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La rivalidad de Manolete y Arruza. TAUROMAQUIA. Alcalino.-

Tal vez el emparejamiento histórico que mayor oposición ha encontrado para ser reconocido como tal sea el de la dupla Manolete-Carlos Arruza en mitad de la década del 40 del siglo XX. Obra en contra su breve extensión temporal, a cambio de una intensidad y constancia en el triunfo con las que pocas rivalidades taurómacas podrán compararse. Pero también ha influido el hecho de que uno de los contendientes fuera mexicano, causa de inconfesadas pero evidentes reticencias entre los reduccionistas que se han empeñado en restringir la historia del toreo a lo sucedido en ruedos españoles, con el consiguiente ninguneo de sucesos no ocurridos y diestros no nacidos en la llamada piel de toro, automáticamente escamoteados a los anales de la fiesta sin explicaciones de por medio. Paradójicamente, Manolete y Arruza jamás torearon juntos en la república mexicana.

El primer encuentro del cordobés y el mexicano ocurrió en Cieza (Murcia), un coso menor en el que ambos triunfaron por igual aquella tarde (26.08.44). Aunque Arruza había provocado una sacudida sideral al presentarse en Madrid (18.07.44) y a los pocos días cortó una pata en Barcelona, la crítica hispana aún no se lo tomaba completamente en serio, y Felipe Sassone, sin dejar de reconocer la grandeza de sus segundos tercios, empezó a cultivar una idea que José María Cossío sintetizaría en la frase torero deportivo, de clara connotación despectiva. El problema es que Arruza continuaba cortando orejas corrida a corrida, lo que significaba incidir en un rasgo que se suponía exclusivo del gran Manuel Rodríguez “Manolete”. No tardaron las empresas en pugnar por anunciarlos a ambos en sus ferias y, a ser posible, en el mismo cartel, de manera que ése al que K-Hito acabó por bautizar como El Ciclón Mexicano acabaría rompiendo la barrera de las cien corridas en 1945 con exactamente 108 festejos toreados, en 35 de las cuales alternó con Manolete, quien cerró esa temporada con 71, pues, percances aparte, lo suyo nunca fue romper marcas sino dejar bien plantada su bandera de figura de época.

Sevilla 1945. Para Filiberto Mira “la campaña más brillante en medio siglo (…) Inmejorable artísticamente, la mejor de todas (…) Ningún torero ha superado, en una feria abrileña, los cuatro éxitos de Manolete (…) Año en que, la tarde del 3 de junio, realizó Fermín Armillita la faena más cumbre de los últimos cincuenta años”.  Antes, el domingo de Resurrección (01.04.45), “Triunfo completo –capa, banderillas, muleta y espada—del azteca Fermín Rivera, que le cortó una oreja a cada toro de su lote” (Mira, Filiberto. Medio siglo de toreo en la Maestranza. 1939-1989. Edit. Biblioteca Guadalquivir. Sevilla, 1990. p 92)

En la feria de abril, integrada por cinco carteles, participaron en cuatro Manolete –a oreja por tarde— y Pepe Luis Vázquez, y en dos Carlos Arruza –dos apéndices–, Fermín Rivera y Pepín Martín Vázquez, único que cortaría las dos orejas de un mismo toro (22.04.45).

Día 18: “Dos taleguillas rotas”. Así subtituló el crítico del ABC Don Fabricio su crónica de la primera de feria, toros de Clemente Tassara para Manolete, Pepe Luis Vázquez y Carlos Arruza. Pepe Luis, consentido de los sevillanos, se lució con la capa y decepcionó en todo lo demás. Manolete le cortó la oreja al cuarto de la tarde y Arruza paseó la del sexto tras haber dado una vuelta al ruedo con petición a la muerte del tercero. Leamos a Don Fabricio: “La expectación, forjada a fuerza de valor y estilo por esas dos figuras señeras de la tauromaquia que son Manolete y Arruza, se ha justificado plenamente en el ruedo (…) Por obra y gracia de la emulación, la fiesta inaugural de la Feria alcanzó trascendencia suma (…) Dos taleguillas rotas, las que ciñen Arruza y Manolete, califican y ponderan el éxito del festejo de ayer; las dos primeras taleguillas de la torería actual, hechas girones por las astas de los toros de Tassara (…) Manolete, cuya maestría es insuperable, pisó ayer permanentemente, acuciado por su hombría, los terrenos del toro. Y Arruza, estimulado su inmenso valor por las mismas causas, se movió toda la tarde conscientemente por los terrenos de la temeridad (…)” (ABC, Edición de Andalucía. 19 de abril de 1945)

