista que de mecenas. Rico y acaso aburrido de jugarse la vida tarde a tarde, se cortó la coleta a principios de 1927, de regreso de una última campaña mexicana.

Trágica resolución. En 1934 dos veteranos ilustres, Rafael Gómez “El Gallo” y Juan Belmonte, decidieron volver a vestirse de luces.

Fue como una llamada secreta para Ignacio Sánchez Mejías, quien, sin embargo, sufrió para eliminar el exceso de peso y sólo consiguió reaparecer con la temporada ya avanzada, el 5 de julio, en Cádiz.

Estaba casi tan calvo como Rafael, pero su toreo había ganado en seguridad y aplomo, según atestiguanlas entusiastas crónicas de sus presentaciones en San Sebastián, Santander, La Coruña y Huesca.

Con tal acopio de apéndices de parte suya que hasta una pata cortó en el Chofre donostiarra.

La excepción fue La Coruña, la tarde premonitoria del 6 de agosto en que un estoque, al volar hacia el tendido en fallido descabello de Belmonte, mató a un espectador.

Y Domingo Ortega, el tercer espada, sufrió un serio accidente vial al viajar apresuradamente hacia Toledo, donde un hermano suyo acababa de fallecer.

Ignacio Sánchez Mejías toreó el 10 de agosto en Huesca y desde ahí tenía que viajar a Pontevedra, donde estaba anunciado el día 12; pero Dominguín padre, su apoderado, le avisó a última hora que torearía el sábado 11 en Manzanares, en sustitución del lesionado Domingo Ortega, por lo que debía apresurar su retorno a Madrid.

A cambio le aseguraba un buen dinero y la cuadrilla completa de Ortega, cosa que no llegó a cumplirse.

Con gran contrariedad del veterano lidiador, que había despachado anticipadamente a sus hombres con destino a Pontevedra.

El cartel de la villa manchega, dentro de su feria de San Lorenzo, quedó
integrado de esta manera:

Simao da Veiga, rejoneando los dos primeros toros, y a pie Ignacio Sánchez Mejías, Fermín Espinosa “Armillita” y Alfredo Corrochano, hijo de don Gregorio.

Toros de los hermanos Demetrio y Ricardo Ayala, divisa procedente de la ganadería de Luis Melgarejo, con simiente del Conde la Corte en cruza con hembras del Duque de Veragua.

Manzanares, 11 de agosto de 1934.

Un bistec término medio y un aromático café almorzó Ignacio en el parador en cuya habitación número 13 acababa de instalarse. Compartió mesa con Alfredito Corrochano, a quien conocía desde niño.

Más tarde se dirigió a la plaza, donde por primera vez él mismo sortearía; luego de echarle un vistazo a la enfermería, instruyó así a Antonio Conde, su mozo de espadas:

“si algo malo me pasa, que me lleven a operar a Madrid”.

Oscuros presentimientos lo asechaban.

Sacó del sombrero un papelillo con los números 16 y 32, y decidió echar por delante al 16, “el bonito” de la corrida. Un negro meano armónico y bien puesto, algo bizco del pitón derecho.

Prolegómenos.

Mientras enfundaba a su matador en un terno obispo y oro, Conde lo notó
más nervioso de lo habitual.

Preocupado por el largo recorrido Manzanares-Madrid- Pontevedra, Ignacio le pediría a Simao que dejara para el final su segundo toro.

Pero el portugués se excusó, explicándole que tenía que embarcar su cuadra de inmediato para viajar a su siguiente destino.

Desconfiaba del empresario, mas su paga llegó puntual al hotel, así que, a las cinco en punto, partían plaza las cuadrillas encabezadas por el rejoneador lusitano, quien se lució a placer con los dos primeros ejemplares de Ayala.

La cornada.

“Granadino”, el 16, hizo salida de bravo, tomó cuatro varas y acusó marcada tendencia a tablas. Mejías, una vez cubierto el segundo tercio por el peonaje, ordenó que se lo cerraran para iniciar la faena sentado en el estribo.

Fermín “Armilla” recordaría que, contrariando su querencia, “Granadino” se resistió a llegar hasta la valla y tomó el primer muletazo, por el pitón izquierdo, inconveniente sesgado, se revolvió raudo tras el segundo y enganchó al diestro por la ingle para, sin cabecear, dejarlo caer en el tercio, que quedó manchado de sangre.

En la enfermería, Ignacio Sánchez Mejías pidió a los azorados médicos locales que le taponaran la herida y lo embarcaran a Madrid. Para peor, la ambulancia se averió en el camino y la llegada a la capital se retrasó hasta bien avanzada la madrugada.

Fermín, en coloso.

“Armillita”, en el apogeo de su arte magistral, cortó esa tarde las orejas y los rabos de “Conejito”, berrendo en negro, y “Calderillo”, el quinto. Contaba Fermín que también “Granadino” era bueno, pero abrevió por respeto al compañero herido.

El joven Corrochano tuvo una actuación discreta. Y Ricardo Ayala fue llamado a saludar en reconocimiento a su magnífico encierro.

El deceso.

En el sanatorio de toreros, el doctor Jacinto Segovia, tras operarlo la mañana del 12, firmó un parte donde señalaba ya riesgo de infección y complicaciones graves.

Estas se fueron confirmando y finalmente, a las diez horas del lunes 13, Ignacio Sánchez Mejías dejaba de existir. España entera acogió con estupor la triste nueva, y tanto el velorio en Madrid como el sepelio en Sevilla constituyeron dos sucesos dolorosamente memorables.

Mecenas de la generación del 27. Hasta aquí lo relativo al episodio que puso trágico fin a aquella vida en muchos sentidos excepcional pero pasajera y corruptible, como toda existencia humana.

Sin embargo, el diestro victimado por “Granadino” iba a acceder a la inmortalidad gracias a su amigo Federico García Lorca, que le dedicó una elegía que ocupa lugar prominente en las antologías más rigurosas dedicadas a la poesía en castellano.


El famoso espada había conocido a Federico unos años atrás, cuando éste y otros poetas jóvenes preparaban un homenaje reivindicatorio a don Luis de Góngora y Argote.

Lector voraz de todos los géneros literarios, Mejías había escrito dos piezas dramáticas — “Sinrazón” y “Zayas”–, cuando topó con aquel grupo de universitarios llenos de vitalidad e ideas nuevas, empeñados en desempolvar al poeta del Siglo de Oro más críptico y desdeñado.

De inmediato apoyó el proyecto, con su prestigio social y de su propio peculio.

Seguramente, la generación del 27 habría destacado por sí misma, pero no con la presteza ni la resonancia que le brindó el desinteresado mecenazgo de Ignacio Sánchez Mejías.

Con García Lorca tuvo Ignacio Sánchez Mejías una relación particularmente entrañable.

Cuando el poeta granadino se vio solo y sin recursos en Nueva York, había acudido prestamente en su auxilio en una verdadera operación de rescate, que aprovecharía Ignacio para proponer y dictar una conferencia sobre Tauromaquia en la Universidad de Columbia, que se dio a auditorio lleno y despertó el interés de la prensa cultural neoyorquina.

Tampoco le costó mayor esfuerzo convencer a Encarnación López “La Argentinita” –bailarina de flamenco de primerísimo nivel, con quien el torero mantenía una relación extramarital— para que se integrara al grupo “La Barraca”, creado por Lorca para el rescate y difusión del folklore
vernáculo, y que habría de recorrer España en tiempos de la República.

Tales muestras de afecto no fueron en vano.

García Lorca, que como la mayoría de sus amigos poetas se había manifestado contrario a la vuelta a los ruedos de Ignacio, con 43 años.

