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Homenaje de Alcalino al escritor Ignacio Solares

Con Ignacio Solares (Cd. Juárez, 15.01.1945- Ciudad de México, 24.08.2023) desaparece
un académico e intelectual de fuste que además de prolífico autor de tantos temas –con
preferencia al histórico y la novela– fue destacado escritor y comentarista taurino y
eventual cronista de corridas de toros. Aun más: en tanto responsable del departamento
de publicaciones de la UNAM durante la rectoría del doctor Juan Ramón de la Fuente
–otro taurófilo sin complejos–, le debemos aquellos invaluables videos sobre la historia
del toreo en México que, además de interesantísimas filmaciones arcaicas, incluye una
larga serie de reportajes sobre la “corrida del domingo” que a lo largo de varias décadas
disfrutó el país entero en los noticiarios cinematográficos exhibidos como preámbulo de
las películas del día.


Ignacio Solares fue partidario acérrimo de Enrique Ponce y pude conocerlo personalmente
en ocasión de una corrida provinciana en la que participaba el valenciano. Resulta que
llegó a la hora, no encontró boletos en taquillas y yo tenía uno de sobra, que al advertir su
desazón le ofrecí. Vimos juntos el festejo y tuvo que aceptar algunas de mis objeciones al
quehacer de su torero. Quedamos como amigos y más de una vez nos saludamos en las
afueras de la Plaza México. Aunque sosteníamos esporádicas conversaciones telefónicas
dejé de verlo hace tiempo y la noticia de su deceso me entristeció sobremanera.


Solares fue coautor, con Jaime Rojas Palacios, del libro “Las cornadas” (Edit. Diana, 1981),
participó en programas taurinos por televisión y ejerció de cronista titular en El Universal
durante un par de temporadas grandes en la década pasada. Me ha parecido justo
dedicarle esta columna con un tema del que hablábamos y que alguna vez le prometí
abordar: el del lenguaje taurino y su evolución, no siempre afortunada ni bien
fundamentada por los narradores y críticos actuales, pero llena siempre de giros y guiños
lingüísticos de gran interés y originalidad.


El toro, principio y fin de todo. Para un ejercicio literario de cualquier tipo, el uso y
dominio de la sinonimia es requisito fundamental. Eso, que sabían y practicaban hasta la
exageración los revisteros antiguos, parecen haberlo relegado los actuales. No es que
antes se escribiera de toros mejor que ahora, por más que los ejemplos más pleclaros a

ese respecto pertenecen casi todos al pasado, pero el lenguaje tecnocrático, que todo lo
invade, también ha infectado el mundo del toro, y se pueden dar por desaparecidas
palabras como morlaco, burel, bicho, bovino, astado, cornúpeto –o cornúpeta, nunca supe
bien a bien a qué género gramatical pertenece el vocablo correcto–; por no hablar de las
voces referidas a la condición para la lidia de cada animal específico, donde noblón no
significaba exactamente noble así como el bravucón no es un toro bravo; en realidad, esa
manera de declinar los adjetivos usuales –mansurrón, docilón, gazapón, probón…–
adquiere, en el vocabulario taurino, cierto matiz denigratorio, curiosamente poco utilizado
en las reseñas actuales, que se suponen preocupadas por atender a las características de
los bovinos como base para enjuiciar la actuación del torero.


Entre la brevedad y la corrección política. Sería imperdonable omitir una muestra
significativa de la fraseología ligada al mundo del toro, llena de giros y tropos tan gráficos
como ingeniosos actualmente en trance de extinción. Así, había morlacos que alargaban
la gaita, o que permanecían en estado levantado –lo normal en los primeros momentos
de la lidia–, o que venían por el dinero de la temporada o barbeaban las tablas, o
derrotaban al bulto, … Y toros encampanados o resabiados o aplomados o que sabían
latín…


De paso, han descendido a los infiernos de la incorrección política voces como morucho,
marrajo, choto, rata, toro meneado o destartalado o buey de carreta, no vaya a ser que se
ofendan los señores ganaderos o el sacrosanto empresario en turno. Tiempo hubo en que
calificar a un bicho de pastueño o boyante –palabra que deriva de buey—, y no se diga de
pajuno, llevaba implícito cierto demérito por clamoroso que hubiese sido el triunfo del
torero, como cuando Rafael Solana “Verduguillo” descartó entre las faenas más grandes
de Rodolfo Gaona la de “Sangre Azul” de San Diego de los Padres (14.01.23) por tratarse
“del toro más tonto que se ha visto”, o Roque Solares Tacubac llamó “pazguato” el célebre
“Tanguito”, inmortalizado por Silverio Pérez (31.01.43). Claro que al multiplicarse tal tipo
de ejemplares excesivamente nobles aunque no exentos de buena casta, y, sobre todo, al
degenerar la obsesivamente buscada boyantía en pasividad, sosería, docilidad ovejuna, el
resultado es una tauromaquia transformada en toreografía –permítaseme presumir la
paternidad de este irónico vocablo–, responsable de la deserción de tantos aficionados y
del paralelo desinterés de las masas por un espectáculo que ha traicionado sus
fundamentos, donde la emoción y el riesgo nunca debieran estar ausentes.


Neologismos. Curiosamente, han aparecido en este siglo palabras capaces de enriquecer
el léxico taurino agregándole matices descriptivos que antes no tenía, por ejemplo esa
que califica a determinado burel de informal –los hubo siempre, pero nadie había atinado
con el vocablo exacto… quizás el más aproximado sería incierto–; pero ante un toro
incierto había que andarse con mucho cuidado, en tanto que la simple informalidad en las
embestidas más que un peligro inminente supone una irregularidad deslucidora de la

faena, y de paso puede confundir al espectador poco avezado, al grado de inducirlo a
suponer que la tal irregularidad procede de la incompetencia del torero.


Hablando de neologismos –relativos, porque llevan años usándose– está eso del
abreplaza y el cierraplaza, que funden en una sola palabra lo que antes eran frases
compuestas por tres. A cambio, yacen empolvándose en el último rincón del limbo las
muy precisas descripciones de la pinta o pelaje de los astados, y desde luego todo lo
concerniente a la forma y tipo de cornamentas, un universo de expresiones
exclusivamente taurinas que hoy nos vendrían de perlas para airear el frondoso y
bellísimo vocabulario de nuestra bienamada Fiesta, cuya riqueza léxica y semántica nunca
debió pasar a segundo término.


Continuará. Releo lo anterior y caigo en la enormidad del compromiso contraído. Pero
promesas son promesas y habré de desarrollar hasta donde dé de sí –hasta donde mis
limitados alcances lo permitan— un tema tan sugestivo como lo es el del lenguaje de los
toros, enraizado como ha estado siempre en nuestra mejor tradición léxica, coloquial y
cultural.


Que no se sorprenda el paciente lector si cualquiera de estos lunes le damos el espacio y
la continuidad prometidos.

Alcalino aborda el delicado tema del trato hispano a la la tauromaquia americana

Existe una manera infalible de minimizar, empequeñecer, jibarizar, restarles fuerza y
resonancia a las expresiones humanas, sean del tipo que sean. Basta con hacer como si no
existieran o, en su defecto, meterlas en un baúl al que pocas llaves tengan acceso y
alejarlo todo lo posible de miradas curiosas.


Este encapsulamiento sistemático lo ha practicado con singular aplicación el medio
taurino hispano. Si el toro de lidia simboliza al país, el toreo debe ser defendido como
exclusivo patrimonio cultural suyo. La consecuencia fue, secularmente, una tauromaquia
entendida y mantenida como coto cerrado y encerrado dentro del territorio español.
Cualquier intromisión, cualquier intervención ajena, ha de verse como descuido fugaz de
los aduaneros en turno que calígrafos y vigilantes atentos han de minimizar, si no es
posible borrarlo del todo, en su particular versión histórica de las corridas de toros.


Últimamente, en uno de tantos descuidos, se les coló Francia: ahora resulta que hasta
puede dar toreros buenos. Y ganaderos. Y escritores taurinos. Pero al otro lado de los
Pirineos se lo han tomado con calma, un simple contagio debido a su cercanía con la
matriz, repentinamente generosa. Porque, ya se sabe, para toreros, España. Y cuando una
ristra de indios de otro lado del Atlántico –la América nuestra, pensarían– desembarcaron
en sus costas y se pusieron a torear, y lo hacían tan bien que se adueñaron de la buena
voluntad y el interés del aficionado español simple y llano, entonces el aparato taurino
cerró sus tentáculos y arrojó al invasor de sus plazas.

Que los morenos se vuelvan a sus tierras, que esto que vinieron a hacer, que esa clase y ese arte y esa comprensión del toro y del toreo con que estaban llenando nuestras plazas es herejía inadmisible que debemos apresurarnos a exorcizar. Por eso, justo antes de que estallara la guerra civil, promovieron
el incivil boicot del miedo, como socarronamente lo llamó Juan Belmonte, viejo admirador de México y sus toreros. Era el gesto de un espíritu libre, humorista y lúcido en medio de
la xenofobia dominante.


Fue el boicot de 1936 la respuesta de un sistema absurdamente cerrado en un universo
naturalmente abierto, como lo es por definición el universo del arte. Que es capaz de
celebrar la creatividad humana en cualquiera de sus expresiones. Y puede reconocerlas
como patrimonio de determinada cultura o de cierto lugar, pero no acostumbra negarlas
ni menos clausurarlas, pues sabe que sería atentar contra su propia naturaleza.
Lo que sería hoy el arte de torear –en forma, diversidad y resonancia– sin el reaccionario y
celoso activismo xenófobo del hermano mayor hispano.
Gente necia ésta de México… y del mundo. Expulsados de un país que se veía a sí mismo
como propietario exclusivo del toreo, despachados sin contemplaciones, los mexicanos
–aztecas, solían llamarlos—siguieron a lo suyo, aunque solamente entre los suyos. Así
fructificó la época de oro del toreo en México (1930-1950 aproximadamente), y de nuevo
pudo paladear la afición española numerosas muestras –aunque ya debidamente

acotadas y bajo control— de cuánto el arte de torear podía enriquecerse cuando se abría
a otras sensibilidades y culturas. Fue así que más americanos –llegados de Venezuela y
Colombia principalmente– llevaron su mensaje torero a España, al tiempo que trasponían
la frontera de cristal tan celosamente encerrada en la piel de toro algunos portugueses de
porte y proceder magníficos. Y, curiosamente, ningún embajador galo o peruano todavía.
Hoy como ayer. La semana ida, Joselito Adame toreó y triunfó en España. Fue el viernes
11, en la plaza de Huesca, compartiendo cartel con Morante de la Puebla y Ginés Marín,
toros de Antonio Bañuelos, un ganadero que siempre ha declarado que, del escalafón, es
José, el de Aguascalientes, quien mejor entiende y cuaja a sus toros. Y el hidrocálido
–gentileza por gentileza—le ha correspondido una vez más cortándoles las orejas a los dos
su lote. Cuatro apéndices en total, por tres del joven Marín y ninguno de Morante, que
reaparecía luego de una convalecencia relativamente prolongada.