Día 19: tres toreros, tres orejas. El mismo cronista sevillano nos cuenta la corrida del día siguiente –Manolete, Arruza y Pepín Martín Vázquez con ganado de Carlos Núñez–. En ella, los tres espadas obtuvieron el premio de la oreja y, desde sus bien diferenciados estilos, volvieron a transformar los tendidos de la Real Maestranza en un polvorín. Empieza por referirse a la primera vez que Carlos Arruza recibió el rechazo de los sevillanos, y de cómo logró vencerlo: “Arruza hubo de comprobar ayer, quizá con extrañeza, que el público le mostraba cierta hostilidad, porque en su primer toro, recelosillo y quedado, desistiera a priori de cualquier intento de lucimiento antes de deshacerse de la, por otra parte, inofensiva res. Pero como en el otro toro el espada reaccionara, el mismo público, exento de prejuicios, comentó con rotundas ovaciones la decisión del torero, su saber con arte, su cabal hombría (…) Es con la estimación propia como se consigue la estimación ajena. Y así, por estimarse tanto a sí mismos Manolete y Pepín Martín Vázquez, logró el cordobés uno de los mayores triunfos de su vida de maestro, y el macareno revalidó con honra sus grados (…)

El lote de Manolete tenía mucha fuerza y poca casta, sobre todo el cuarto de la tarde, más que receloso distraído (…) Acortando distancias hasta la temeridad y porfiando hasta lo indecible, ligó faena ¡donde no la había! sobresaliendo los tres ayudados por alto iniciales, impecables, sin el menor atropellamiento a pesar de haber citado a la res en su propio terreno, los redondos y los muletazos finales, dando al toro las máximas ventajas. Coronó la faena el de Córdoba con una colosal estocada, tanto por la limpia ejecución de la suerte como por la colocación de la espada (…) Son muchas las veces que Manolete ha dado pruebas de su maestría, pero ayer, a nuestro juicio, ha superado cualquier otra anterior.”

“Vaya por delante que Arruza es el prototipo del pundonor torero. Se desazonó al comienzo porque le tocó un toro receloso (…) El (picador) de tanda se había excedido en castigar a la res (…) y Arruza, desanimado, le dio lidia inteligente pero de trámite (…) Dolió al mejicano la actitud del público, por lo que afanosamente buscó y logró el desquite con su segundo, al que tras de clavarle tres soberbios pares de banderillas hizo brillantísima faena.”  De Pepín Martín Vázquez se refirió asíDon Fabricio: “Bizarra gracia la del menor y no obstante mayor representante de una dinastía de buenos toreros del barrio de la Macarena (…) Con el capote hizo proezas y prodigios ¡Aquellos dos faroles ligados con que recibió a su primero! ¡Aquellas pintureras chicuelinas del quite al quinto de la tarde! (…) En las faenas hubo asimismo derroche de sal y decisión. La primera delicada, fina, como las condiciones de la res exigían, y la final al toro más grande de la corrida, iniciada de rodillas (…) para, en los medios, desgranar la rica pedrería de un repertorio extenso, adjetivado por torerísimos desplantes. Finalmente la estocada y el galardón de la oreja, unánimemente solicitada.” (ABC Andalucía. 20 de abril de 1945).