Encima, desentrenado y con sobrepeso, sintió de tal manera la muerte del amigo que, transido de dolor, terminaría por legar a la posteridad su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, pieza cumbre de la poesía elegíaca en castellano, sólo comparable a las “Coplas” dedicadas por Jorge Manrique a la muerte de su padre cinco siglos atrás.

No repetiré aquí los versos más conocidos de la elegía lorquiana, a la que el lector puede acceder fácilmente, con tiempo para leerla, releerla y saborearla a su entero gusto, como la genial obra de arte que es.

Todavía hay quien asegura que si Ignacio hubiera seguido vivo cuando el estallido de la guerra civil española, su poderosa influencia entre altos mandos del ejército rebelde habría salvado a Federico de ser asesinado por los fascistas en las cercanías de su Granada.

Con el poeta fueron sacrificados un maestro de escuela, Dióscoro Galindo, y dos modestos banderilleros, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Era la noche del 17 de agosto de 1936, dos años y cuatro días después de la tragedia de Manzanares.

¿Fracasó Manolo Martínez en España?. Horacio Reiba, Alcalino, desvela la incógnita

Cuando llegó el mes de agosto de 1969, Manolo Martínez llevaba sumadas 17 corridas en España. En su primera campaña europea había enfrentado ya ganado de procedencia Ibarra-Parladé, Santa Coloma, Conde de la Corte, Murube, Carlos Nuñez, Domecq, Atanasio.

Y se puede decir que, superada la relativa incertidumbre del primer contacto, circulaba como sobre rieles su familiarización con los encastes y públicos hispanos, según puede deducirse de unos resultados crecientemente halagüeños.

Hasta el sector más duro del periodismo, notablemente escéptico al principio, empezaba a reconocerle la categoría de primera figura que llevó a Manolo «Chopera», su exclusivista, a colocarlo en los carteles estelares de las ferias a partir de su debut en Toledo el jueves de Corpus, con Antonio Ordóñez Paco Camino como alternantes (05-06-69), terna que iba a repetirse hasta cinco veces ese año.

El anuncio de que, durante el mes de agosto, no dejaría de torear un solo día, confirmaba que ni el torero, ni el avezado taurino donostiarra habían fallado.

Al cierre del 31 de julio, en Barcelona, llevaba cortadas el de Monterrey 19 orejas y un rabo.

De entrada, empezó a plantearse por público y prensa una incipiente competencia entre Paco Camino y el recién llegado. El pique había nacido par de años atrás en América del Sur, al coincidir ambos en varios festejos parejamente triunfales.

Para aderezar el guiso, aparecieron en prensa unas declaraciones de Camino restando toda importancia artística a Manolo Martínez, que acababa de obtener el trofeo de la Feria de Quito en diciembre del 68.

En Toledo, Camino cobró cuatro orejas por dos del mexicano; al día siguiente, en Granada, Manolo Martínez emparejó el marcador.

Y en las corridas de San Jaime, en Valencia, el de Camas, con un rabo en su haber, superó de nuevo a su osado retador, que sólo consiguió pasear dos auriculares.

Como en su siguiente fecha valenciana sufrió el camero una distensión quedó descabalgado de la feria malagueña, que anunciaba un nuevo choque entre ambos.

Manolo Martínez se presentó en Málaga el 4 de agosto, con Diego Puerta y Miguel Márquez, cortando una oreja; y al día siguiente hacía el paseíllo flanqueado por Santiago Martín «El Viti» y Antonio Ordóñez, éste en sustitución de Camino. Un reemplazante de lujo.

Por cierto, para la otra fecha del de Camas, el viernes 8, el mexicano ocuparía su lugar.

Precioso marco, memorable corrida

La Malagueta es una plaza muy particular. Su público, alegre y bien dispuesto, se caracteriza sin embargo por catar el buen toreo con paladar fino dentro de un ambiente muy sugestivo: balconería engalanada, con coloridos tapices y mantones bellamente bordados, acústica que hace sonar como música celestial los acordes de una banda formidable.

Y como complemento, el rojo y blanco de la contrabarrera y el adorno de las mujeres más bellas de España.

Mas ese hecho que los habituales a las ferias tienen bien observado: al nivel del mar –de Valencia a Almería y sin excluir a la Barcelona anterior al zarpazo abolicionista–, los triunfos suelen ser más frecuentes que en los cosos de tierra adentro, quizá por disponer las reses de un aire rico en oxígeno que les permite resistir mejor las exigencias de la lidia.

Y como el toro de Málaga está en consonancia con el grato entorno, y las empresas siempre tuvieron buen gusto para armar sus combinaciones, raro es el año que la feria de agosto deja de colmar de satisfacciones a toreros, ganaderos y aficionados.

La de 1969 no iba a ser la excepción. Manuel Martínez Ancira, con el sabor de su faena triunfal de la víspera, vio cómo Antonio Ordóñez le cortaba la oreja al primer ejemplar de María Pallarés, El Viti las dos y el rabo del segundo, por faena de “gran hondura y austera belleza”, según pudo leerse en «El Ruedo».

Al anunciar los clarines la salida del tercero, la cosa se le presentaba cuesta arriba al diestro de ultramar. Pero sería el inicio de su tarde más redonda en España.

Testimonios

A estas alturas, la reticencia de ciertos conspicuos escribientes estaba siendo vencida por el buen arte y los logros concretos del mexicano, reconocido ya como uno de los protagonistas de la temporada.

Incluso Vicente Zabala, muy crítico con Manolo Martínez, estaba dando su brazo a torcer (cosa que al cabo del tiempo acabaría desconociendo… pero esos son otros jueves).

Por lo pronto, el corresponsal en Málaga de «El Ruedo» condensó en pocas pero significativas líneas la gran actuación del torero de Monterrey.

«Ha confirmado la estupenda impresión dejada en la corrida anterior. Muletero excepcional, que torea en reducido espacio de manera florida y variada, con mando absoluto, con preciosismo que no se aparta de lo clásico y con estética de nítido relieve.

Fuertes ¡olés! fueron jalonando sus muletazos mientras se sucedían las ovaciones. Certero con la espada, a estocada por toro, le fueron concedidas cuatro orejas y dos rabos, y recorrió la periferia varias veces para corresponder a los homenajes de un público enardecido. Al final fue aupado en hombros y paseado así entre grandes ovaciones».

(Revista «El Ruedo», 13 de agosto de 1969; crónica de José María Vallejo).

Antológica corrida

El estupendo encierro de María Pallarés continuaría dando buenos motivos para el disfrute de los tres alternantes y la afición malagueña.

Manolo Martínez funcionó además como un poderoso catalizador para que Antonio Ordóñez forzara la máquina en el siguiente toro hasta cuajar una de sus mejores faenas de la temporada.

Así la describió el propio cronista de «El Ruedo»:

«Se vio, cuando tomó la muleta y la espada, que iba a por todas. Ayudados en tablas, adelantando la pierna y llevándose al toro hasta terreno más desahogado. Y una vez allí, una cátedra de toreo: redondos completos, cites de frente con el trapo rojo en la izquierda, naturales de auténtico lujo, alegrando al bicho… pases de antología mientras la plaza crujía de entusiasmo.

Se despojó de las zapatillas y fue subiendo de punto su extraordinaria faena, una de las mejores que se han realizado en la Malagueta… Pinchazo en lo alto y estocada que tumbó al toro patas arriba. Orejas y rabo».

El Viti encontró menos toro en el quinto pero estuvo muy torero y al final dio una vuelta al ruedo.

Manolo Martínez, según quedó dicho, cuajó al sexto a igual o superior nivel que a su primero, reincidiendo en el corte de los máximos apéndices.

Antes, a la muerte del cuarto, Antonio Ordóñez, había invitado a sus alternantes a recorrer juntos el anillo para que el público tuviera ocasión de homenajearlos a los tres.