Joselito Adame. Este año ha toreado muy poco en España –de México, ni hablar–.
Ignorado por las empresas, ausente de las ferias grandes, ninguneado por la prensa
taurina de allá, autor de una gesta perfectamente estéril en el San Isidro de 2022 –aquella
voltereta espeluznante por un torazo castaño de Pedraza de Yeltes (17.05.22), seguida de
una faena tan torera como entregada estando el hombre a punto del desmayo–; y, de
súbito, el golpe éste de Huesca. Ya era inusual verlo encartelado con una figura –el de la
Puebla—y un joven con clase e ímpetus para dar y prestar, como Ginés. Pero alguna
fuerza tendrá el ganadero burgalés para que, al lado de ellos, la empresa pusiera al
mexicano. Que fue el que cortó el bacalao y se llevó la mejor parte.


Lo cual no significa que Joselito Adame pueda hacerse mayores ilusiones de cara al resto
de la temporada española. Cazará alguna corrida en plazas menores donde ya ha
triunfado reiteradamente, pero difícilmente Zaragoza o Guadalajara, donde años atrás
indultó un toro al que muleteó por nota. Y pronto lo tendremos de regreso, ojalá que para
dar fe de su espléndida madurez torera, propia de la figura más destacada de una
generación con pocas oportunidades. Si en Aguascalientes, por abril, le pegó un serio
repaso a El Juli en corrida de mano a mano, no por eso tendrá más reconocimiento entre
nosotros ni mejores emolumentos que esos españoles de todos los calibres alegremente
dispuestos a hacer la América. Aunque México, por dictado de Washington, ya sea más
bien Norteamérica.


El caso Roca Rey. Otro cuerpo extraño, peruano de procedencia, y resulta que es el único
llenaplazas auténtico que España ha conocido en el presente siglo. Pero lleva tres
percances consecutivos –siempre reaparece sin estar curado del todo–, y eso tiene muy
preocupado al empresariado. No es una preocupación vinculada al estado de salud de
Andrés Roca Rey sino en forma indirecta, por el efecto que los agresivos pitonazos que se
han cebado en su humanidad puedan tener en la taquilla. Saben que quien más sufre sus
reiteradas bajas por cornada es el ánimo de esos aficionados que en tropel acuden a los
cosos cada vez que el limeño está anunciado. Algo tendrá que lo distingue del resto.

Algo que no es sino una disposición heroica, desusada en estos tiempos. Con lo que Roca
Rey sabe y puede, podría darse el lujo de jugar al intocable y volver sano y salvo al hotel
sin haber dejado de animar muchas tardes con su probado torerismo. Pero si hiciera eso,
si se limitara a aprovechar al toro sencillo y salir del paso con el impropio, si se adocenara,
no sería Roca Rey. El único llenaplazas que le queda a la fiesta.


Luque, herido grave. Esto no entraña una crítica al resto del escalafón. La campaña
española de este año demuestra que la capacidad de entrega de los toreros –novilleros
incluidos—se escribe con sangre. A los muchos percances registrados últimamente se unió
este viernes –mismo día de la apoteosis en Huesca del mayor de los Adame—el sufrido
por Daniel Luque en El Puerto de Santa María. Luque, que es para mí el español más
puesto y de mejor trazo en la actualidad, estaba bordando a un astado muy encastado de
Montalvo cuando el bicho se rebeló a la maestría del torero, se le fue encima como si
fuera un tigre y le clavó el pitón en el vientre. Cornadón. Y es que, cuando el toro es toro,
nadie se encuentra a salvo. Aunque la gente tenga sus manías. Y hoy esté en que o torea
Roca Rey o habrá en las gradas mucho cemento calcinándose al rayo del sol. En El Puerto
apenas se ocupó ese día un tercio del aforo. Con Urdiales, Castella y Luque en el cartel. Y
repito que, para mí, tal como viene el año, es Daniel Luque el torero al que no habría que
perderle paso. Pero con la suerte, buena o mala, no hay quien pueda.


Cornadas. Tema casi casi tautológico cuando se habla de toros. Y, sin embargo, da la
casualidad que si el peligro desaparece, la fiesta languidece. El riesgo de cornada nunca se
irá del todo, de acuerdo. Pero si lo invisibilizamos, vía un semiastado bofo y soso, las
plazas se vacían y cunde el desinterés. Si es rematadamente absurdo afirmar, como tantos
antis, que la corrida es un mero vertedero de sangre que por amor a los animales y a la
civilidad hay que suprimir, nada de absurdo tiene reconocer que sin la sensación de riesgo
inminente, el toreo carece de sentido. Por eso, porque allá sigue saliendo el toro, en
España hasta futboleros distinguidos se declaran taurófilos –un montón de jugadores, el
seleccionador nacional, el presidente de la Liga, a quien Morante acaba de brindarle en
Huesca…–; mientras que en México, paraíso del post toro de lidia, todo mundo se tapa.
Bastaría con acudir a una estadística comparativa del número de cornadas que los toros
dan aquí y allá para encontrar la razón de fondo. Podrá alegarse que a la gente que va o
deja de ir a las plazas las estadísticas la tienen sin cuidado. Pero es indudable que el
colapso de la fiesta en nuestro país, su virtual desaparición de la escena pública, se ha
dado bajo el imperio del post toro de lidia mexicano y la pérdida de emoción que de sus
cansinos procederes emana. Ante tan palmaria evidencia, sobran especulaciones.


Más claro: si se habla de una especie de epidemia del disimulo –de la empresa y los
propietarios de la suspendida Plaza México, de los tenedores de derecho a apartado, de
los omisos medios escritos y audiovisuales, incluso de los toreros para defender lo suyo–,
habría que referirlo al ambiente antitaurino que nos rodea. Y cómo no, si lo ha precedido

la desaparición del toro entero, alerta, encastado y codicioso, capaz de hacer brillar el
peligro en sus astas y de transmitirlo arriba y abajo, a ruedo y tendidos.
Porque en el toro, y solamente en el toro, se encierra el ser o no ser del toreo.

Alcalino nos muestra a un Antonio Ordóñez mas que una figura un torero de culto

No es frecuente que un espada con estatus de figura indiscutible sea reconocido además
como torero de culto, categoría ésta usualmente reservada a los escasos artistas capaces
de suscitar adhesiones fervorosas entre los aficionados de paladar más selecto. Figuras de
alto bordo al tiempo que artistas con un sello singular, autores de obras perdurables e
irrepetibles, han sido, por ejemplo, Pepe Ortiz, Silverio Pérez y Luis Procuna en México, y
Juan Belmonte, Curro Romero y José Tomás en España.


A este grupo tan especial perteneció Antonio Ordóñez Araujo (Ronda, 16.02.32–Sevilla,
19.12.98), que nunca fue un torero de multitudes –para eso estaban Litri o El Cordobés–,
y sin embargo supo aglutinar en torno a su arte a aficionados de la más fina solera. Quien
busque en Ordóñez cifras rompedoras o campañas estrepitosas seguramente sufrirá una
decepción. “Una figura de verdad –solía decir el rondeño—debe estar dispuesto a salir a
morirse en la plaza cuatro o cinco veces por temporada”. Esta autodefinición, entre
heroica y melindrosa, dejará frío a más de uno. Digamos que existen constancias
bastantes de muchas tardes en las que Ordóñez salía simplemente a cumplir y tirar las
cartas, dejando con un palmo de narices a quienes habían pagado el boleto con la ilusión
de paladear su arte y clase excepcionales. Paralelamente, tampoco faltaron ocasiones
–nunca demasiadas—en las que Antonio “quiso” y pudo extraer faenas inesperadas de
toros aparentemente impropios. Y siempre, aun en sus días más nefastos, dejó algún
detalle imperial, islote áureo en medio de océanos de desgana.
En su Málaga. Andalucía la baja se asoma a la luz del Mediterráneo por el blanco puerto
de Málaga, capital de la provincia homónima, aprisionada entre las de Cádiz, Sevilla,
Córdoba y Granada. Desde Málaga se sube sinuosamente hasta la alta serranía que corona
el tajo de Ronda, donde Antonio Ordóñez nació y en cuyo bicentenario coso instituiría la
famosa corrida goyesca de principios de septiembre, en cuyos carteles participó mientras
le fue posible, incluso aquellos años en que se encontraba apartado de la profesión.

Pero la plaza que Antonio Ordóñez eligió como propia fue la Malagueta, cuya frondosa
feria, celebrada la primera semana de agosto, reúne a las principales figuras y suele contar
con una llamativa abundancia de toros propicios. Feria triunfalista, según lupas y
parámetros rigurosos, o alegremente grata para quienes tarde a tarde llenan el bello coso
mediterráneo para ver desempeñarse sin apuro a la grey coletuda, alejada de las
exigencias de Madrid o Bilbao y ante ganado que suele embestir muy por encima de la
media nacional. Será porque el oxígeno llena mejor los pulmones a nivel del mar.


Eje de la feria. Antonio Ordóñez participó, a lo largo de su vida, en más de medio centenar
de festejos celebrados en la Malagueta, infaltable en casi todas sus ferias y siempre como
astro mayor de la cartelería. En una época rebosante de figuras de los colores, sabores y
estilos más diversos se necesitaba una fuerza muy especial, en los despachos y en la
arena, de cara a la taquilla y frente al toro, para lograrlo. Ordóñez la tuvo, y en la feria
malagueña del 61 acometió la proeza de hacerse anunciar en seis tardes consecutivas, del
lunes 31 de julio al sábado 5 de agosto. Repetiría el gesto el año siguiente, pero puestos a
elegir, el suceso mayor de su biografía lo marcan las seis corridas de 1961. Como era de
esperar, la feria fue un irresistible continuum de triunfos para casi todas las espadas
importantes en liza, pero Ordóñez estaba en su plaza y no iba a permitir que nadie se le
fuera por delante. Y se superó a sí mismo a lo largo del ciclo. Aunque al final ocurriese lo
inesperado.


Para abrir boca. El último día de julio, en la segunda de feria, alternaron con el rondeño
Paco Camino y El Viti, dos recién doctorados que con el tiempo ocuparían sitio señero
entre las figuras de su época. Pero ni uno ni otro se encontraban aún en condiciones de
comprometer seriamente la hegemonía del dueño de casa. No obstante, Camino estuvo
cerca de lograrlo al cobrar las orejas del quinto de Atanasio Fernández, uno de los dos
mejores del encierro; el otro había sido el cuarto del hierro salmantino y Ordóñez lo
aprovechó de cabo a rabo, apéndice éste que terminaría por exhibir como trofeo máximo
y diferencial luego de coronar con su clásica estocada rinconera una faena de artista y
maestro consumado. El Viti, sin ganado propicio y demasiado adusto para el festivo gusto
malagueño prolongó en vano dos tenaces y áridos trasteos.