El Ruedo. Evidentemente, las reservas con que se recibieron los primeros éxitos de Carlos Arruza habían quedado atrás: las encomiásticas crónicas de Don Fabricio lo demuestran y los comentarios –sin firma– aparecidos en el semanario taurino madrileño lo confirman. Veamos: “Dudamos mucho que se haya producido nunca en la Maestranza un clima de emoción tan alto como el provocado por Carlos Arruza en la primera corrida de feria; más concretamente, en la lidia del toro que cerró plaza. Ya en su primero había confirmado, con tres magníficos pares de banderillas y una faena temeraria y artística la magnífica impresión que dejó en la última feria septembrina. Pero fue a partir del tercio de banderillas del sexto cuando la plaza entera, llena de emoción, tuvo la mejor ocasión de darse cuenta del valor no exento de arte de Carlos Arruza. Prendido por el vientre al poner un par de poder a poder dándole todas las ventajas al toro, Arruza tomó la muleta al borde del desvanecimiento (…) Sin embargo, cuajó una faena de muleta temeraria, en la que se pasó al toro a una distancia inverosímil, que juzgamos imposible de acortar. Los pases en redondo, los naturales, los molinetes de rodillas quedándose ante la misma cara del bicho pusieron en vilo a los espectadores, que viendo al espada jugarse la vida con tanto desprecio, pedían a voces que terminara pronto. Cuando Arruza se fue tras el estoque y el toro cayó muerto, el público –que no se había movido de su puesto, pese a la mala costumbre que tiene de levantarse apenas el diestro monta la espada—unido en un clamor inenarrable, pidió para el torero los máximos apéndices. La presidencia, sin embargo, sólo le concedió una oreja (…) Al día siguiente, volvió el diestro mejicano a entusiasmar al público. Fue en una faena más reposada, más torera, en la que entre naturales y molinetes dio la “arrucina”, pase temerario en el que el engaño es mínimo  porque la muleta, cogida por la mano derecha, asoma por detrás del diestro, por el lado contrario. El premio fue una oreja y la consiguiente vuelta al anillo. Carlos Arruza ha sido la nota emocionante de la feria sevillana. No sabemos si en otras plazas el criollo se jugará la vida con la misma elegancia. Lo que sí afirmamos es que en Sevilla ha dejado su nombre bien plantado y su fama a una altura excepcional.”

Tampoco escatima elogios a la gran feria cumplida por el Monstruo de Córdoba, sin que nadie imaginara en ese momento que Sevilla no lo volvería a ver: “Manolete ha sido el triunfador de la feria sevillana.  Sus cuatro actuaciones se han visto premiadas con el aplauso unánime del público y cuatro orejas, una cada tarde (…) En Sevilla nadie puede dudar ya de que Manolete es un maestro insuperable (…)  Resumiendo su labor en la feria, hay que decir que su tarde más rotunda fue la tercera, precisamente con los toros de Miura. Sin embargo, con el capote su mejor faena fue con el quinto toro de don Francisco La Chica.” (El Ruedo, 25 de abril de 1945; crónica anónima)

Ciclón plusmarquista. Es lástima que, a pesar del mote de torero deportivo que don José María de Cossío le endilgó, en su famosa enciclopedia Los Toros no se mencione en absoluto una marca sin probable parangón, conseguida por el Ciclón Mexicano en las dos plazas más emblemáticas de España. Porque el caso es que, en la madrileña de Las Ventas, Carlos Arruza sumó cinco actuaciones, cortó diez orejas y no dejó de tocar pelo en ninguna de dichas tardes. Hazaña que reproduciría en sus seis presentaciones en la Real Maestranza sevillana, con otra decena de auriculares paseados y ninguna tarde en blanco, si bien el rabo que en varias ocasiones solicitó para él el público hispalense sólo pudo obtenerlo en un festival benéfico (28.10.45).

Utilizando el símil deportivo, se puede decir que Arruza mantuvo su invicto en las dos principales plazas de España y del mundo. Algo que nadie más ha podido presumir.