Apoteosis compartida

«Sacó (Ordóñez) a sus compañeros al ruedo, también al mayoral, y los cuatro, mientras sonaba la música, recorrieron el ruedo donde tan bella página de la historia del toreo había sido escrita… Ha sido la mejor corrida en muchos años».

(Idíbid).

Naturalmente, hubo salida en hombros tumultuosa. Pero a los tres días, cuando se repitió el cartel, el único que abrió la puerta grande, con las orejas del sexto de Salvador Domecq, fue «El Mejicano de Oro» (sic), porque Ordóñez y El Viti se fueron en blanco.

Triunfos y cornadas

Manolo Martínez continuó su apretado periplo agosteño en plan triunfal.

En San Sebastián, Vicente Zabala tuvo que reconocerle autor de una faena «de temple mexicano», con un toro de Antonio Pérez Tabernero, que dejó atrás el valor de Diego Puerta y el arte de Paco Camino; tras un pinchazo, sólo paseó una oreja por capricho de un presidente cuyo antimexicanismo estaba bien acreditado (14-08-69).

Y llegó Bilbao, la gran cita del norte, otra vez encartelado con Ordóñez y Camino, toros de Osborne (20-08-69). Muy seguro de sí, el de Monterrey se plantó resuelto ante el burraco «Caramelo», tercero de la tarde, geniudo y reservón, y estaba redondeando una faena sorprendente cuando el de Osborne se revolvió de súbito al final de un derechazo, lo prendió por el glúteo y se infirió seca cornada. 

Manolo Martínez no quería dejar la arena, y tras estoquear al morlaco había lanzado ya varios golpes de descabello cuando le faltaron fuerzas para continuar.

Aparentemente, un simple contratiempo, porque en cuanto pudo, incluso con la herida abierta, prosiguió su campaña en tono parecidamente triunfal.

Tampoco lo detuvo la posterior cornada de Murcia (dolorosa pero leve: 07-09-69), y estaba teniendo un septiembre pletórico –cuatro orejas y dos rabos en Aranda de Duero (16-09-69), cuatro auriculares en Talavera (23-09-69)– cuando su tocayo Chopera le pidió cerrar su temporada como refuerzo de un cartel flojito en Cáceres con toros de Pérez Valderrama.

Y su tercera cornada, al entrar a matar, no sólo fue la más grave sino que a punto estuvo de gangrenarse, pues los médicos locales dejaron una trayectoria sin explorar.

Sobrevino para Manolo un verdadero calvario, y aunque el doctor Máximo García de la Torre le salvó la pierna al reoperarlo en Madrid, un nuevo percance antes de terminar el año, en Caracas (23.11.69), seguramente puso a meditar al regiomontano.

Denuncia y renuncia

La segunda campaña española de Manolo Martínez –marcada por su fracaso en San Isidro 70–, quedó trunca por decisión propia, ante lo que consideró reiterados incumplimientos de las empresas y orquestadas zancadillas del medio. Ya sólo torearía en la península dos corridas sin mayor historia –Marbella (20-10-74) y Sevilla (19-04-78)–.

Algo hubo de lo denunciado, pero personalmente nunca he dejado de atribuir su implícita renuncia al efecto mental de aquellos cinco percances en sólo nueve meses, incluidos dos en Venezuela.

Esta hipótesis cayó muy mal entre el martinismo y el torero nunca la admitió, demasiado soberbio para reconocer cualquier tipo de flaqueza.

Aclarando paradas

Hay que desmentir, empero, la extendida conseja de que «Manolo fracasó en España porque no pudo con el toro de allá».

No se puede llamar fracaso a una campaña de 48 corridas –la exclusiva inicial de Chopera era por 25–, en las que cortó 59 orejas y cinco rabos.

Sumadas todas sus presentaciones en la península y Francia, el de Monterrey obtuvo, en 64 tardes, 71 apéndices auriculares y seis rabos, cuatro entre Málaga y Aranda, uno anterior en Santander y el último en Ondara (14-08-70).

Por cierto, en Francia actuó nueve veces y su cosecha allí ascendió a 17 orejas.

En ninguna ocasión dejó de tocar pelo y pisó los cosos más emblemáticos del país –Nimes, Mont-de-Marsan, Dax, Frejus, Beziers, Bayona–. Fue un favorito efímero pero real de los públicos galos.

Manolete, en la mirada del maestro Horacio Reiba, Alcalino

Manolete y Chicuelo

La carrera de Manolete, ya como figura eje del toreo de su tiempo, la dividió claramente en dos etapas su paso por México. Entre la fecha de su presentación en El Toreo de la Condesa (09.12.1945) y la de su muerte (Linares, 29.08.47).

Participó en 38 corridas en territorio mexicano –más otras 16 en América del Sur– y apenas 22 en España. En la temporada europea de 1946 solamente toreó en su país la corrida de Beneficencia
(19.09.46).

Y su última campaña allí la inició tardíamente (22.06.47) y con más ganas de acabar pronto que de reasumir el mando de la Fiesta.

Un movimiento hostil de gran intensidad, orquestado desde lo oscuro, convertiría sus postreras actuaciones en un verdadero suplicio. Del que paradójicamente lo liberó “Islero”, el trágico miura de Linares.

Manolete y Madrid… Madrid y Manolete.

Naturalmente, Las Ventas fue una plaza clave para el Monstruo de Córdoba. Desde su confirmación por Marcial Lalanda, en corrida que la lluvia dividió en dos (15 y 17.10.39), su arte fue reconocido, aclamado o discutido por la cátedra madrileña a lo largo de las 26 tardes que ahí toreó, con los vaivenes y las exigencias naturales a una máxima figura.

Mas cuando se encontró con “Ratón” –el célebre sobrero de Pinto Barreiro–, el cónclave venteño no dudó en consagrarlo como el torero de la época (06.07.44), apoteosis simbolizada por la frase del Conde de Foxá: “Dios, no nos lo merecemos”.

Ese año sumó en España 92 corridas, la cifra más alta de sus siete años de matador: no era su meta amontonar fechas ni romper marcas, pero tampoco los percances –cuando menos uno por temporada—se lo hubieran permitido.

Su balance final, en plazas de Europa y América, es de 509 corridas y 46 novilladas.

Como simple curiosidad conviene recordar que la primera aparición en Madrid del imberbe y desconocido novillero Manuel Rodríguez Sánchez –anunciado erróneamente como Ángel Rodríguez “Manolete”– se produjo en 1 de mayo de 1935 en Tetuán de las Victorias; y quiso la casualidad que uno de sus alternantes fuera el mexicano Silverio Pérez, a cuyo lado brilló intensamente durante su breve pero memorable etapa mexicana
(cartel de cuatro espadas el de Tetuán –con utreros del hierro de Esteban Hernández–, completado por el orizabeño Liborio Ruiz y el hispano Félix Fresnillo “Varelito Chico”).

De la Beneficencia del 46 a la campaña de 1947.

A la vuelta de su primer periplo por América, que dejaría huella imborrable en su ánimo y en su historia, Manolete se hizo el propósito de tomarse un año sabático sin torear en España, a fin de reordenar mente y estrategias de cara al futuro.

No obstante, participó en la corrida de Beneficencia del 9 de septiembre en Madrid, al parecer por “sugerencia” expresa del dictador Francisco Franco.

Es sabido que con el cartel prácticamente cerrado, Dominguín padre se apareció por la sede de la Comunidad madrileña para ofrecer la participación de su hijo Luis Miguel, reforzando la solicitud con un generoso donativo (en ese tiempo, en corridas benéficas los toreros no cobraban ni un duro).

De modo que aquel jueves partieron plaza en Las Ventas el rejoneador Domecq y los diestros Gitanillo de Triana, Manolete, Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín, que si a números vamos fue quien llevó el gato al agua al cortarle tres apéndices al mejor lote de Carlos Núñez.