¡Tres toros de regalo! Al día siguiente –1 de agosto, tercera de feria–, estaban pintando
bastos hasta que el sexto de José Quesada, un novillote famélico, exacerbó los ánimos y
amenazó con provocar una bronca épica. Paco Camino la evitó astutamente anunciando
que lidiaría un toro de obsequio para compensar del fiasco a la enfadada concurrencia. No
queriendo ser menos, sus dos veteranos alternantes –Antonio y el toledano Gregorio
Sánchez—acudieron también a sendos obsequios. Esta inesperada corrida de nueve toros,
que había empezado bien, con faena de oreja de Ordóñez al abreplaza, cayó luego en un
sopor muy a tono con la calurosa tarde malagueña. Pero iba a estallar en explosiones de
júbilo durante las lidias extra debidas a la esplendidez de los tres espadas, provocada por
la falta de trapío del sexto bicho del deficiente encierro de Quesada.

El orden en que se lidiaron los sobreros no correspondió al de la antigüedad de los
alternantes. Por delante salió el obsequio de Paco Camino, con la divisa de Atanasio
Fernández, noble y pronto, justo lo que necesitaba el de Camas, pleno de celo juvenil,
para provocar un alboroto grande, premiado con las orejas y el rabo. El octavo fue para
Ordóñez, y Antonio le cuajó un faenón que tuvo votos al mejor de la feria. A saber qué
trofeos le habrían dado si no llega a fallar con el descabello: el premio se redujo a una
oreja. Y Gregorio Sánchez, con la tarde embalada en apoteosis, bordó una de las faenas de
su vida hasta el punto de recibir como recompensa las orejas, el rabo y una pata del
ejemplar de Antonio Pérez de San Fernando, noveno de la tarde. Era el de Santa Olaya un
torero de estilo seco pero con una formidable mano izquierda, y fue el primero en ser
izado en hombros, salida triunfal compartida con sus compañeros de cartel.


Ordóñez corta una pata. Fue la de un astado de su ganadería –anunciado a nombre de su
esposa, Carmina González–, cuarto de la cuarta corrida. Faena redonda, de deleitoso
sabor, que enloqueció a la multitud y sembró la arena de sombreros. Sería premiada como
la mejor de la feria… y de muchas ferias. Naturalmente no le hicieron sombra ni el local
Manolo Segura, de pocos contratos y apuradillo con un lote difícil, ni el recién doctorado
Manolé –Julio Aparicio le había cedido muleta y espada en la apertura de la feria, una de
las dos corridas en cuyos carteles no figuró Ordóñez (30.07.61)–; este Manolé, a fuerza de
tesón, iba a desorejar al sexto, un manso de Carmina González castigado con banderillas
negras y sosote en el tercio final. Por cierto, fue Antonio quien solicitó a la autoridad la
penalización del astado que él mismo había criado en su finca jerezana.
Vino en seguida –3 de agosto, quinta de feria, cinco toros de Samuel Hermanos y uno de
Carmina González— una tarde de tres orejas para el rondeño y una por coleta para Pedro
Martínez “Pedrés” y Paco Camino. Al otro día, Antonio cuajó a plenitud a un excelente
toro del Conde de la Corte y le cortó el rabo; el primer espada era esa tarde Julio Aparicio,
que se alzó con un apéndice del cuarto condeso, yéndose en blanco por segunda vez
Santiago Martín “El Viti”, al que le estaba costando entrar en el gusto de los malagueños.
Final sin triunfo y con sangre. Para cerrar su hazaña de seis tardes consecutivas en la feria
de sus amores, Ordóñez eligió una corrida de Pablo Romero. Toros cuya raza los
desaconsejaba para los pipiolos del escalafón, de modo que con el de Ronda hicieron el
paseíllo los experimentados Pedrés y Gregorio Sánchez. Adelantemos que el único que
tocó pelo esa tarde fue el albaceteño Pedro Martínez, las dos orejas del quinto
plablorromero. A esas alturas Antonio Ordóñez estaba en manos del cuerpo médico de la
Malagueta, herido al estoquear al cuarto de la tarde, cuyo genio lo había traído a mal
traer, luego que tampoco consiguiera lucirse con el complicado abreplaza.


El parte facultativo de la cornada hablaba de una “herida contusa en la región escrotal,
que rompe septum y hernia ambos testículos, contusionándolos, así como el cordón
espermático, presentando una trayectoria hacia arriba que alcanza el peritoneo posterior.

Gran hematoma. Pronóstico grave.” No lo sería tanto, pues Antonio reaparecía sin
problemas el día 19, en San Sebastián.


Figura grande en dos tramos. Antonio Ordóñez se vistió de luces por primera vez en 1949.
Ya apuntaba desde el principio un corte de resonancias clásicas pero revestido de un
empaque muy personal. Tras su consagración novilleril en Las Ventas tomó la alternativa
de manos de Julio Aparicio (Madrid, 28.06.51: toro “Bravío”, de Galache). Despegó como
figura en el abril sevillano de 1952 para alcanzar su apogeo en la segunda mitad de dicha
década; muy castigado por los toros, su inesperada retirada del 18 de noviembre de 1962,
en Lima, lo mantuvo alejado de los ruedos hasta que a principios de 1965 decidió
reaparecer. Quienes lo seguían y le rendían culto aseguran que fue en ése y los tres años
siguientes cuando produjo sus obras más perfectas y acabadas, pero no es menos cierto
que la década del 70 lo tomó a contrapié, físicamente mermado y con el toreo copado por
la popularidad de El Cordobés y el apogeo de la tríada Puerta-Camino-Viti. Las secuelas de
una lesión de cervicales en la isidrada del 71 lo indujeron a quitarse de la circulación a
mitad de esa temporada, en San Sebastián (12.08.71). Una década después haría un
intento fallido por volver. El año anterior había toreado por última vez la goyesca de
Ronda mano a mano con su yerno Francisco Rivera “Paquirri” (09.09.80), festejo
consolidado hoy como infaltable tradición, y que Antonio continuaría organizando hasta

Se aproxima Bilbao y sus corridas generales

Mariano Cifuentes

Desde hace varios años en las fiestas de Bilbao, el espectáculo más tradicional y típico son sus » Corridas Generales «.

El nombre de » Corridas Generales » viene tomado desde allá, por el año 1.756, con motivo de la apertura de la iglesia de San Nicolás en el Arenal.

La historia comienza a principios del siglo XIX con lo que se ha dado en llamar la plaza vieja, y es que la plaza que existe en los lugares hoy ocupados por el Mercado de la Ribera, junto a la ría, se convertía en coso taurino. El redondel se hacía con barrotes de hierro hincados en el suelo y enlazados entre sí, fuertemente trabados para soportar las embestidas de las reses bravas, se complementaba con seguros andamiajes de tablas para formar los tendidos. La Casa Consistorial, al lado de la iglesia de San Antón, prestaba sus balcones como palco, donde se acomodaba la gente distinguida y las autoridades.

Acudían no solamente de Bilbao, de Erandio, Deusto y Abando, que iban por la ría en sus botes y lanchas adornadas con ramos y bandoleras.

Esta plaza se demolió y desapareció en 1.848.

Después, la plaza de la Concordia tuvo una corta duración, la segunda motivada por la creciente expansión de Bilbao que produjó el derribo de la anterior. Se hizo de madera por la zona de atrás de las calles de Elcano, Fernández del Campo y Hurtado de Amézaga, allá por el año 1.865 en su inauguración intervinieron Antonio Carmona » El Gordito » y Cayetano Sanz, todo esto en su primera época.

En la segunda época de esta, de la Quinta Parroquia, también conocida por plaza de toros de Abando, se construyó de nuevo en 1.870, ya con muros de obra hasta la altura de los palcos. Duró 18 años.

Merece mención un toro célebre lidiado en dicha plaza el 22 de agosto de 1.870, » Amapolo «, retinto de Pérez de la Concha, ( Santa Coloma ) que llegó a tomar veintisiete varas con toda pujanza y mató ocho caballos.

La plaza de Indauchu, con capacidad para 8.500 espectadores. Fue construida por el ganadero Marqués de Villagodio en terrenos hoy ocupados por edificaciones entre las calles de Alameda de Urquijo y Particular de Indauchu.

En 1.881 se constituyó una comisión gestora para la construcción de una nueva plaza. El periodidta Eladio de Lezama, director de la » Unión Vasco Navarra » lanzó y propagó la idea con el lema de : «En nombre de la caridad » y el procedimiento para su financiación sería por medio de acciones.

Luego una vez amortizado el capital, pasaría a ser propiedad de la Casa de Misericordia.

El pueblo bilbaino colaboró tan eficazmente que en seguida se formó la Comisión Gestora.

Adquirieron 240.000 pies de terreno y carretera y pagaron 37.500 pesetas. Las obras dirigidas por el arquitecto bilbaíno Sabino Goicoechea.

Se inauguró el 13 de Agosto de 1.882 con toros de Pérez de la Concha, de nombre » Casaillo » el primer capotazo lo dio Manuel Mejias » Bienvenida » y la primera vara la puso Bertolesi, perdiendo el caballo, las primeras banderillas, a cargo de Rafael Guerra » Llaverito «.

El viejo coso taurino de Vista Alegre tenía una altura de tres pisos, un aforo capaz para 12.300 espectadores y siete chiqueron con corrales cubiertos.

Por su albero pasaron grandes figuras, desde Lagartijo, Joselito, Belmonte, Cocherito, Mazzantini, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Carlos Arruza, Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordoñez, El Cordobés, Diego Puerta y Paco Camino.

En el año 1.943 fue empresa el grupo Club Cocherito, después la llevarón la Nueva Plaza de Toros de Madrid, S.A. y en 1.956 pasó a manos de Martínez Elizondo » Chopera «.

Pero en la madrugada del 4 al 5 de septiembre de 1.961 se acabó la primera parte de la historia.

Un voraz incendio ( por cortacircuito o colilla encendida ) que prendió en la madera vieja de una grada y destruyó totalmente aquel coso de Vista Alegre.

Por la tarde del 4 de septiembre se había celebrado una novillada con Chacarte, Montilla y El Cordobés, con novillos de Antonio Pérez de San Fernando.

Se reconstruyó en la obra, se lanzó todo Bilbao y en un tiempo récord nueve meses, se inauguró con Antonio Ordoñez, César Girón y Chacarte.

Al día siguiente actuaron Diego Puerta, Paco Camino y Mondeño.

La inauguración la presidió el alcalde de Bilbao, don Lorenzo Hurtado, actuando de asesor el exmatador de toros Martín Agüero. Fue organizada por la Junta Administrativa, con la colaboración del empresario Pablo Martínez Elizondo, y sus ingresos se destinaron a baneficio del Hospital y de la Casa de Misericordia.

Y desde entonces, hasta la fecha la plaza de toros de Bilbao celebra todos los años en agosto sus » Corridas Generales «.

El Club Cocherito de Bilbao, uno de los círculos más prestigiosos de España, organiza coloquios durante las » Corridas Generales «, así como en el Hotel Ercilla.

En el interior de la plaza de Vista Alegre de Bilbao, se encuentra un monumento al extraordinario estoqueador bilbaíno, Martín Agüero.