Abril 18 de 1945: MANOLETE (ayudado por alto y gallardo pase de pecho) y CARLOS ARRUZA (par de poder a poder y torero doblón) cobraron las dos primeras orejas de una feria memorable

19 de abril de 1945: Nuevo triunfo del CICLÓN MEXICANO (cruzándose al pitón contrario y en un molinete de rodillas) y del MONSTRUO DE CÓRDOBA (derechazo y natural inconfundibles), esta vez acompañados en el éxito por PEPÍN MARTÍN VÁZQUEZ (desplante)

Cómo era una faena hace 100 años? Alcalino desvela el tema del toreo como una de las artes

¿Cómo era una gran faena en 1924? No es una pregunta retórica ni simple curiosidad
arqueológica. En el centro de la interrogante está la cuestión de si el toreo es o no un arte,
asunto crucial en las adversas circunstancias actuales. Sabemos que el arte es, con la
ciencia, la expresión más alta del genio humano. También nos consta que la vida actual es
arrastrada por un avance tecnológico cargado de instantáneas novedades capaces de
disfrazar la realidad y crear falsas ilusiones. Así el cine, que depende en gran medida de
los recursos tecnológicos disponibles, es capaz, gracias a éstos, de mejorar la sensación de
verdad, lo que no significa que una superproducción de Hollywood sea por ello una obra
de arte, condición que, en cambio, sí puede alcanzar un filme elaborado con los medios
más austeros. Y lo mismo vale para el novelón, basado en tremendismos postmodernos,
que no por convertirse en best seller será arte; o para el precoz pianista, obsesivamente
entrenado desde su tierna infancia y presto a interpretar todas las sonatas de Beethoven
en un frenético fin de semana, sin que semejante alarde guarde la menor relación con el
arte del genio de Bonn o la creatividad innata de un Mozart o un Shostakovich. O, para el
caso, de Gardel, María Greever, Louis Armstrong o John Lennon.


El quid de la cuestión. Una obra de arte auténtica forma parte de un proceso evolutivo
que puede rastrearse y reconocerse como tal. Pone en relación activa a un emisor y un
receptor: dos sensibilidades, dos historias, dos momentos y dos percepciones. La distingue
su cualidad de cosa única, inédita, compartida así por ambos, quien la crea y quien la
disfruta, gracias a su propio poder de comunicación y a una fuerza espiritual indefinible y
única. Para ser genuinamente arte, la obra tiene que ser una experiencia abisal,
súbitamente reveladora, irrepetible.


¿Nos proporciona la tauromaquia este tipo de experiencia? Creo que cualquier buen
aficionado puede dar fe de ello, y la prueba es que al acercarnos a la taquilla lo hacemos
siempre con la esperanza de volver a vivir esa rara conjunción de un toro y un torero
tocados por la gracia. La gracia del arte, que tanto tiene de magia como de milagro.
Gaona y “Revenido”. Ya puestos en situación, tomemos como ejemplo la faena de
Rodolfo Gaona al cuarto toro de Piedras Negras del 17 de febrero de 1924, en El Toreo de

la Condesa. Corrida a beneficio del baturro Juan Anlló “Nacional II” con Gaona y José
Roger “Valencia I” como alternantes, para dar cuenta del encierro tlaxcalteca de don Lubín
González. Una tarde histórica. Lo de menos es que el beneficiado haya desorejado al
primero que le soltaron, y Pepe Valencia levantara al público de sus asientos con un
volapié modélico que le valió la oreja del segundo piedreño. Lo de más, que el Indio
Grande, previo altercado con Nacional y su cuadrilla durante el tercio de varas del tercero,
cuajase con “Revenido” una de sus faenas estelares. Acaso la mejor de todas.


Para nuestra decepción no será posible diseccionar el formato de la faena. Y la razón es
que los revisteros de la época practicaban una crónica impresionista, ahorrándose la
claridad descriptiva en aras de la alabanza o la diatriba. Pero sí es posible comprobar si esa
sacudida emocional propia del arte alcanzó a manifestarse tanto en el espada leonés
como en los 25 mil receptores directos que llenaban El Toreo.


Habla el autor.