Claro que Manolete no se fue sin obsequiar a los madrileños una faena de las suyas, la que le valió las orejas de su segundo astado.

El guante lanzado por Luis Miguel no pasó inadvertido, aviso y preámbulo de lo que sería, a los pocos meses y estando Manolete por segunda vez en México, la ruptura del Convenio hispanomexicano, por intrigas dirigidas por su padre a romper la hegemonía de la dupla Manolete-Carlos Arruza, con el consecuente asalto del menor de su dinastía al puesto que ambos ocupaban.

Manolete iba a vivir bajo esa tensión su campaña de 1947. Sangriento adiós.

Para la corrida de Beneficencia del 47, la municipalidad madrileña volvió a recurrir al gancho infalible de Manuel Rodríguez como base de un cartel en el que volvió a figurar su compadre Rafael Vega “Gitanillo de Triana” y como complemento Pepín Martín Vázquez, artista joven en pleno florecimiento.

Con toros jerezanos de Fermín Bohórquez, la corrida se programó para el miércoles 16 de julio.

Gitanillo hizo un esfuerzo no demasiado convincente por contrariar la idea, cada vez más arraigada, de que su constante presencia en los carteles del Monstruo obedecía a imposición de éste.

Pero como era de esperar, todas las miradas se enfocaron, ávidas, en Manuel Rodríguez y lo que de su capote, su muleta y estoque pudieran emanar, presionado como estaba por prensa, públicos e interesados agoreros.

Manolete vio cómo su primer toro era protestado por chico, pero supo sobreponerse. Y al sobrero, de Vicente Charro –negro lucero y algo soso—, le cuajó una faena empeñosa, de menos a más, basada en su aguante y temple legendarios.

Y aunque pinchó tres veces lo llamaron a dar la vuelta al ruedo, imponiéndose los aplausos a los gritos de los discrepantes.

El último toro que Manolo lidiaría en Madrid fue “Babilonio”, de Bohórquez (negro, con 492 kg), carente de clase y con tendencia a puntear.

Dispuesto a imponerse al enrarecido ambiente, Manolo planteó su faena en los medios y fue encelando al burel en el engaño hasta conseguir ligarle tandas muy meritorias por ambos pitones.

La cornada, en el curso de un ceñido derechazo, fue casi imperceptible, pues no hubo derribo y el torero, imperturbable.

Continuó la serie, mientras la sangre emanada del muslo izquierdo le iba tiñendo la media hasta la zapatilla.

Cuando la pierna dejó de responderle, exigió que le llevaran la espada de verdad, cuadró rápidamente al toro y se volcó en el volapié.

Antes de caer en brazos de las asistencias bajo una clamorosa ovación de reconocimiento.

Que se tradujo en la concesión de dos orejas, últimas de la veintena de ellas que cortó en Madrid.

Crónica de “Giraldillo”.

“En cuanto al cordobés, lleno de gloria y fortuna, figura que siendo de plena actualidad ya tiene calidad de histórica, su gesto de torear gratis debe ser tomado muy en cuenta como ejemplar… Y con ganado con la presencia debida… Ayer venía en gesto, un poco amargo del que lo tiene todo hecho y es juzgado como si aún tuviera algo por hacer.

El gesto comenzó en torear gratis y concluyó con el caro y honroso estipendio de una cornada… Ya herido, prosigue la gran faena… Hay en la plaza una emoción honda. Todos reaccionan contra el grito disidente… Manolete se impone. Está solo, en el centro del ruedo, y no deja que nadie se acerque a él. Se perfila, y surge el gran matador que fue olvidado por el muletero genial. Viene la gran estocada… Manolete ya no puede sostenerse, y cuando el fiel Guillermo le ata un pañuelo en la pierna herida, cae en brazos de las asistencias… A la enfermería le llevan las dos orejas, que son concedidas por aclamación unánime… A Manolete, para recordarle quién es no hay que gritarle.

En la cumbre, él sabe que hay que jugárselo todo a la cara o cruz de su destino de torero impar. Que, además, sabe ofrendar su sangre y aguantar el dolor».

(ABC, 17 de julio de 1947).

Un texto con sabor a ensayo para muerte que le aguardaba 40 días después, en Linares.

Efímera apoteosis.

La presencia imperial de Manolete y el drama de su triunfo y cornada, distrajeron la atención del protagonista artístico de la tarde.

Un sevillano con apenas 19 años llamado Pepín Martín Vázquez.

Cumplía Pepín como muy pocos la excepción a la regla consabida, al reunir en su toreo “el arte de los que no tienen valor y el valor de los que no tienen arte”.

Artista con sello y clase para dar y prestar, parecía llamado a grandes
cosas.

Pero el toreo es impredecible. Y le arruinó el futuro una cornada a destiempo, gravísima, que le arrebataría el sitio, el valor y las ilusiones. Ocurrió muy poco después (Valdepeñas, 09.08.47) de que “Giraldillo” describiera así sus dos faenones de esta tarde.

“¿A dónde va a llegar Martín Vázquez? –me preguntaba un aficionado–.

Pues adonde está, a la primera línea –le respondo–, con categoría de figura en su gran temporada…

Apartado de los grupos en que, para mal de la Fiesta, están divididos los toreros, viniendo a Madrid una tarde y otra, aceptando toros mansos e indeseables, se ha hecho figura… Ayer se consagró en Madrid.

Consagración del arte juvenil, gracioso y bravo… Ya se había revelado en su primer quite, que fue la ovación primera de la tarde, cuando al salir el tercero, con muchos pies, supo cogerlo de largo con unos lances, asombro de arte y valor.

Y vino el quite primoroso, jugando el capote por la espalda con la gracia de unas alas… faena abierta con un pase cambiándose la franela por la espalda para ligar seis naturales soberanos…

En el centro, torea sin ayuda de la espada, que arroja al suelo, y así le vemos otra serie de seis naturales que cierra con uno de pecho, formidable…

Hay un pase afarolado con las rodillas en tierra. El público, puesto en pie, sigue enardecido la faena, llena de color y bravura.

Entrando con mucho coraje da la estocada, contraria… Descabella a pulso y concédesele la oreja, que el público quiere que sean dos… El sexto, descarado de pitones, acusó mal estilo y desarmó en banderillas… Y este torero tan joven nos recordó a los toreros antiguos…

Los ayudados por bajo, cargando mucho el castigo… Para sacarlo más allá de los medios, y darle distancia en el desafío, de espalda al toril…

Un trote muy lento alarga la angustia de los espectadores, y consigue así dos naturales impecables, y luego tres más, que remata con el pase de pecho, soberbio.

Molinetes, adornos y una gran estocada. Rueda el toro y Martín Vázquez corta otra oreja. En triunfo y a hombros deja la plaza… La gracia y el valor en equilibrio triunfaban, calle de Alcalá arriba… para mí no ha sido una sorpresa”

(Ibídem).

Con el triunfo de Pepín Martín y Manolete en la enfermería se cerraba una tarde marcada por una paradoja siniestra, pues la luz de la eufórica salida en hombros del sevillano muy pronto sería eclipsada por una doble tragedia: la suya y la del Monstruo del toreo.

Para perdurar tan solo en la pequeña historia del cartel y la tarde aquí rememorados.

MANOLETE, heroico, rumbo a la enfermería; PEPÍN, apoteósico, gran natural y enorme el de pecho

Arruza, ese personalisimo torero

HORACIO REIBA, ALCALINO

Ocho años duró la suspensión del intercambio de toreros entre México y España. En ese largo ínterin, la torería nuestra alcanzó su mayor esplendor, mientras la guerra civil destrozaba a España y, de entre los escombros, surgía “Manolete”, en primerísimo lugar, y otros toreros tan considerables como Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida.