Esperemos que en esta temporada 2.012, que no acaba de despegar por el problema ganadero, Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona, y que en Bilbao podamos disfrutar presenciando unas » Corridas Generales » donde los toros tengan bravura con fuerza, que por desgracia tanto escasea en estos momentos en las ganaderías, y que reaparezca en Bilbao la » movilidad » para el bien de la fiesta y sobre todo del aficionado y que de una vez por todas nos olvidemos de la » mansedumbre » .

El cierre de la plaza México y el retiro de El Juli en la pluma de Alcalino

Corre el tiempo, y también –marchas y contramarchas al margen—la posibilidad de que el
cierre de la Plaza México se convierta en un hecho irreversible y definitivo, dada la
pasividad de las presuntas partes interesadas, que teóricamente debieran empezar por la
empresa –¿existe todavía?—y contar con un elemento de rebeldía esencial en los
profesionales de la tauromaquia –aunque nada quede de los otrora poderosos sindicatos
de toreros, reducidos a cenizas por años y años de indiferencia propia y socavamiento
empresarial–, por no hablar de esos taurinos cuya influencia en la esfera política podría
ser decisiva pero que prefieren limitarse a viajar cada primavera a Sevilla y Madrid antes
que intentar el rescate de lo poco que va quedando de la fiesta brava en nuestro país.
Boicoteadores. Recuerdo una conversación sostenida con el licenciado Julio Téllez García
a la que en su momento no concedí la importancia que sin duda tenía. Recordaba el
destacado y muy estimado excronista del Canal 11 que, cuando le tocó presidir la
Comisión Taurina del DF –también extinta–, bajo el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas
Solórzano, primer gobernante democráticamente electo en la capital del país, acordaron
entre ambos gestionar la incorporación de la Plaza México al patrimonio monumental de
la ciudad como una medida de protección al histórico inmueble y, al mismo tiempo, a la
continuidad de la cultura taurina. Y cómo fue que sus intenciones se estrellaron en el
muro infranqueable de unos intereses encabezados por el propietario del coso y
apuntalados por una nube de abogados de renombre y representantes de empresas
dedicadas a la construcción, entre las cuales se contaba la de un ganadero famoso, sin
perjuicio de que entre unos y otros –leguleyos y constructores— existieran algunos
“grandes aficionados”, y varios tenedores de derechos de apartado en la México muy
notorios e influyentes.


Conviene recordar que Cuauhtémoc Cárdenas, además de figura fundamental de la
izquierda mexicana, es muy aficionado a los toros y hasta fue incipiente ganadero;

también que, al contrario de lo que ocurre en España, las embestidas más fuertes y
directas contra la tauromaquia han provenido en México de políticos de derecha, tanto en
Coahuila, Quintana Roo, Veracruz y Puebla como en la CDMX. Y que en ésta última surgió
hace poco más de una década lo que se conoce como cártel inmobiliario, es decir, un
conjunto de hacedores de rascacielos y superficies comerciales brotados de la nada, en
colusión con autoridades de delegaciones casualmente dominadas por políticos del ala
conservadora, cártel que, en alguna medida, continúa activo a la fecha. Respaldan tales
pactos, inmersos en la ilegalidad y lesivos para los habitantes de la capital, enormes sumas
de dinero opaco, al amparo de una intrincada red de influencias muy difícil de desmontar.
Y es evidente que, por más que el actual gobierno capitalino ha intentado frenarlos,
cuentan con el decidido apoyo del intocable poder judicial, el mismo que se apresuró a
respaldar oficialmente el amparo interpuesto contra la Plaza México por una entidad
hasta entonces desconocida y cuya autodenominación es en sí un grosero pleonasmo
–Justicia Justa–, tan absurdo como la rauda intervención en su favor de la judicatura,
seguida del silencio cómplice de esas presuntas partes interesadas aludidas con
anterioridad.


De ahí las fundadas sospechas de que algo muy turbio podría estarse cocinando entre el
tenebroso cártel inmobiliario, sus jueces de alquiler y la propiedad de nuestro bienamado
coso de Insurgentes, Y esas sospechas están ganando una triste certeza entre los
aficionados con cada día que pasa.


Carta de adiós de El Juli.

Veinticinco años de figura son muchos y, en consecuencia, El Juli
anuncia que se va. La carta con la noticia y sus motivos y agradecimientos, dada a conocer
en la semana, no perdona lugar común y derrocha corrección política. La trayectoria
taurina de Julián López Escobar responde punto por punto al estatus de figura en que el
madrileño se instaló antes incluso de tomar la alternativa (Nimes, 18.09.98). Y nadie
podría hablar de decadencia, puesto que El Juli está físicamente entero y taurinamente
maduro, resurgido tras la pandemia quizá más asentado, clarividente y dominador que
nunca. Pero también demasiado visto, según suele decirse en lenguaje taurino.
En principio, los motivos que aduce son tan razonables como atendibles. Y abrumadoras
las cifras que lo avalan: efectivamente, son más de cinco lustros sin abandonar, incluso de
novillero, la primera fila. De sensación juvenil a maestro consumado, Julián recorrió la
escala ascendente de la tauromaquia con paso firme y mano segura, e imponiendo
cotizaciones acordes con su elevada jerarquía. Un tema, este último, donde podría estar el
meollo de la inesperada decisión del torero de Velilla de San Antonio.
Es verdad que, a lo largo del camino, hubo alguien que puso más alto el listón de los
millones exigidos por torear, pero ese alguien –José Tomás—diseñó de manera tan
extraña e intermitente sus apariciones que, en conjunto, lo que cobró El Juli como figura
eje de la fiesta no lo cobraba nadie. Incluso, poco antes de desatada la pandemia, ese
hecho provocó el alejamiento por inconformidad de dos diestros que se consideraban con

iguales o mayores merecimientos que él sin que sus honorarios lo reflejaran. Optaron,
entonces, por castigar a las empresas con sendas retiradas estratégicas, aunque Andrés
Roca Rey, a diferencia de Alejandro Talavante, simplemente alegó una lesión muscular
crónica para dejarlas con un palmo de narices por el resto de 2018, sabedor de que era el
único llenaplazas de la baraja y, en justicia, le correspondería la bolsa más generosa.
A partir de 2022, con Roca Rey al tope de las cotizaciones del mercado, seguido de cerca
por Talavante –por más que éste no lo esté justificando–, El Juli siguió dando lecciones de
tauromaquia pero ya sin la repercusión de sus años dorados. Hoy son otros nombres
–Roca Rey a la cabeza– los que reclaman la atención de los públicos. Entre los viejos,
nadie le hace sombra a Morante de la Puebla, en la cúspide de su inmenso potencial
artístico; las novedades, jóvenes o no tanto, acusan inconsistencias y los hay francamente
inflados, excepción hecha del magistral e infravalorado Daniel Luque, que está hecho un
torerazo. Mientras los mexicanos que claramente podrían entrar en la lista son
mantenidos al margen por el sistema.


El caso es que, entre unas y otras, se ha configurado un contexto en el que El Juli no se
siente nada cómodo porque perdió cartel e importancia. Y como es un hombre
inteligente, ha decidido abrir un paréntesis que aprovechará, explicaba en su carta, para
experimentar un relajamiento que no ha conocido y disfrutar de la vida en familia.
Bien merecido lo tiene. Y seguramente no dejará de otear un panorama del que, al
finalizar la actual temporada, se habrá sustraído voluntariamente. Por si algún día le
apetece volver.

Cuando se rompió el convenio taurino mexicano-español

Historia de un cartel POR HORACIO REIBA “ALCALINO”

Ocho años duró la suspensión del intercambio de toreros entre México y España, de
finales de los años 30 a casi la mitad de la siguiente década. En ese largo ínterin, la torería
nuestra alcanzó su mayor esplendor, mientras una cruenta guerra civil destrozaba a
España y, de entre los escombros, surgía “Manolete”, en primerísimo lugar, así como otros
toreros tan considerables como Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida. Marcial Lalanda,
artífice del boicot de 1936, se despedía en 1942, y Domingo Ortega, sin perder un ápice de
su personalidad, veía cómo su toreo recio y dominador desmerecía ante los utreros
sobrevivientes a una contienda fratricida que acabó con muchas ganaderías.


En 1944, la empresa de El Toreo, operada por Antonio Algara con Maximino Ávila
Camacho como poder tras del trono, decidió que era tiempo de promover el regreso de
los españoles. Y voluntarioso como era, el hermano del presidente de la república y
exgobernador de Puebla despachó a Algara a España con la encomienda de negociar lo
que fuera necesario. La fórmula propuesta consistía en una reparación: que el intercambio
se reanudara con la vuelta de los mexicanos a las plazas de donde se les había expulsado,
en justo anticipo del retorno a México de diestros españoles. Así se llegó a la firma del
primer Convenio entre los sindicatos taurinos de ambos países; la contraparte ibera se
aseguró en él de que sólo viajaran a la península espadas aztecas con un mínimo de tres
contratos en la bolsa, limitante que no existía en los tiempos del boicot del miedo. Sólo
restaba elegir al mexicano que sellaría, en la plaza de Las Ventas, el anhelado concordato.
Cómo y por qué Arruza. Carlos Ruiz-Arruza Camino (México DF, 17.02.1920-La Marquesa,
20.05.1966), hijo de españoles pero mexicanísimo en su trato, sus costumbres y su toreo,
se encontraba en Lisboa cuando le avisaron, con pocos días de anticipación, que era el

elegido para participar en la corrida madrileña del martes 18 de julio de 1944. Entre los
nombres que se habían barajado quedaron dos finalistas: Fermín Rivera y el propio Carlos.
Y Algara le indicó a la empresa que Arruza era el más afín, incluso por su origen criollo, a
los gustos del aficionado hispano. Así fue como entró en el histórico cartel.


Mucho se ha escrito –y Carlos Arruza lo recordaría siempre—acerca de las vicisitudes de
su apresurado viaje desde Portugal, la demora para que el sastre al que acudió terminara
su vestido de torear –al grado que se estaba enfundado en una taleguilla prestada por el
mismísimo Manolete cuando llegó al hotel el terno celeste y oro con el que partiría plaza
hora y media después—, y también sobre sus temores a ser violentado, dentro o fuera del
coso, por toreros españoles contrarios a la firma del Convenio. Nada de esto sucedió y,
por el contrario, una prolongada ovación saludó la presencia del cavaleiro portugués
Simao da Veiga y las cuadrillas encabezadas por el caraqueño-sevillano Antonio
Bienvenida, el mexicano Carlos Arruza y el toledano Emiliano de la Casa “Morenito de
Talavera”. Los toros salmantinos de Vicente Muriel pesaron entre 415 y 482 kilos en pie:
una corrida ni más chica ni más grande que las que se acostumbraba lidiar por entonces.
Simao, de largo magisterio como rejoneador, fue muy ovacionado al abrir plaza. El sobrio
y elegante Bienvenida dio vuelta al ruedo en sus dos toros. Morenito de Talavera no pasó
de discreto. Y el desconocido mexicano ofreció un concierto banderillero de tal magnitud
que la plaza era un frenético tremolar de pañuelos durante el segundo tercio del cuarto de
la tarde, algo jamás visto ni repetido en Madrid; los cuatro pares de su antológico recital
banderillero precedieron a una faena de gran emotividad, por su entrega y torerismo, que
se premió con las dos orejas. Y, al final, con una tumultuosa salida en hombros.