En su biografía Mis veinte años de torero, dictada a Carlos Quirós
“Monosabio”, Gaona expone su punto de vista: “La mayoría de los aficionados ha dicho
que la faena a “Revenido” es la mejor que tengo hecha aquí. Creo lo mismo. Y por esto:
Hubo dominio completo y cuanto arte puede echarse a un toro (…) Cuando de un toro se
hace lo que se quiere y se le obliga a pasar, a ir de aquí para allá, y se le hace acometer o
detenerse cuando uno quiere, entonces es el torero el que manda y el toro quien obedece.
Y es el hombre el que lo ha dominado por su arte, por su inteligencia. Esto es lo más que
puede pedirse a un torero.”

Otra mención específica de dicha faena está incluida en el escrito que Rodolfo le entregó
a Rafael Solana “Verduguillo”, el periodista que creó el gran semanario El Universal
Taurino. Hasta la redacción del mismo llevó el leonés unas cuartillas con sus impresiones
sobre la temporada 1923-24. Con buena vena de relator y redactor, sin falsas modestias
–que nunca las tuvo–, el Califa apunta: “No hubo una corrida en que por lo menos no
hiciera una faena grande, hasta que llegó la tarde del 17 de febrero, beneficio de Nacional.
Alternamos con Valencia (Pepe) lidiando reses de Piedras Negras. El cuarto se llamó
“Revenido”. Yo, que estaba picado por lo que me habían hecho Nacional y su cuadrilla al
rematar un quite, comprendí que había llegado el momento de dar la nota. Y vaya si la di.
Al principio temí que “Revenido” no me durara todo lo que yo quería. Pero a medida que lo
consentía se fue creciendo, hasta que se convirtió en un toro bravo (…) ¿Lo que le hice?
Todos los aficionados deben recordarlo. Yo sólo digo que a “Revenido” lo toreé a mi gusto,
gozando la faena que estaba ejecutando, aprovechando en todo momento las condiciones
del toro para el adorno. Arte, gracia y no poco valor puse en todos los muletazos que le di
a ese toro. Pero mi satisfacción fue aún mayor al ver que el público había comprendido la
faena y me ovacionaba calurosamente.” (El Ruedo, Núm. Extraordinario dedicado al Califa
de León. México. Primer trimestre de 1965).


Ahí está condensado, por el propio artista, su modo de procesar las sensaciones que lo
invadían mientras toreaba a “Revenido”. Su relato rezuma naturalidad y podemos decir

que evidencia la primera condición del arte genuino: que el autor haya experimentado el
vértigo de la creación, expresada ante el toro de un modo personalísimo. Sobre lo otro, las
sensaciones del receptor, el mismo Gaona da una buena pista al mencionar una respuesta
del público acorde con la magnitud de su faena. Pero veamos cómo juzgó la obra ese
receptor especializado que es, idealmente, el cronista taurino. Tres de ellos: el neutral
(Varetazo), el gaonista (Rascarrabias) y el antigaonista (Roque Solares Tacubaq).
“Varetazo” (neutral). “El cuarto fue el más pequeño, cárdeno oscuro, con bragas, vuelto
de cuerna, número 14 y responde al nombre de “Revenido” (…) Rodolfo sale con ganas de
comerse al toro y le sopla un par de capotazos para fijar. Viene luego una verónica fea,
una navarra que no es gran cosa y más capotazos con tendencia a verónicas (…) En
banderillas, Gaona clava un par malo, medio par igual de malo y un tercero en que un palo
queda en la paletilla.”.