Marcial Lalanda, artífice del boicot de 1936, se despedía a finales del 42, y Domingo Ortega, sin perder un ápice de su personalidad, vio cómo su toreo recio y dominador desmerecía ante los utreros sobrevivientes a una contienda feroz que acabó con muchas ganaderías.

En 1944, la empresa de El Toreo, operada por Antonio Algara con Maximino Ávila Camacho como poder tras del trono, decidió que era tiempo de promover el regreso de los españoles.

Y voluntarioso como era, el hermano del presidente de la república despachó a Algara a España con la encomienda de negociar lo que fuera necesario.

La fórmula propuesta consistía en una reparación:

que el intercambio se reanudara con la vuelta de los mexicanos a las plazas de donde se les había expulsado, en justo anticipo del retorno a México de diestros españoles.

Así se llegó a la firma del primer Convenio entre los sindicatos taurinos de ambos países; la contraparte ibera se aseguró en él que sólo viajaran a la península espadas aztecas con un mínimo de tres contratos en la bolsa, limitante que no existía en los tiempos del boicot del miedo.

Sólo restaba elegir al mexicano que sellaría, en la plaza de Las Ventas, el anhelado concordato.

¿Cómo? y ¿porqué Arruza?.

Carlos Ruiz-Arruza Camino (México DF, 17.02.1920-La Marquesa, 20.05.1966), hijo de españoles pero mexicanísimo en su trato, sus costumbres y su toreo, se encontraba en Lisboa cuando le avisaron, con pocos días de anticipación, que era el elegido para participar en la corrida madrileña del martes 18 de julio de 1944.

Entre los nombres que se habían barajado quedaron dos finalistas: Fermín Rivera y el propio Carlos. Y Algara le indicó a la empresa que Arruza era el más afín, incluso por su origen criollo, a los gustos del aficionado hispano.

Así fue como entró en el histórico cartel.

Mucho se ha escrito –y Carlos Arruza lo recordaría siempre—acerca de las vicisitudes del apresurado viaje desde Portugal, la demora para que el sastre al que acudió terminara su vestido de torear.

Al grado que se estaba enfundado en una taleguilla prestada por el mismísimo Manolete cuando llegó al hotel el terno celeste y oro con el que partiría plaza hora y media después, y también sobre sus temores a ser violentado, dentro o fuera del coso, por toreros españoles contrarios a la firma del Convenio.

Nada de esto sucedió y, por el contrario, una prolongada ovación saludó la presencia del cavaleiro portugués Simao da Veiga y las cuadrillas encabezadas por el caraqueño-sevillano Antonio Bienvenida, el mexicano Carlos Arruza y el toledano Emiliano de la Casa “Morenito de Talavera”.

Los toros salmantinos de Vicente Muriel pesaron entre 415 y 482 kilos en pie: una corrida ni más chica ni más grande que las que se acostumbraba lidiar por entonces.

Simao, de largo magisterio como rejoneador, fue muy ovacionado al abrir plaza. El sobrio y elegante Bienvenida dio vuelta al ruedo en sus dos toros. Morenito de Talavera no pasó de discreto.

Y el desconocido mexicano ofreció un concierto banderillero de tal magnitud que la plaza era un frenético tremolar de pañuelos durante el segundo tercio del cuarto toro, algo jamás visto ni repetido en Madrid; los cuatro pares de su antológico recital banderillero precedieron a una faena de gran emotividad, por su entrega y torerismo, que se premió con las dos orejas.

Y, al final, con una tumultuosa salida en hombros.

Impresiones y recuerdos.

En sus memorias, aparecidas en la revista mexicana Tiempo –que dirigía Martín Luis Guzmán—Arruza refiere con sencillez sus sensaciones del día del debut.

Señala que, excepto en banderillas, se sintió incómodo y nervioso con el toro de la confirmación, bronco y huidizo; y que en el cuarto, luego del formidable escándalo del segundo tercio, anduvo como entre nubes hasta que se vio con las orejas del toro en las manos, entre el entusiasmo del público y la euforia incontenible de los suyos.

Ahora bien, ¿cómo vio la crítica hispana su debut?

“Giraldillo” (Manuel Sánchez del Arco)

Cuarto– Chorreao en verdugo. Arruza da unos lances, parando en la ejecución. Cuatro varas con una caída… Arruza torea con el capote a la espalda. Antonio por chicuelinas y Morenito a la verónica… Ovaciones a los tres. De nuevo toma las banderillas el mejicano. Dos pares, llegando a la cara de manera sencillamente formidable.

Los palos quedan en las péndolas. (Ovaciones). Cuarteo otro, monumental, y previo permiso, pone un par más reuniéndose con el toro de manera fantástica… la gente comienza a pedir la oreja. Arruza brinda a sus compañeros, Antonio y Morenito. Cinco pases con la izquierda, ajustándose mucho. (Olés). Sigue toreando al natural, y hay unos pases de pecho de gran valor.

En cuanto el toro se cuadra, entra muy recto y mete todo el estoque, saliendo rebotado. El toro rueda sin puntilla. (Ovación muy grande, vuelta al ruedo, entusiasmo y oreja)… El público madrileño le ovacionó clamorosamente lo mucho que hizo como banderillero, lo que mejor le hemos visto.

Llega y cuadra con arrojo y elegancia. Muleteo bien, valeroso, aunque sin la plasticidad de la moderna escuela española, tan depurada y excelsa, y mató con seguridad… En suma, un gran torero, que nos mostró que en México vive la fiesta española, vida que es continuidad de la nuestra…”

Peso de los toros: 415, 416, 420, 482, 481 y 436 kilos.

(ABC, 19 de julio de 1944)

 “K-Hito” (Ricardo García

“Los que hemos seguido paso a paso la evolución de la fiesta en los países hispanoamericanos, singularmente en México, donde el toreo ha logrado un esplendor magnífico, esperábamos el éxito de Carlos Arruza y sabíamos que es un torero largo y florido, un rehiletero asombroso, un lidiador con la muleta eficaz y valiente y un estoqueador fácil y seguro.

Durante los ocho años sin intercambio entre toreros mexicanos y españoles, se ha operado aquí una verdadera revolución en la lidia de reses bravas. Es un afán de depuración y, en un sentido loable, de superación, donde se ha desarrollado, cabe decir, el culto al pase natural. Se torea casi exclusivamente al natural y se cuentan los milímetros que separan el cuerpo del torero del pitón del toro.

Arte parsimonioso, rítmico, que ha ganado en calidad lo que ha perdido en cantidad. Esta escuela, que puede llamarse cordobesa, la consideramos la quintaesencia del toreo. Sería pretensión absurda tratar de situar a Carlos Arruza en esta escuela tan nuestra que acaba de conocer… Carlos Arruza es nada menos que eso que hemos dicho. Y basta…. Con ser todo eso, con manejar el capote maravillosamente, con valerse bien de la muleta y con la facilidad para matar a los toros por las agujas, donde radica su extraordinario mérito es en la suerte de banderillas.

Sólo el esfuerzo de Pepe Bienvenida nos hablaba aquí del segundo tercio, que Arruza ha revalorizado ante el público de Madrid. Así, llegando y cuadrando, levantando los brazos al clavar, baderilleaban Fuentes y Blanquito, Gaona y Facultades… Los pares de Arruza, por su factura, por su precisión, fueron asombrosos.”

(Dígame, semanario. 23 de julio de 1944).

Puntos sobre las íes

Evidentemente, K-Hito presume de más: ¿que lo sabía todo sobre lo que ocurría con el toreo en México, incluida la ignorancia del “culto al pase natural” operado en la península a partir de Manolete? ¡Como si no existieran Armilla, Garza y Silverio, vaya! Ambos cronistas ponderan, eso sí, la grandeza de los segundos tercios de Carlos Arruza al hacer su presentación en España.