Impresiones y recuerdos. En sus memorias, aparecidas en la revista mexicana Tiempo
–dirigida por el gran escritor Martín Luis Guzmán, que había sido escribano de Pancho
Villa—Arruza refiere con sencillez sus sensaciones del día del debut. Señala que, excepto
en banderillas, se sintió incómodo y nervioso con el toro de la confirmación, bronco y
huidizo; y que con el cuarto, luego del formidable escándalo del segundo tercio, anduvo
como entre nubes hasta que se vio con las orejas del toro en las manos, entre el
entusiasmo del público y la euforia incontenible de los suyos.


Ahora bien, ¿cómo vio la crítica hispana su debut?


“Giraldillo” (Manuel Sánchez del Arco) “Cuarto- Chorreao en verdugo. Arruza da unos
lances, parando en la ejecución. Cuatro varas con una caída (…) Arruza torea con el capote
a la espalda. Antonio por chicuelinas y Morenito a la verónica (…) Ovaciones a los tres. De
nuevo toma las banderillas el mejicano (sic). Dos pares, llegando a la cara de manera
sencillamente formidable. Los palos quedan en las péndolas. (Ovaciones). Cuarteó otro,

monumental, y previo permiso, pone un par más reuniéndose con el toro de manera
fantástica… la gente comienza a pedir la oreja. Arruza brinda a sus compañeros, Antonio
y Morenito. Cinco pases con la izquierda, ajustándose mucho. (Olés). Sigue toreando al
natural, y hay unos pases de pecho de gran valor. En cuanto el toro se cuadra, entra muy
recto y mete todo el estoque, saliendo rebotado. El toro rueda sin puntilla. (Ovación muy
grande, vuelta al ruedo, entusiasmo y oreja) (…) El público madrileño le ovacionó
clamorosamente lo mucho que hizo como banderillero, lo que mejor le hemos visto. Llega y
cuadra con arrojo y elegancia. Muleteo bien, valeroso, aunque sin la plasticidad de la
moderna escuela española, tan depurada y excelsa, y mató con seguridad (…) En suma, un
gran torero, que nos mostró que en México vive la fiesta española, vida que es continuidad
de la nuestra…”


Peso de los toros: 415, 416, 420, 482, 481 y 436 kilos. (ABC, 19 de julio de 1944)
“K-Hito” (Ricardo García). “Los que hemos seguido paso a paso la evolución de la fiesta en
los países hispanoamericanos, singularmente en México, donde el toreo ha logrado un
esplendor magnífico, esperábamos el éxito de Carlos Arruza y sabíamos que es un torero
largo y florido, un rehiletero asombroso, un lidiador con la muleta eficaz y valiente y un
estoqueador fácil y seguro.


Durante los ocho años sin intercambio entre toreros mexicanos y españoles, se ha operado
aquí una verdadera revolución en la lidia de reses bravas. Es un afán de depuración y, en
un sentido loable, de superación, donde se ha desarrollado, cabe decir, el culto al pase
natural. Se torea casi exclusivamente al natural y se cuentan los milímetros que separan el
cuerpo del torero del pitón del toro. Arte parsimonioso, rítmico, que ha ganado en calidad
lo que ha perdido en cantidad. Esta escuela, que puede llamarse cordobesa, la
consideramos la quintaesencia del toreo.


Sería pretensión absurda tratar de situar a Carlos Arruza en esta escuela tan nuestra que
acaba de conocer. Arruza es nada menos que eso que hemos dicho. Y basta (…) Con ser
todo eso, con manejar el capote maravillosamente, con valerse bien de la muleta y con la
facilidad para matar a los toros por las agujas, donde radica su extraordinario mérito es en
la suerte de banderillas. Sólo el esfuerzo de Pepe Bienvenida nos hablaba aquí del segundo
tercio, que Arruza ha revalorizado ante el público de Madrid. Así, llegando y cuadrando,
levantando los brazos al clavar, banderilleaban Fuentes y Blanquito, Gaona y Facultades
(…) Los pares de Arruza, por su factura, por su precisión, fueron asombrosos.” (Dígame,
semanario. 23 de julio de 1944).


Puntos sobre las íes. Evidentemente, K-Hito presume de más: ¿que lo sabía todo sobre lo
que ocurría con el toreo en México, incluida nuestra ignorancia del “culto al pase natural”

operado en la península a partir de Manolete? ¡Como si no existieran Armilla, Garza y
Silverio, vaya! Ambos cronistas ponderan, eso sí, la grandeza de los segundos tercios de
Arruza al hacer su presentación en España. Pálido anuncio de lo que se venía, cuando la
crítica hispana en pleno no dudó en aclamar a Carlos de manera unánime.


Ah, y las fotografías lo muestran con las dos orejas del toro de su apoteosis y no
solamente con una, como lo reportaron algunas crónicas por quién sabe qué motivos.
Claves evolutivas de Arruza. Carlos y su hermano Manuel empezaron su andadura como
becerristas bajo la tutela de Samuel Solís, coetáneo y compañero de Rodolfo Gaona.
Manolo –nacido en Madrid y víctima, muy joven aún, de un accidente mortal—apuntaba
hacia un estilo de severidad castellana. Carlitos, en cambio, derrochaba alegría por los
cuatro costados. Pero no una alegría andaluza, sino la pícara del capitalino amiguero y
relajiento que fue, inquieto de temperamento, de despierta inteligencia y carácter tenaz.
Sobre esas pautas se fue desarrollando un torero dominador sin drama, con arrebatos de
risueña valentía. Así era cuando “Armillita” le dio la alternativa (Toreo, 01.12.40) y por ahí
continuó durante las temporadas siguientes, de triunfos frecuentes pero discretos, pues
aún carecía de un sello rotundamente propio que lo equiparara con las figuras señeras de
la época de oro.


Arruza y Manolete. Y entonces vio torear a Manolete. Y nada menos que como alternante
suyo (Lisboa, 04.06.44). Quedó Carlos profundamente impresionado con el estilo del
cordobés: “O invado sus terrenos o no tengo nada que hacer aquí”. Y en cuanto pudo dio
ese paso adelante –pero cruzándose, no enhilado como Manuel Rodríguez—que no sólo
electrizó a los públicos sino lo distinguió del Monstruo y le permitió competir con él al tú
por tú. De paso indujo a un errático José María Cossío a llamar “toreo deportivo” a aquel
arrebato a la mexicana –basado en su poderío natural, una audacia jovial y una
irrefrenable pasión de mando— que la crítica tardó en captar pero la afición española
notó y aceptó de inmediato. Algo de eso está ya reflejado en los textos repasados, pero
sin que avizoraran en absoluto las 108 corridas que alcanzaría a sumar en 1945.
La madurez del Arruza inmortal –poderoso, largo, emotivo, alegre y
personalísimo—llegaría con el tiempo, hasta culminar a principios de la década del 50. De
sus andanzas finales, a caballo y a pie –que fue como lo conocí y me maravilló, en pleno
auge de El Cordobés y el cordobesismo—ya habrá ocasión de platicar en la historia del
cartel correspondiente.

Alcalino. Entre México, Francia y San Isidro

En México, la fiesta brava encontró una acogida que no tuvo en ningún otro país fuera de España. Indígenas y mestizos se engancharon al misterio del toro que acomete y pelea, que mata y muere, con una fascinación que se dilató jubilosa y dramáticamente por cerca de cinco siglos. Pero si miramos el presente podríamos decir que ese impulso, ese fuego, esa fascinación, están por agotarse. Inútil seguir buscando culpables: todos los conocemos. Los enamoramientos duran lo que duran. El resto es historia.

Lo digo porque la clausura de la Plaza México parece un hecho consumado. Como si todo lo que viene ocurriendo formara parte del cálculo fatal de propietarios insensibles más la defección a la carta de una empresa esfumada. Muy propio de los tiempos que corren y el veneno activísimo de sus contravalores, que de sobra sabemos ponen el interés material por encima de los afectos, arrojan tierra sobre las tradiciones, traicionan lo entrañable a cambio de lo medible, aprovechable, explotable. En una época así, la tauromaquia –entraña del pueblo, mito y rito centenarios, misterio que pugna por revelarse tarde a tarde—no parece cumplir ya ningún papel para el mexicano común, poco importa si es hijo o nieto o descendiente directo o indirecto de aquellas y aquellos que cambiarían el cielo por un boleto de toros, por un quite de Pepe Ortiz o El Calesero, por una faena de Gaona o de Armilla o de Garza o de Silverio o de Procuna o de Huerta o de Manolo o de David. O acaso de Belmonte, Chicuelo, Cagancho, Manolete, Camino, El Capea…

Pasa el tiempo. Pesa su tiempo. Cambió el mundo. Las redes sociales seducen tanto como embrutecen. La tauromaquia mexicana, con su centro neurálgico clausurado, languidece de golpe. Nos queda el refugio –¿provisional? ¿duradero?— de ciertas plazas y regiones esparcidas por el país: la ganadera Tlaxcala, el cinturón Jalisco-Aguascalientes-Zacatecas que atraviesa el Bajío, la fértil península de Yucatán… Si se perdió dos veces El Toreo –primero en la Condesa, luego en Cuatro Caminos–, hoy la Monumental pareciera estar en la mira. Un monumento al vacío. Un agujero negro cuya capacidad de succión esperemos no termine por suprimir la tauromaquia del resto de este país que tanto la amó.

¿La Francia de América? Nuestra situación actual me remite a la patria de los galos y su tauromaquia, de boyante desarrollo en el sur, conforme tradición y ley mandan, ausente del resto de su geografía nacional, históricamente ajeno a la corrida. Se me dirá que no deja de ser forzada la comparación. Que si atendemos a la fuerza de la historia México ha sido el segundo país taurino del mundo, solamente precedido por España, en tanto la Francia amante de la corrida solamente ha florecido de verdad en los decenios más recientes, a niveles, eso sí, equiparables a los de las mejores ferias españolas. Y es justamente en este punto donde el curso de la historia se tuerce.

¿Qué haría falta para, por lo menos, poder comparar cualitativamente nuestra disminuida tauromaquia actual a la del sur de Francia con sus 59 orgullosos municipios taurinos?

El toro, factor decisivo. Evidentemente sigue habiendo aquí más plazas de toros y más festejos taurinos que en la patria de Ásterix. Otra cosa es que la Fiesta esté allá al alza y en nuestro país a la baja. Que en Francia se consolide y gane público, solidez y prestigio lo que aquí languidece a ojos vistas. Pero tampoco es tan compleja la respuesta. Basta con no perderle la cara al toro.