Quien así escribe no puede ser sospechoso de parcialidad en favor del torero. De modo
que su cambio de talante al referirse a la faena de muleta hay que leerlo bajo ese mismo
prisma. Me ahorro la descripción completa –reiterativa pero vaga–, para fijar atención en
las expresiones entusiásticas del cronista: “Gaona brinda la muerte de “Revenido” al
general Arnulfo Gómez (…) El toro no es gran cosa, bravo y codicioso a veces pero con
defectillos, uno de ellos que no toma con franqueza el engaño (…) Rodolfo ya está
arrodillado y citándolo (…) Se arranca “Revenido” y se produce un ayudado por alto
magistral (…) y valiente, pues el burel no entró con franqueza sino que gazapeó. Un alarido
de entusiasmo lanzó la multitud. Ya de pie, con la derecha, un pase de pecho soberbio, los
píes quietos, jugando sobriamente el brazo, sin ninguna afectación. Esto es canela. Y lo
que vendrá es algo de ensueño, como de las Mil y una Noches (…) Gaona sigue
desgranando su arte (…). Cada muletazo es más lento, más elegante (…) Puro mando de
brazos, el toro obedece como un faldero (…) Más valentía, nadie. Más arte, nadie. Más
dominio, nadie. Más gracia, nadie (…) Gaona está hoy desconocido ¿Pero éste es el señor
que toreaba encorvado, patiabierto y con el pico de la muleta? (…) De pronto, “Revenido”
da un arrancón tremendo, y Rodolfo, quieto, lo espera, lo empapa y lo despide con
facilidad asombrosa. En otro tercio, toma un sombrero, y con él en la mano y la muleta en
la otra sigue haciendo monerías. Y en cada pase coloca el sombrero en un pitón. Una y
otra vez, hasta hartarse. La ovación es la más grande que he oído en mi vida (…) El toro
comienza a ponerse incierto (…) Un tercer molinete, tan ceñido que salió tropezado por los
puñales. Entonces hinca las rodillas para esperar así la fiera acometida (…) El “Patatero”,
viendo en peligro a su jefe, se lleva a “Revenido”. Y vino escena chusca, porque el Indio,
hecho un energúmeno, corrió tras el diminuto “Patatero” amagando con darle una tunda
con el estoque (…) Rodolfo aprovecha el momento para, recostado indolentemente contra
la barrera, tomar un vaso de agua mientras el toro se repone (…) con los terrenos
cambiados, señala a volapié un pinchazo despampanante. El pinchazo del año. ovación
grande, aunque no tanto como la merecía el pinchazo. Momentos después el volapié
clásico, preciso (…) El toro no dobla, y sirviéndose de la toalla a guisa de muleta, intenta el

descabello y lo logra al tercer sopapo (…) Es el delirio. Las dos orejas y el rabo e incontables
vueltas al ruedo.” (El Universal Taurino. 19 de febrero de 1924)


“Rascarrabias” (gaonista).

“Ahora sabréis el porqué de mi gaonismo, querido lector:


porque siendo Rodolfo Gaona el más grande de los toreros artistas que han conocido los
tiempos, necesariamente tengo que ser uno de sus más decididos partidarios (…) La faena
que realizó con el cuarto toro de Piedras Negras es inenarrable (…) Fue algo asombroso,
inolvidable, único: el arte purísimo quitaesenciado por la maestría máxima de un lidiador
(…) al cuarto muletazo el ruedo estaba alfombrado por sombreros y prendas de vestir (..)
toda la larguísima faena fue objeto de una aclamación interminable (…) duró más de
veinte minutos (…) ¿A qué otro torero, desde que el toreo existe, se le ha tributado un
homenaje igual?” (Jueves de Excélsior, 21 de febrero de 1924)
“Roque Solares Tacubaq” (antigaonista). “Toro de escaso respeto, aunque no
precisamente una mona (…) Toro que no fue lucidamente banderilleado por el Señor
Gaona (…) Último tercio, teniendo el toro todas las condiciones que requiere el Señor
Gaona: bravura, parsimonia en el acometer, sencillez para tomar cumplidamente el
engaño: el “toro ideal” (…) El Señor Gaona hizo trasteo profuso en pinturería, que no en
arte clásico, el que podría proporcionar la mano izquierda, en corto terreno y teniendo
quietud en los pies (…) Hubo pases de pitón a pitón. Hubo adorno empleando un sombrero
(…) en toda la faena, el Señor Gaona y el toro recorrieron media circunferencia (…)


Llegaron jadeantes ante un burladero. El Señor Gaona recostóse indolentemente sobre las
tablas y solicitó una toalla para enjugar el copioso sudor (…) y dar un trago de agua.
¿Verdad que no tan fatigoso debió ser aquello si el Señor Gaona lo efectúa toreando tal y
como debe ser? (…) Pero estas son observaciones de vejete rancio. Yo, prescindiendo de
mis ranciedades, digo que la faena del Señor Gaona a “Revenido” fue estupenda, colosal,
piramidal y todos los adjetivos que deseen darle, que merece la placa que para
conmemorarla se está solicitando (…) Pero sólo considerándola dentro del “modernismo”.
Hago la distinción para que no vengan a decirnos que fue en el clasicismo que le enseñó
“Ojitos”. Una gran faena del “Gaona de ahora”, no del Gaona que sabía torear con la
mano izquierda y los pies quietos.” (El Universal Taurino, 19 de febrero de 1924).