Pálido anuncio de lo que se venía, cuando la crítica hispana en pleno no dudó en aclamar a Carlos de manera unánime.

Ah, y las fotografías lo muestran con las dos orejas del toro de su apoteosis y no solamente con una, como lo reportaron algunas crónicas por quién sabe qué motivos.

Claves evolutivas de Arruza

Carlos y su hermano Manuel empezaron su andadura como becerristas bajo la tutela de Samuel Solís, contemporáneo de Rodolfo Gaona y discípulo, como el leonés, de Saturnino Frutos “Ojitos”.

Manolo –nacido en Madrid y víctima, muy joven aún, de un accidente mortal—apuntaba hacia un estilo de severidad castellana. Carlitos, en cambio, derrochaba alegría por los cuatro costados. Pero no una alegría andaluza, sino la pícara del capitalino amiguero y relajiento que fue, inquieto de temperamento, de despierta inteligencia y carácter tenaz.

Sobre esas pautas se fue desarrollando un torero dominador sin drama, con arrebatos de risueña valentía. Así era cuando “Armillita” le dio la alternativa (Toreo, 01.12.40) y por ahí continuó durante las temporadas siguientes, de triunfos frecuentes pero discretos, pues aún carecía de un sello rotundamente propio que lo equiparara con las figuras señeras de la época de oro.

Y entonces vio torear a Manolete. Y nada menos que como alternante suyo (Lisboa, 04.06.44).  Quedó Carlos profundamente impresionado con el estilo del cordobés: “O invado sus terrenos o no tengo nada que hacer aquí”.

Y en cuanto pudo dio ese paso adelante –pero cruzándose—que no sólo electrizó a los públicos, lo distinguió del Monstruo y le permitió competir con él al tú por tú. De paso indujo a un errático José María Cossío a llamarlo “torero deportivo”; un arrebato a la mexicana –basado en su poderío natural, una audacia jovial y una irrefrenable pasión de mando— que la crítica tardó en captar pero la afición española notó y aceptó de inmediato.

Algo de eso está ya reflejado en los textos repasados, pero sin que avizoraran sus 108 corridas de 1945.

La madurez del Arruza inmortal –poderoso, largo, emotivo, alegre y personalísimo—llegaría con el tiempo hasta culminar a principios de la década del 50. De sus andanzas finales, a caballo y a pie –que fue como lo conocí y me maravilló, en pleno auge de El Cordobés—ya habrá ocasión de platicar en la historia del cartel correspondiente.

Pañuelos blancos al banderillear… Y dos orejas

La grandeza de Rodolfo Gaona. Por Horacio Reiba,“Alcalino”

Horacio Reiba, «Alcalino»

De Rodolfo Gaona Jiménez (León, Gto. 22/01/1888 – México DF, 20/05/1975) puede decirse que, como Julio César en las Galias, a España llegó, vio y venció.

Y eso que no había encontrado un acceso fácil, al grado que “Ojitos”, su mentor (Saturnino Frutos, notable banderillero de “Frascuelo”, llegado a México con el atenqueño Ponciano Díaz), tuvo que organizar la alternativa de Rodolfo en la placita de Tetuán de las Victorias (31/05/1908), tras convocar a la crítica madrileña en pleno a un peculiar examen a título de suficiencia en Puerta de Hierro, otro coso, como el de Tetuán, medio perdido en un suburbio de la capital española.

A lo largo de trece temporadas consecutivas y una breve coda (1908 a 1920 y 1923), Gaona toreó en la Península 645 corridas.

Para 1915 estaba en el cenit de su carrera, y sin embargo quedó fuera de la feria de Sevilla, del abono madrileño y de otras plazas señeras.

La paradoja  tenía nombre, apellido y dinastía: José Gómez Ortega “Gallito”.

El todopoderoso José

Contaba “Gallito” con solamente 16 años y 141 días cuando tomó la alternativa de manos de su hermano Rafael, «el divino calvo» (Sevilla, 28/09/1912).

Auténtico superdotado, había causado sensación desde becerrista, y al arribar al escalafón mayor le declaró una guerra sin cuartel a Ricardo Torres “Bombita”, a quien culpaba de obstaculizar sistemáticamente a Rafael “El Gallo”.  

En realidad, el ímpetu de Joselito barrió con toda la generación saliente y en medio de ese empeño quedó Rodolfo Gaona, justo cuando apuntaba a lo más alto,

al contrario de los declinantes “Bombita”, “Machaquito” y Vicente Pastor, representantes de una tauromaquia ya en desuso.

Los dos primeros se cortaban la coleta a finales de la temporada de 1913, en la que el mexicano participó en 53 funciones, para subir a 64 al año siguiente.

Despuntaba la edad de oro, protagonizada centralmente por “Gallito” y el recién doctorado (16/10/13) Juan Belmonte.

Un contexto complicado 

Inocultablemente, Gaona era tan completo como Joselito en los tres tercios, tan templado como Belmonte en el manejo de las telas,

y pese a su ánimo desigual, más elegante y cadencioso que ambos.

José, que no dejó de captarlo, en la temporada del 15 impuso a las empresas una condición que excluía al Indio sin necesidad de mencionarlo:

sólo aceptaría como alternante más antiguo que él a su hermano Rafael.

Indirectamente boicoteado, Gaona sólo actuó ese año en 35 festejos, lejos de los 102 de “Gallito” y los 79 de Belmonte. La imposición de José relegó también a Vicente Pastor, y hasta segundones como Curro Posada y Saleri II sumaban más corridas que el mexicano.

Sin embargo, José tuvo que alternar con Gaona en nueve ocasiones, dos de ellas en la feria de Pamplona, que constó ese año de tres festejos y, aún sin el atractivo de los encierros mañaneros  que posteriormente le darían fama universal, era la llave de acceso al norte y revestía indudable importancia.

Así que el jueves ocho de julio de 1915 partían plaza en el antiguo coso pamplonica las cuadrillas encabezadas por:

Rodolfo Gaona, Serafín Vigiola “Torquito” y José Gómez “Gallito”, para lidiar toros de Concha y Sierra.   

La tarde del par de Pamplona

Los revisteros de renombre no viajaban entonces de feria en feria, y los diarios de Madrid sólo incluían breves reseñas de los festejos foráneos, en forma de relatos cronológicos poco explícitos y no demasiado confiables.

Reproduzco completa la lidia del abreplaza “Cigarrito”, al que corresponde el célebre par de Pamplona, captado con maestría por el fotógrafo Aurelio Rodero, y segundo de los que le colgó Gaona al concha y sierra en alarde de clase, precisión y señorío. Al final le cortó el leonés la única oreja de la tarde.

Reseña publicada por el diario ABC del 9 de julio, sin firma.

PAMPLONA 8, 7 tarde. Con la misma animación de ayer se celebró la segunda corrida de feria.

El toro que rompe plaza, apodado “Cigarrito”, es negro y acomete con bravura cinco veces a los piqueros, proporcionándoles dos tumbos.

Uno de los varilargueros pasa a la enfermería contusionado. Los maestros se lucen en quites y oyen muchas palmas.

Gaona toma las banderillas y clava un buen par de frente; repite con otro superior y cierra el tercio con otro de dentro a fuera (palmas).

Después realiza una buena faena de muleta, dando pases por alto, por bajo y de trinchera, saliendo achuchado al dar uno de rodillas.

Continúa con valentía y deja una estocada delantera, repite y da una gran estocada, entrando bien (ovación y oreja).        

El resto de la reseña, sin mayor compromiso con la fase artística de la lidia, se centra en contabilizar los numerosos encuentros de cada toro con los caballos (sin aclarar si se trató de puyazos en regla, refilonazos o encontronazos  con caída, que todo eso menudeaba).