Porque es en el toro –eje y rey de la Fiesta, única razón de ser del arte de torear— donde radica el núcleo de la cuestión. Sin su ardiente bravura, la sensación de riesgo connatural al toreo se pierde. Los abusos que redujeron el toro nuestro a su mínima expresión hasta caer en el nefasto post toro de lidia mexicano son la mejor explicación del alejamiento de la gente de nuestras plazas. Con el vacío mediático consiguiente. Frente a esa realidad, la lluvia de arbitrarias decisiones judiciales en contra de la Fiesta pudieran portar la puntilla.

Autorregulación sin freno. La dejadez cómplice de las autoridades hizo el resto. Al desentenderse del reglamento se abrió paso a una autorregulación a la mexicana. Es decir, a que empresarios, ganaderos y apoderados procedieran según su capricho y conveniencia. Humana tendencia que en el país galo topa con un respeto riguroso al reglamento –es decir, a la integridad del toro, a la seriedad del espectáculo– aún en las poblaciones más pequeñas. De modo que contando México con más cosos y festejos que Francia, no hay aquí ninguna plaza de la categoría de las de Nimes o Arles, ni ferias tan cabales como las de Dax, Bayona, Beziers, Mont de Marsan, ni torazos como los de Vic-Fesenzac, ni capillas de culto como Istres. Yo no recuerdo que los veterinarios mexicanos hayan rechazado alguna corrida por falta de trapío en, digamos, Aguascalientes. Eso solamente solía ocurrir en Guadalajara, pero tras el parón por la pandemia parece que también ha alcanzado al Nuevo Progreso la pachanguera manga ancha.

En el pasado, la tauromaquia de México, sus actores y factores activos, su fiel afición, consiguieron salir de todo tipo de baches, que los hubo profundos. La pregunta es si hoy mismo, tras el durísimo golpe que supone una Monumental México cerrada y en el abandono, estamos preparados para superar una prueba que se presenta mucho más dura que todas las anteriores.

Para lograrlo, otra debiera ser la actitud de todos nosotros, e indispensable la pronta formulación de un plan de acción bien coordinado que avance sin desvíos ni mezquindades en una misma dirección. Para que sean hechos tangibles y certeros los que hablen de nuestro amor por la Fiesta y la rescaten del ominoso silencio que la envuelve.

San Isidro: lo mejor llegó al final. Entró la feria en su última semana sin que los continuos llenos encontraran plena justificación en el ruedo de Las Ventas, sacudido por inclementes ráfagas de viento y, de últimas, por inmisericordes jarreos celestiales. Y en eso llegó el Toro. Así, con mayúsculas. Porque ejemplares sueltos de buena nota los había habido, si bien a cuentagotas, pero no el torrente de bravura que aportaron las divisas de Santiago Domecq y Victorino Martín para dar a los festejos del 31 de mayo y el 4 de junio un realce extraordinario. Como sabemos, en el cartel del miércoles 31 figuraba Arturo Saldívar, le correspondió lo menos bueno de la encastada corrida de Santiago Domecq y él se mantuvo sin desmayo y con torería en la línea de fuego delante de un público frío y unos aceros mellados. Ese día hubo un quinto, “Contento”, capaz de llenar de felicidad a los añorantes de la bravura con clase y el celo con nobleza, y de paso a Fernando Adrián, que sin estar a la altura de semejante maravilla –es torero de pocos contratos—le plantó cara de verdad y le tumbó la oreja; y como ya tenía en la espuerta la del estupendo segundo, conquistó la puerta de Madrid (para “Contento” hubo justísima vuelta al ruedo en el arrastre). Esa tarde el mejor toreo lo trazó la atinada y afinada zurda de Álvaro Lorenzo que a esas alturas ya llevaba la cornada de doble trayectoria que le infligió el cierraplaza, otro magnífico ejemplar de Santiago Domecq.

Viendo el juego que daban los victorinos que cerraron feria –trapío irreprochable, los matices más variados de la casta brava al servicio de la emoción y del toreo—soñamos con lo que podrían haberles hecho El Juli, Perera o Luque. No es que estuvieran mal Paco Ureña –valientísimo con lo duro del reparto, cogido repetidamente, orejeada su sentida versión en el buen tercero—ni Emilio de Justo, que se llevó un lote de ensueño y tuvo la pena de ver cómo arrastraban a los tres con las orejas en su sitio, culpa en parte del viento y en parte de sus propias irregularidades. Si tercero y sexto fueron excelentes, el cuarto, “Boliviano”, podría figurar en el cuadro de honor de cualesquiera feria o ganadería.

Paradójicamente, la tarde que en lo personal me reconcilió con la isidrada fue la del jueves 1. A pesar de la empapada que deparó el cielo a los presentes –enésimo lleno de No hay billetes—y de la mansada de Alcurrucén, con la relativa excepción del casi cubeto quinto, el noble “Rompe-Plaza”; el caso es que pudimos saborear unos asolerados detalles de Urdiales, que si nos había embrujado con un quite por verónicas en su tarde anterior, esta vez alcanzó a bocetar algunos redondos deliciosos al enorme y renqueante castaño que abrió plaza. Y presenciar el reencuentro de Talavante con su yo más personal e imaginativo. Y, sobre todo, confirmar el potencial de un Daniel Luque cuya suficiencia lidiadora, envuelta en señorío y callado valor, fue capaz de extraer toreo caro de embestidas moruchonas a lo largo de la tarde. Tarde sin trofeos sencillamente porque al presidente no le dio la gana atender las húmedas y por lo tanto amortiguadas peticiones.

Plaza voluble. Madrid mantiene incólume su cetro como catedral del toreo pero sus reacciones siguen siendo poco de fiar. Su cónclave, lo sabemos de sobra, combina a discreción humores y prejuicios, días buenos y días malos. Lo grave es que quienes se suponen guardianes celosos de la verdad –la presidencia y el “7”— parecen empeñados en demostrar lo mal aficionados que pueden llegar a ser. Lo mismo regalando orejas y puertas grandes facilonas que estropeando faenas con sus demandas estentóreas o negándose al disfrute y aprecio de lo valioso más por necedad dogmática que por otra cosa.

Ayer, en la corrida en memoria de Yiyo, Roca Rey los puso en su lugar. El presidente se vengó negándole la oreja que le hubiera abierto por cuarta vez la puerta de Madrid.

Subalternos. El desempeño de las cuadrillas, sobre todo en la brega, pasa por una de sus mejores épocas. Pero no todo es miel: a lo largo de la feria, las aclamaciones mayores han sido para picadores que no pican –aflojar o levantar la puya es ya una práctica recurrente–; además, que la mayoría las banderillas caigan traseras es indicio claro de que fueron puestas a cabeza pasada.

Alcalino. San Isidro y los toreros de México.-

Claro que celebramos muy de veras el triunfo de Leo Valadez el domingo 21 en Las Ventas. Pudo ser de puerta grande y sólo la eventualidad de una lesión en los cuartos traseros de su segundo toro de Fuente Ymbro durante el tercio de banderillas anuló esa posibilidad, que el público madrileño estaba deseando después de aclamar al hidrocálido en aquel quite estrujante por zapopinas. Tenía ya en la bolsa la oreja de “Trasmallo” –casi 600 kilos de bravura y buen son–, una de las más caras del actual ciclo isidril e, impetuoso, torerísimo, iba por más cuando el azar se cruzó en su camino y determinó lo contrario.

También lamentamos la escasa suerte de Isaac Fonseca –digno y entregado en su confirmación de alternativa—y el que Octavio García haya topado con par de morlacos de imposible lucimiento por lo sosos y aplomados (visto el diseño del cartel esto podía darse por descontado). Queda pendiente para este miércoles 31 la reaparición madrileña de Arturo Saldívar,  que también jugará sus bazas a una sola tarde. Veremos y diremos.

Lo indudable es que la presencia de diestros aztecas en la cartelería isidril mantiene de cara al público cierto carácter exótico cuyo fondo real es el ninguneo de un país que, quiérase o no, ha marcado profundamente la historia universal de la tauromaquia. Esto, que venimos señalando reiteradamente, merece ser desglosado con cierto detalle.

En el principio no era así. El primer mexicanoque se apersonó en San Isidro fue otro hidrocálido, Rafael Rodríguez, y, por lo pronto, desorejó al toro de su confirmación, “Guitarrero” de Felipe Bartolomé; la terna era de lujo, con los sevillanos Pepe Luis Vázquez y Manolo González; Rafael repitió a los pocos días, lejos de esta incómoda actualidad en la que los nuestros han de jugarse todo a una carta en carteles de segunda. Al año siguiente, el tapatío Manuel Capetillo siguió la ruta marcada pro el Volcán de Aguascalientes –oreja en el de la confirmación–, y tanto él como Jesús Córdoba –que gustó enormidades pero nunca rebasó como premio las vueltas al ruedo por culpa de su incierta espada—figuraron, a dos por coleta, en ternas de primer nivel, con ganado de garantías y alternantes como Antonio Ordóñez, Julio Aparicio, Paco Muñoz y Martorell. Ese año, Juan Silveti, a una sola tarde, sería el primero en abrir la Puerta de Madrid luego de cobrar las dos orejas de uno de los cinco pavos de Pablo Romero que tuvo que despachar al resultar heridos Raúl Acha “Rovira” y Pablo Lozano. En pago, Silveti ya sólo intervendría en otra isidrada, la de 1954, con poca fortuna, pues de las siete orejas que sumó en Las Ventas la mayoría fueron en festejos celebrados antes o después de la feria. En la de 1953, por primera vez, un mexicano escrituró tres tardes: venía Jorge “El Ranchero” Aguilar de consagrarse figura en la última temporada grande en la México y Madrid quiso hacerle justicia, aunque el tlaxcalteca solamente alcanzó a dar una vuelta al ruedo. Ese año se vio a dos mexicanos en una misma terna –El Ranchero y Antonio Velázquez—al lado de Antonio Bienvenida, toros de Joaquín Buendía (17.05.53).

Como comprobación de que la empresa venteña contrataba a los mexicanos por méritos y no para abaratar sus carteles con una atracción exótica tenemos las tres corridas que en 1957 toreó José Ramón Tirado –venía de triunfar fuerte como novillero, de matador resultó un fiasco–; ese año, Córdoba volvió a fallar con la espada y José Huerta fue herido por un plablorromero y no pudo torear su segunda corrida contratada tras su confirmación del año anterior.