Consigna que para Torquito hubo palmas y pitos a la muerte de su primero y ovación en el otro, en tanto que la cosecha de Joselito fue de pitos al acabar con el toro tercero y aplausos en el cierraplaza, al que había banderilleado.

Gaona no repitió en el cuarto su éxito con el primero. El encierro de Concha y Sierra, se deduce, resultó deslucido.

Discordias y aclaración

Los pormenores de la placa obtenida por Aurelio Rodero del segundo par de Gaona a “Cigarrito” él mismo los hizo públicos, molesto ante insinuaciones de que, dada su modélica perfección, podría tratarse de un montaje trucado y no de una foto auténtica.

El semanario El Fenómeno había atizado la duda desde su filiación conocidamente gallista. Aquí el texto aclaratorio de Rodero:

Señor Director de El Fenómeno: Leo con gran sorpresa unas líneas que aparecen en el semanario de su digna dirección, referentes a un par de banderillas de Gaona…

El texto de su pregunta dice: “¿Se puede saber en qué corrida de feria del año actual y en qué toro y en qué lugar de lidia salió el toro ése, en el que Rodolfo Gaona está clavando un par de banderillas por el lado izquierdo en la plaza de Pamplona?”… Si no está conforme y quiere saber todos los datos referentes a esa instantánea se los diré bien clarito para que los entienda:

Población: Pamplona; corrida, segunda de feria; toro de Concha y Sierra, negro, No. 28; lugar en que se lidió, primero, y fecha de todo ello, 8 de julio de 1915.

Y si quiere saber más, Gaona vestía de plomo y oro, y la máquina que hizo dicha fotografía es Nette, seis y medio por nueve, con objetivo Zeiss f.1.4.5 de 120 milímetros, placa Guilleminot, revelada en mi casa particular, Quintana 21, 3º izq., Madrid, con revelador metol hidroquinona, hecho exclusivamente para mí; y revelé, tanto esa placa como las 68 que obtuve de aquella feria, el día 12 de julio del presente año, de diez y media a doce de la noche…

¿Queda satisfecho el señor de la preguntita… ?”

La muy precisa aclaración en realidad relanzó a la fama al par de Pamplona como ejemplo de maestría, precisión y belleza, lo mismo por parte de quién captó el instante con su cámara como de quien lo propició con su insuperable arte banderillero.

Escuela y secuela

Aunque de acuerdo con su propio autor el par de Pamplona no tuvo nada de especial –“habré clavado cientos como ése”–, lo que pone de relieve es el dominio del temple como la mejor característica de Gaona en el segundo tercio:

la conversión de una suerte básicamente atlética en un lance del más puro toreo, desde el cite hasta la consumación del par.

No se trataba ya de superar por piernas la embestida, lo cual sin duda demanda dominio de los terrenos y tino al clavar, sino de irla consintiendo y graduando a lo largo de la suerte, marcada la cadencia por el torero hasta convertirla no ya en alarde de exacta geometría sino en un lance de suprema categoría estética.

Sobre ese inmejorable modelo florecería la aristocracia banderillera mexicana de generaciones subsecuentes, los Armilla, Balderas, Solórzano, Carnicerito de México, Luis Castro, Ricardo Torres, David Liceaga, Carlos Arruza, Calesero, Cañitas, Gregorio, Procuna, y más contemporáneamente Raúl García, Mauro Liceaga, Antonio Lomelín, Chucho hijo, Manolo Arruza, además de subalternos tan destacados con los palos como Juan “Armilla”, Pepe López, los Felipe González padre e hijo,  Alfredo Acosta, Christian Sánchez…

San Sebastián

Y en eso mismo, en el temple, radicó la superioridad banderillera de Gaona sobre Joselito, de lo cual es ejemplo la anécdota de San Sebastián al año siguiente, cuando ya fue inevitable la incorporación del Indio Grande como partícipe de la terna clásica de la edad de oro del toreo.

En el Chofre –la plaza y afición favoritas de Rodolfo–, durante un mano a mano entre ambos (15/08/16), el mexicano tomó los palos e invitó a su alternante a compartir el segundo tercio.

Salió por delante “Gallito” y puso un gran par, pero al disponerse a colocar el suyo, Gaona lo retó –“Así no… andándole al toro”–, dado que José lo hacía todo a gran velocidad. Y le puso la muestra, con la reposada indolencia india que lo caracterizaba.

Era el turno de Joselito que, efectivamente, antes de apretar a correr y clavar en lo alto, le anduvo un buen trecho al de Santa Coloma.

Pero no tanto ni con tanta sangre fría como Rodolfo, que acentuó estas cualidades al cerrar el tercio, de modo que la gente, notándolo, prolongó la ovación mientras lanzaba censuras a “Gallito”:  “José, hay que andarles, como Gaona”. “Esa tarde –recordaría el mexicano– la única oreja me la llevé a la fonda yo”.

(Mis veinte años de torero. Edición particular. México, 1925)

En 1916, la terna Gaona-Joselito-Belmonte se anunció hasta tres veces en la plaza de Madrid.

Y dos más al año siguiente, incluida la célebre corrida del Montepío de Toreros, la de “los dos solos” (21/06/17), que admiró y aclamó a Rodolfo y a José pero consagró para los restos al Pasmo de Triana.

La escultura (H. PERAZA), la fotografía (A. RODERO), la pintura y hasta la numismática le han rendido honores al PAR DE PAMPLONA, modelo de precisión y belleza toreras.

La de Joselito en Madrid, el 3 de julio de 1914. Alcalino – Tauromaquia.

La de Joselito en Madrid, el 3 de julio de 1914, fue un hecho insólito. Pues no ha vuelto a ocurrir que un mozo de 19 años se encierre con una corrida entera, con la plaza de Madrid llena hasta el tejado.

No lo movía el deseo de llamar la atención, o reclamar contratos, que ambas cosas las tenía ya de sobra, sino la mera constatación de una supremacía que ya pocos ponían en duda.

En apenas año y medio de matador, José Gómez Ortega «Gallito» había cumplido su promesa de retirar a Ricardo Torres «Bombita» –gran opositor de su hermano Rafael–, y protagonizado un meteórico ascenso hasta la cima del toreo.

Joselito

Así, de manera casi natural, se urdió la idea de la encerrona, mitad iniciativa de la empresa madrileña y mitad sugerencia directa de Gallito –en lo sucesivo Joselito -, decidido reescribir de su puño y letra –con capote, banderillas, muleta y estoque–

La historia de la Fiesta de toros, a la que desde niño dedicó por entero vida y afanes.

José fue el hijo menor de Fernando Gómez «El Gallo», un torero de la cuerda del arte que habría resonado más de no coincidir en el tiempo con Rafael Molina «Lagartijo», primero, y Rafael Guerra «Guerrita» más tarde, los dos colosos cordobeses que cerraron con gloria la tauromaquia del XIX. 

Fernando «El Gallo» 

Crió tres hijos toreros, de los que el segundo Fernando, perjudicado por su obesidad, se quedó en subalterno y principal receptor de las teorías paternas sobre el toreo de capa, que tuvo en el viejo Gallo.

Un brillante innovador–a él se debe la invención del cambio de rodillas–.

Casado con una bailaora de tronío –la Señá Gabriela Ortega–, alguno de sus vástagos tenía que heredar la vena gitana de la madre y ése fue Rafael.

El primogénito, prematuramente calvo, famoso lo mismo por sus espantadas que por su alado estilo, pletórico de sal andaluza y giros inesperados.

Rafael «El Gallo» 

Le daría la alternativa a su hermano chico en la Maestranza de Sevilla el 28 de septiembre de 1912, cuando Joselito contaba apenas 16 años, cuatro meses y 20 días, pues había nacido en Gelves el 8 de mayo de 1895.