Paréntesis y reanudación. Por ruptura del Convenio saltamos de 1957 a 1962, año en que se reanudó el intercambio y participó Alfredo Leal en hasta tres festejos isidriles sin dejar huella; tampoco Capetillo vio la suya en par de ellos al año siguiente pese a que en su reaparición partió plaza al lado de Diego puerta y Paco Camino, primerísimas figuras; en cambio, el poblano Antonio campos “El Imposible” le buscó una bronca al presidente por negarle la oreja del de su confirmación de alternativa –“Aferrado” de Carlos Núñez, padrino Pedrés, testigo Andrés Vázquez–, y al repetir se llevó una apéndice del primer Bohórquez que le soltaron (15.05.63). En las dos novilladas en la feria figuraron mexicanos, el regiomontano Fernando de la Peña y el saltillense Oscar Realme. Dos corridas firmó Joselito Huerta en el 64 y en la segunda dio una gran tarde con los de Atanasio Fernández (vuelta con petición y meneo al juez, y oreja de su segundo), alternando con Litri y Camino, nada menos. Y otra más cortó, yéndoles por delante a Aparicio y Jaime Ostos en la sexta de 1965, al cerrar su doble participación en el último sanisidro de su vida. En el 64, la feria se había clausurado con la salida en hombros del novillero de Acapulco Antonio Sánchez, rebautizado allá como “Porteño”, autor de un faenón de dos orejas al sexto del Marqués de Albayda (30.05.64). Raúl García gustó sin cortar apéndices por culpa de la invalidez de los Galaches de su confirmación (26.05.66); no volvería a Madrid, aunque en esa única salida se dio el lujo de alternar con Paco Camino y El Cordobés.

Hasta aquí (1951-66), habían comparecido en San Isidro 11 matadores y cuatro novilleros mexicanos, cortando entre todos nueve orejas.

Somero vistazo a un San Isidro menor. Consumidas las dos terceras partes de la feria madrileña de este 2023, seguimos en espera del suceso que parta en dos la serie. Es verdad que hubo ya un par de puertas grandes, pero tan generosas ambas que poco prestigio habrán de agregar a la plaza de Las Ventas. Cosas interesantes por supuesto que las ha habido, pero nada realmente memorable.

El ganado. Sigo sosteniendo que el nivel de la cabaña española de bravo durante la segunda década del XXI ha sido quizá de los más altos de la historia si tomamos en cuenta el difícil equilibrio entre presencia, potencia, casta y clase; pero no es menos cierto que los efectos de la pandemia –incertidumbre generalizada, obligada reducción de gastos de manutención, disminución del personal a cargo, etcétera—se están notando en el toro más que en ningún otro renglón.

Se me dirá que este año hubo ya, entre Sevilla y Madrid, más toros de vuelta al ruedo que nunca; pero aun dejando de lado lo discutible del premio en más de un caso, casi siempre se trató de garbanzos de a libra, en tanto predominaban, dentro de la misma corrida, la debilidad y el descastamiento de sus hermanos de camada.

Escolar, Juan Pedro y poco más. De José Escolar (6ª de feria), hierro sistemáticamente eludido por las figuras, ha sido el toro más bravo de los vistos hasta ahora –“Cartelero”, premiado con la vuelta al ruedo—, dentro de un encierro con raza, cara y trapío. Le tocó a Gómez del Pilar, que torea poco y estuvo dispuesto y valiente pero lejos de las enormes posibilidades que brindaba el hermoso cárdeno de Escolar. Aún así le pidieron y dieron la oreja.

Juan Pedro Domecq (3ª), que tuviera en 2022 su anno horribilis, sorprendió con una corrida parejamente buena en todo sentido –incluso presencia y pitones—, pero el ventarrón que barría la arena impidió que pudiera verse y aprovecharse debidamente. Incluso el magistral Daniel Luque, que se fajó con los suyos sin importarle el descontrolado vaivén de los engaños, se vio imposibilitado de triunfar. Lástima de toros.

Tampoco malos los encierros de Justo Hernández (2ª)  y Jandilla (9ª). El primero incluyó a “Valentón”, superior por ambos pitones y premiado con la vuelta al ruedo, además de otro par de reses fijas y francas, el primero de Emilio de Justo –que luego le cortaría dos orejas excesivamente generosas a “Valentón”– y el del discutible apéndice a Tomás Rufo, un coloradito dócil y sencillo bautizado como “Cuarenta y Tres”.

Entre los jandillas se lleva la palma el cuarto, “Rociero”, al que Castella desorejó por partida doble tras emotiva faena, lastrada por el fuerte viento; tuvo posibilidades el lote de un Manzanares dedicado a tirar líneas, y resultó soso el de Pablo Aguado.

Por lo demás, sin que dejara de haber algunos toros sueltos de buena condición, predominó lo flojo, declinante y desentendido, más o menos como en Sevilla. Escaparon a ese patrón el bravo “Camillero”, de El Parralejo (5ª), perfectamente aprovechado por la poderosa y templada muleta de Miguel Ángel Perera hasta que cambió la espada y se puso a pinchar, luego de apadrinar la confirmación de Isaac Fonseca, que hizo más de lo que ameritaba lo peor del reparto. Buen toro también “Trasmallo”, el tercero de Fuente Ymbro (11ª), el de la oreja para Leo Valadez. El sexteto de Ricardo Gallardo, manso y todo con excepción de “Trasmallo”, transmitió, al menos, la sensación de riesgo inminente que debiera ser consustancial a la corrida. Buen toro también el quinto de Valdefresno (14ª) al que dio Emilio de Justo alguna tanda con la derecha bastante superior a las de su discutible puerta grande del 11 de mayo.

El resto, incluido lo demás de los hierros mencionados en el párrafo anterior, han constituido un decepcionante muestrario de mansedumbre en sus diversas variantes y acepciones, predominando la escasez de casta y fortaleza mostrada lo mismo por los santacolomas de La Quinta que abrieron feria que por casi todos los albaserradas de Adolfo Martín lidiados ayer. Y si en alguna esporádica faena recobró brillo el toreo, mayor responsabilidad que al toro le cabe al torero, llámese Román –con un fiero y geniudo torazo de Montalvo (13ª)—o Ginés Marín –con otro de la misma vacada, pero éste mortecino y desganado (4ª). No se salvan divisas de tanto renombre como Alcurrucén, Cuvillo o Victoriano del Río, ni otras que habían despertado esperanzas, como El Pilar (16ª), quizá la peor de todas a despecho del breve pero hermoso concierto capotero protagonizado por Diego Urdiales y Pablo Aguado.

Figuras como El Juli, Perera y Talavante –de nuevo en su sitio—han estado muy por encima de lo que les tocó lidiar. Pero eso y más será materia de nuestra próxima columna. Como asimismo el capítulo final del recuento histórico de los toreros de México en la feria de San Isidro.

Camino, Viti, Ostos, en la mirada de Alcalino

Todo mundo sabe que Paco Camino es el torero con más apéndices cortados en San Isidro desde que esta feria existe (40 orejas y diez puertas grandes, apenas dos menos que El Viti). Pero su mérito se acrecienta cuando recordamos lo mucho que se le resistió al sabio de Camas la plaza de Las Ventas  −que no había pisado de novillero −, su triple fracaso el año de la confirmación (1961, con cornada incluida) y el desdén con que se recibió su primera gran faena al año siguiente, con un toro de Antonio Pérez de San Fernando. 

A su isidrada decisiva, la del año 63, Camino llegó con la leyenda de una decena mágica en México (en sólo diez días de marzo vivió las apoteosis de Guadalajara, «Catrín» de Pastejé y los berrendos de Santo Domingo) y el contrapeso de su inesperado revés de Sevilla. En Madrid topó el 16 de mayo con un encierro imposible de APE, compartió triunfos de oreja por coleta con Diego Puerta y El Viti al día siguiente, e hizo su tercer paseíllo el sábado 18 al lado de Jaime Ostos y Santiago Martín para despachar una corrida de Galache

Ostos, encumbrado por su gran temporada anterior, se adentraba en su año más negro, como si la cornada que en un descuido le infligió el abreplaza fuese anticipo de la gravísima de Tarazona de Aragón (17 −07 −63); El Viti, por su parte, intentó oponerse a pura casta, dejando casi de lado su característica solemnidad, a un Paco Camino imparable, arrollador. 

Mas no por eso consiguió el torero de Camas rendir totalmente la otra plaza, la mediática. Don Antonio, en El Ruedo, y su tocayo Díaz-Cañabate en ABC, procedentes ambos del premanoletismo, sin atreverse a negar lo evidente deslizaron en sus crónicas de la corrida una especie de si-pero-no. Tuvo que ser un mexicano, el enviado del diario Novedades, quien, ajeno al revuelto ambiente taurino local, pusiera las cosas en claro para sus lectores de este lado del Atlántico.

Lo comprobamos en seguida. 

Don Antonio

«Apoteosis de Paco Camino. Una, dos, tres faenas exquisitas. ¿Este pase ha salido perfecto? Pues éste, mejor. Y éste, aún más depurado. Y éste, el colmo del refinamiento. Paco Camino esculpe el toreo. Y, como todos los escultores, necesita barro maleable, materia inerte, cera que mansamente se moldee entre sus dedos. Y su obra bellísima, inspirada, es perfecta como una estatua griega de mármol blanco. Pero a mí me gusta el arte barroco, el español, el que cuida más de la emoción que de la quintaesencia (…) Sin un tendido asustado, nunca habrá esa gran faena que a mí me emociona. 

Tres faenas portentosas de Paco Camino. Y el público, sentado. Olés de magnetofón. Aunque volasen a miles los pañuelos.» (El Ruedo, semanario. 23 de mayo de 1963)

Díaz-Cañabate

«El segundo, un borrego. Tres varas doblándosele las manitas (…) A la muleta de Camino no quiere ir (…) Pero éste no ceja. Se ha propuesto torearle. Y lo consigue de manera admirable a fuerza de tirar de él, de templarle, de llevarle con suavidad, con enorme habilidad, con arte. En una de sus porfías por lograr un pase de pecho el borrego le coge. No le hace nada. Camino sigue tan valiente y tan torero como antes (…) Entra a matar muy bien. Media estocada. Dos orejas.

(…) De ahora en adelante, lo confieso, me considero impotente para relatar, por lo menudo, lo que sucedió. Dos faenas de Camino y una de El Viti compuestas exclusivamente de naturales, redondos y de pecho (…) Faenas idénticas, sólo diferenciadas por el matiz de cada pase y de cada serie de pases. En Camino fue más acentuado que en El Viti el matiz del temple, de la profundidad, del mando, de la armonía de los pases. Sobre todo en el quinto, un buen toro que ayudó mucho al torero. Gran faena ésta. Sí, desde luego, gran faena. Todo perfecto. ¡Pero, Dios mío, siempre lo mismo! Naturales. Pecho. Redondos. Pecho. Redondos. Pecho. Naturales. Pecho. Perfectos. Pero también son perfectas las clásicas perdices, y a toda hora perdiz estraga el paladar (…) El sexto iba poco pero El Viti lo hizo ir (…) Pero… ¡Hombre, lo veo y no lo creo! ¡El Viti instrumentó un afarolado!¡Un rayito de sol en medio de tanta perfección incursa en monotonía! Media estocada. El toro atropella al buen banderillero Antonio Labrador «Pinturas», que pasa a la enfermería. El Viti corta una oreja.