Desbordante de toreo pero también de ambición, este prodigio adolescente no tardaría en convertirse en amo absoluto del tinglado.

Arrebatado por las empresas y mimado por los ganaderos punteros, que tras abrirle las puertas de sus fincas y cerrados, acabaron sometidos a su arbitrio.

Orientado a la obtención de un toro. Hecho más para la fijeza y el arte, que para la pelea sin cuartel, que había sido hasta entonces la corrida. 

Juan Belmonteel verdadero precursor de la nueva escuela, parco e irónico, prefirió acogerse a los buenos oficios y la capacidad negociadora de su amigo José, con el que iba a cubrir seis de las siete temporadas –entre 1914 y la primavera de 1920– que pasarían a la historia como la edad de oro de la Fiesta española.

La elección del ganado

Concertada la encerrona madrileña para el viernes 3 de julio de 1914, Joselito se dispuso a seleccionar personalmente un encierro a su entera satisfacción y gusto.

Pocos días antes de la fecha señalada condujo su Hispano-Suizo por la sierra de Madrid hasta la ganadería de Vicente Martínez, para escoger los más apropiados del hato que el acreditado criador de Colmenar Viejo le había apartado para la ocasión.

Los toros

De la tierra tenían fama de duros, pero Gallito no había dejado de advertir un interesante cambio en su estilo hacia una mayor suavidad y fijeza, inducidas por un nuevo semental, el célebre «Diano», de Ibarra. 

De modo que, priorizando las buenas hechuras y la nota de tienta, eligió José un encierro poco aparatoso pero tan fino que pasó sin problemas la temible aduana de los veterinarios madrileños.

Por orden de lidia irían apareciendo los llamados «Comedido», «Descarado», «Barrabás», «Coralino», «Nevadito», «Presumido» y «Mulato», cuatro zainos y dos berrendos en negro.

Formaban un lote precioso, muy parejo –promediaron unos 480 kilos en pie y que, sin ninguno especialmente destacado, le permitió desplegar a Gallito sus amplios talentos, recursos y capacidades.

La plaza estaba llena y el boletaje agotado cuando los clarines convocaron al orgulloso y juvenil espada sevillano, enfundado en un terno celeste y oro;

lo escoltó en el paseíllo el sobresaliente Remigio Frutos «Algeteño» –sobrino de Saturnino Frutos «Ojitos», el mentor de Rodolfo Gaona–, seguidos por los subalternos de a pie y de a caballo.

Cuadrillas

Independientemente de lo numeroso del séquito que partió plaza esa tarde.

Joselito prácticamente limitó como ayudas en la lidia a sus peones y picadores habituales; todo mundo conocía las cualidades para la brega y el tercio de banderillas de El Cuco y El Almendro.

Ambos de nombre Enrique Ortega y parientes de los Gómez Ortega, y sabía de la formidable técnica capotera de Enrique Belenguer «Blanquet»

En quien Gallito depositaba tanta confianza que, al sexto de la tarde, decidió lidiarlo con solamente este excelso peón valenciano en el ruedo:

una especie de homenaje al citado Blanquet a quien, tras prender él mismo dos colosales pares de banderillas, invitó a colocar el tercero.

Y no desmerecían Rafael Saco «Cantimplas» Francisco González «Chiquilín», cordobeses. Los hombres de a caballo estaban igual de compenetrados con su maestro.

La plantilla titular la constituían Manuel Aguilar «Carriles», Juan Pinto y Antonio Chaves «Camero», que militaba en las filas del mexicano Gaona cuando Joselito lo llamó un día para convencerlo, dicen, con éstas o parecidas palabras: 

«Antonio, deja al indio ése y vente conmigo, que no vas a tener mejor patrón que mi menda en toda tu vida».

Por cierto, un incidente afeó la participación del piquero de Camas –que tenía el brazo particularmente pesado–.

Cuando se le fue la garrocha muy abajo y casi mata al segundo toro del puyazo, provocando una bronca tan fuerte que Joselito, en castigo, le prohibió salir al ruedo en los turnos siguientes.

Pero cuando iba a lidiarse el sobrero, que Joselito solicitó en un alarde encaminado a redondear su apoteosis.

Volvió a llamarlo

En ese entonces los picadores esperaban en la arena la salida de los astados, y para darle oportunidad de reivindicarse ordenó que solamente él picara al correoso sobrero de Martínez

Camero se portó a la altura y al abandonar el ruedo tuvo que saludar las aclamaciones con el castoreño en alto.

Una tarde consagratoria

La encerrona gallista cumplió plenamente su función de jubileo del torero que el alambicado José de la Loma «Don Modesto» iba a coronar nuevo Papa –el anterior fue Ricardo Torres «Bombita» –en su crónica de El Imparcial.

¿Cómo era el toreo de Joselito? ¿Qué y cuántas maravillas lo constituían?

En una época en que el primer tercio era el más largo, y movido de la lidia.

Con sus caballos despanzurrados y la consiguiente abundancia de intervenciones de diestros y cuadrillas, la crítica le contó, a lo largo de la tarde.

159 lances de capa, repartidos entre los de recibo, la brega y 26 variados quites.

Casi cuatro por toro, nueve asombrosos pares de banderillas y solamente 83 muletazos, así como cinco pinchazos, seis estocadas y un golpe de descabello.

Esta enumeración no es ociosa.

Revela con exactitud lo que eran aquellas corridas del cambio de siglo, centradas en laboriosos primeros tercios que, en medio de su dureza, los toreros procuraban animar con exuberancia de quites y ampulosos remates, en lo que Gallito fue un as.

Torero completísimo, era también un rehiletero formidable, que solamente cedía ante la templada elegancia de Gaona, ya que José, infalible en medir terrenos y embestidas y colocar los rehiletes en lo alto, hacía todo esto con cierto apresuramiento.

También con la muleta, urgido en dominar a los toros con pocos pases, castigando mucho y yendo siempre hacia adelante,

para evidenciar cuanto antes su superioridad desplantándose, en la propia cara de las sometidas reses.

Ya tocándoles los pitones, o la oreja, e incluso la jeta,

que a los más aplomados solía enjugarle, con el pañuelo que extraían tranquilamente de la casaquilla.

Faenas, en suma, de neto dominio, cuya brevedad se consideraba prenda de poderío.

Con el tiempo, iría alargándolas y llegó a invadir los territorios del arte, producto de su frecuente contacto con Juan Belmonte –verdadero mensajero del futuro–.

Pero esa no fue aún la tónica, aquella tarde crucial del 3 de julio de 1914.

En la que de todos modos se justificó, como el prodigio de la época. Y les cortó una oreja a «Coralino» y «Presumido», cuarto y sexto de la memorable corrida.

A la muerte del complicado séptimo, el gentío invadió el ruedo, rodeo al héroe y llevándolo en peso.

Protagonizó con él un conato de salida en hombros, que tampoco se usaban tal como ahora las conocemos. Palmarés y vanguardia.

En la madrileña plaza de la carretera de Aragón José Gómez Ortega totalizó, en las siete temporadas que duró su magistratura –trágicamente rota por «Bailaor»-.

81 paseíllos, de los cuales éste del 3 de julio de 1914 era el número 24.

Y cortó 19 orejas, cifra entonces desusada.

Sin poseer la fuerza innovadora de Belmonte, marcó una diferencia clara con las figuras que le antecedieron, no solamente por su clarividencialidiadora y el poder demoledor de su muleta;

sino porque su porte novedosamente jovial, esbelto y ágil rompía con la robustez más bien adusta de la gente del XIX.

En el ruedo, los únicos antecedentes habían sido los juncales Antonio Fuentes y Rodolfo Gaona, y el sonriente Ricardo Torres «Bombita»–, y anunciaba la entrada a un mundo nuevo y distinto.

Y al auténtico siglo de oro de la tauromaquia.


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