Por la calle de Alcalá, el público va repitiendo ¡Colosal! ¡Enorme! ¡Seis orejas! Y yo me acordaba de un torero (Jaime Ostos) en lo alto de un pitón». (ABC, 19 de mayo de 1963)

La versión de Carlos León

«Tarde totalmente franciscana: por don Francisco Galache y por don Francisco Camino. Porque eso de seguir llamado Paquito al niño milagroso resulta un diminutivo inadecuado para un torero de tan grandes proporciones. A sus dos toros de la dehesa de Hernandinos les ha tumbado cuatro orejas. Y en otro más tuvo petición de apéndice y poco faltó para que lo cortara. Una tarde apoteósica, completísima (…)

Habrá quien piense, despectivamente: −Bueno, sí, un gran triunfo. Pero con Galaches −. Y es que a estos toros salmantinos hasta les dicen galachitos, como para restarles importancia, pues suelen ser unos bombones. Pero resulta que estos inocentes borreguitos han cogido a los tres toreros. A Jaime Ostos lo mandaron a la enfermería con dos cornadas grandes en el muslo izquierdo; a Camino lo han zarandeado horrorosamente; a El Viti, uno solo, le pegó cuatro volteretas; y el sexto, ya agonizante, cogió al banderillero Pinturas y le infligió una cornada grave en el instante final de la corrida. ¡Como para que vuelvan a hablar, desdeñosamente, de los galachitos!

Mala suerte la de Jaime (Ostos). Apenas se estaba reponiendo de dos graves cornadas, cuando ya se ha llevado otro par de ellas (…) Y éstas de ahora se las ha dado un bicho flojo de remos, al que casi no se le picó y sólo se le pusieron cuatro banderillas. ¡Ah!, pero aun sin gran fuerza tenía trapío, edad cumplida, 519 kilogramos y los pitones intactos (…) Cuando Ostos lo citaba para iniciar la faena, el toro volvió la cara y empezó a huir, como espantado, acobardado de pronto (…) Cuando se cansó de correr, el ecijano lo obligó a embestir y el toro se fue entregando. 

Ya era el matador quien imponía su mandato para empezar a ligar las series de naturales, garbosos, con la buena planta torera que luce en la arena. Así, varias tandas sobre la zurda. Pero, al rematar una de ellas, se alejó del toro sin darle importancia. Y acá no se puede hacer eso ni con reses con fama de bombones. Arrancó el bicho sobre Jaime y allá está, otra vez, fuera de combate (…) Aún se erigió, en plan heroico, para dar más naturales, cuando su propia sangre le escurría hasta la zapatilla. Entró a matar, ya sin fuerzas, hasta derrumbarse desmayado. Mientras Camino descabellaba, el público pedía la oreja (…) Les fue entregada a sus peones, para que dieran la vuelta al ruedo y recibieran la ovación tributada al infortunado torero de Écija.

«Hoy, El Viti fue otra cosa. Parece mentira que ese torero geométrico, arquitectónico, que apenas ayer trazó una obra maestra de precisión en este mismo ruedo diera hoy la impresión de ser un chalao que se echaba al bicho encima, torpe, engarrotado, codillero. Como cualquier mamarracho fue volteado cuatro veces (…) Con el sexto no tuvo más remedio que jugarse el físico, cuando ya Camino había hecho faenas excepcionales (…) Gracias a su honrada temeridad también fue orejeado.

Cuesta trabajo imaginar una actuación más redonda que la que ha cuajado don Francisco Camino. Se cansó de tanto cuento, de que se murmurara que sus éxitos en México eran una leyenda publicitaria (…) Fueron tres obras maestras del toreo caminista, tres faenas de alarido, de apoteosis (…) Me propuse anotar el número exacto de naturales que brotaron de su muleta mágica. Fueron ochenta y seis, en tres faenas. Se dice pronto (…) Y a esa cantidad agreguen ustedes la calidad de un artista de excepción, como es el genial diestro de Camas (…) Hubo un instante supremo: llevaba tan baja, tan lenta, tan arrastrada la muleta, que llegó un momento en que el toro se la pisó con las patas delanteras y se quedó frenado. Pero él no se movió. Se quedó allí, sembrado, sin irse de la cara del toro, en unos segundos angustiosos.

 El expectante silencio, el suspenso de la espera, dejaron al público sin aliento. Hasta que el toro, como asustado por aquella increíble audacia, movió las patas y el trapo quedó libre. Sin la menor enmienda, volvió a prender la embestida y consumó un natural –¡un sobrenatural!—como nunca se había visto (…) ¡Un asombro de torero! El pueblo, que no se engaña, lo alzó sobre sus hombros, como símbolo triunfal de que hay que izarlo por encima de todos». (Novedades, diario. 22 de mayo de 1963)      

Efectivamente, de ahí en más la comunión entre Madrid y el maestro de Camas fue un hecho inquebrantable. Cada mayo se le esperaba con plena convicción en sus excepcionales condiciones toreras, y rara vez tales expectativas quedaron defraudadas. Actualmente, la perfección técnica y estética, la proverbial exquisitez y la privilegiada cabeza torera de Paco Camino forman ya parte de la historia grande del toreo. Y después de acontecimientos tan extraordinarios como su encerrona en la Beneficencia del 4 de junio de 1970, o faenas como las de «Serranito» de Pablo Romero (29 −05 −71) o «Emplazado», el legendario sobrero de Jaral de la Mira (22 −05 −75), ni el más rancio y puntilloso de los cronistas se hubiera atrevido a ponerle peros a uno de los artistas de los ruedos más reconocidos y mejor dotados y recordados de todos los tiempos.

Alcalino pregunta : Qué nos está pasando a los taurinos . Recuerda el gesto de los novilleros que se encadenaron a las puertas de La Santamaría en Bogotá para reclamar sus derechos

Tenía listos mis comentarios a las clásicas ferias de abril en Sevilla y Aguascalientes cuando
volvió a suceder: las corridas de mayo en Puebla fueron canceladas de súbito por orden de
un juez de distrito que atendió solícito y presto a un amparo interpuesto contra la
tauromaquia por una de tantas ignotas organizaciones de antitaurinos, “agrupaciones”
casi siempre unipersonales o poco menos.


Ya sabemos que en tales casos la justificación de los juzgadores de turno, obsecuentes con
lo argumentado en la resolución confirmatoria del cierre de la Plaza México en junio
pasado, se basa en el “daño ecológico” causado a la inerme población en su conjunto por
los festejos taurinos, lo cual, entre todos los pretextos posibles, es sin duda el más
improbable y absurdo. Pero pídale usted sensatez y congruencia al brazo de la ley más
corrupto y corrompido de este país de corruptelas.


No abundaré en los elementos que mueven la campaña abolicionista, tantas veces
expuestos y desmenuzados en esta columna –la intolerancia, el supremacismo moral, la
censura, el reduccionismo, el integrismo, el pensamiento único anglosajón, el
oportunismo político, el falso ecologismo, el ensañamiento inquisitorial, la incultura y
fanatismo que campan en las redes sociales, etcétera–; si estas manifestaciones han
encontrado un óptimo caldo de cultivo en nuestro país se debe en gran parte a la
pasividad e inacción de los taurinos.


No estoy pensando, por supuesto, en el aficionado cuyo sano amor por la fiesta continúa
vivo, y que es quien verdaderamente sufre los embates de la taurofobia. Aunque no
quedan muchos así, que de haber tantos como antaño nuestros malquerientes, en vez de
atacar las corridas, estarían abrazado cualquier otra causa de moda, mientras más banal
mejor, incapaces como son de enfrentarse a las de trascendencia realmente preocupante,
ésas que tanto han afectado a miríadas de víctimas humanas y ambientales del Consenso
de Washington y su mercado global sin controles, en México y en el mundo.


No me refiero, decía, al aficionado de a pie. Me refiero a la gente influyente del mundo
del toro, empezando por las empresas afectadas –ahí están algunas de las mayores
fortunas del país–, y a las asociaciones de toreros y ganaderos que, supuestamente,
siguen en pie. Sin olvidar la hipocresía de los directores de medios que antaño vendían
muy bien sus secciones taurinas y hoy dirigen su atención y espacios a los antis. Y están,
por otro lado, aquellos personajes del mundo intelectual, político y social que siendo
taurófilos de toda la vida prefieren mirar hacia otra parte. Si ellos, los poderosos, no
reaccionan, lo único que nos queda a los demás es el derecho al pataleo.


¿Qué nos está pasando? Declaro mi asombro, en fin, ante la pasividad de quienes
tendrían que estar empeñados en defender nuestra fiesta con uñas y dientes. Extrañamos
aquí la firmeza de los taurinos franceses, que han elevado la calidad y seriedad de su fiesta
al nivel más alto, incluido su blindaje legal. O la de los novilleros colombianos que se encadenaron a las puertas de la plaza Santamaría de Bogotá en protesta contra la feroz campaña antitaurina, o los congresistas de ese país que, contra viento y marea, acaban de sacar adelante la continuidad de las corridas de toros. Prácticamente, no hay país taurino –Portugal, Ecuador, Perú…– donde al ataque directo o velado contra las corridas no haya encontrado respuesta enérgica de taurinos y aficionados, dentro de las posibilidades de cada cual.


La única excepción es México.


¿Qué haría falta? Uno esperaría que en estos tiempos de prueba se manifestara la
capacidad de indignación del aparato taurino nacional con todo el ruido necesario,
profusión de debates y mesas redondas aprovechando las facilidades tecnológicas
actuales, desplegados en los diarios, convocatorias a marchas, publicaciones y
conferencias sobre la riquísima historia y cultura de la fiesta brava en nuestro país. Y hasta
corridas de toros simuladas, con música y juez de plaza, alguaciles, monosabios y público,
como las organizadas por el imaginativo e inolvidable Jaime Rojas Palacios en las afueras
de la Monumental México durante el prolongado cierre de la misma de los años 1988-89.
Y que funcionaron como evocación, protesta y convivencia gozosa, todo a un tiempo.
Porque lo contrario, la parálisis y las lamentaciones sin la posibilidad de un plan coherente
que las respalde equivalen a rendir la plaza incluso antes de que nuestros adversarios nos
aniquilen de verdad. Sería una lástima desperdiciar todo un arsenal de buenas razones
–historia, tradición, arte, cultura, vida y muerte— en timorata apuesta por la resignación y
el olvido. De sobra se sabe que el repliegue, la inhibición y el silencio del agredido
envalentonan y le dan alas al agresor.


¡Vamos ahí…! Como el optimismo nunca debe perderse seguimos esperando la reacción
del medio taurino, su paso del enconchamiento a la indignación activa y a un proyecto que
se anticipe a las maniobras d ellos antis. Lo contrario, la resignación y la parálisis –o las
reacciones apresuradas y fallidas–, sólo servirían para demostrar que los taurinos de este
país no se merecen la grandeza del toreo. Que ni entienden ni distinguen ni sienten ya la
fuerza cósmica, épica y poética que emana de obras como las recientes de Morante de la
Puebla, Andrés Roca Rey, Joselito Adame, Daniel Luque, Manuel Escribano, Arturo Saldívar
o Diego San Román, posibilitadas por el misterio telúrico de la bravura.
Es decir, la casta brava, la sobrecogedora hermosura y el riesgo inherente a ese toro-
tótem, tan entrañable y tan nuestro, que sería borrado de la faz de la Tierra si llegara a
abolirse la corrida, que es su única razón de ser.


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