Conclusiones.

Dejando de lado el hecho de que el moderno toreo en redondo no entraba
en los hábitos del Indio Grande –por eso está ausente de las tres crónicas–, lo leído arroja
luz sobre algunas revelaciones fundamentales: 1) La de “Revenido” fue una faena larga
para los usos de entonces –Pepe Valencia cortó la oreja de su primero gracias a un gran
volapié, luego de apenas siete u ocho muletazos (Varetazo), el tipo de faena que
encomiaba como “clásica”, al estilo antiguo, Roque Solares Tacubaq; 2) Gaona, muleta en
mano, prescindió de la ayuda y cercanía del peonaje, hasta el punto de reprimir al
Patatero cuando quiso intervenir; 3) Hay en el tono de los tres cronistas diferencias muy
marcadas, pero también unanimidad en lo esencial: que la de Gaona a “Revenido” fue una
faena extraordinaria, y acorde con ella el entusiasmo del público; 4) Los talentos de Gaona

iban mucho más allá de su elegancia natural y gracia torera: él mismo señala como el
summum del arte el dominio del lidiador sobre la bestia. Y sin embargo, esta sola virtud no
habría provocado el cataclismo que sacudió al Toreo aquel 17 de febrero de 1924.


El arte, cualquiera que sea su género, ha de inscribirse en un continuum histórico
claramente verificable –la historia y evolución del toreo—, y al mismo tiempo condensarse
en cada obra singular, expresión de la sensibilidad y el poder creativo del autor. Y contar
con una interiorización genuina en el espíritu del receptor, multitudinario en este caso.

El día en que se llenaron las dos plazas en la capital mexicana y el indulto de un toro de los hermanos Moreno Reyes ,léase «Cantinflas». Tauromaquia por Alcalino

Por primera vez en su vida, Alfonso Gaona, al sumir la empresa de El Toreo, experimentaba lo que era competir contra la Plaza México, administrada por él durante décadas. Ahora estaba en manos del doctor Manuel Labastida, ganadero de Santo Domingo, operador en jefe de un gerente tan peculiar como el cubano Ángel Vázquez, con un amplio historial como exitoso dirigente de equipos de beisbol pero carente de cualquier experiencia en cuestiones taurinas. Para su corrida del 6 de febrero de 1966, la México había anunciado la repetición de Carlos Arruza luego del apoteósico triunfo que alcanzó al reaparecer ahí como rejoneador (23.01.66), y con ello aseguraba la entrada de esa tarde. ¿Cuál fue la réplica de Gaona? Responder al desafío con un cartel superestelar, añadiendo al gancho del principal as español de su elenco los nombres de una figura mexicana indiscutible –José Huerta—y de la mejor promesa joven del país, Raúl Contreras “Finito”, que acababa de hacer una campaña novilleril sensacional en España que lo llevó directamente a la alternativa. Tanto Finito como Antonio Ordóñez –la suntuosa base hispana del cartel– repetían después de triunfar concluyentemente el domingo anterior. Y si bien la ganadería elegida representaba una página en blanco, incógnita total, de alguna manera la avalaba el nombre del ídolo cinematográfico Mario Moreno “Cantinflas”, gran torero cómico por lo demás. El resultado fue que ambas plazas se llenaron a reventar.

Expectación correspondida. Por una vez, fracasó la sentencia que reza “Corrida de expectación, corrida de decepción”. La alegría con la que la gente llenó el coso cuatrocaminero sería superada por el sentimiento de inefable felicidad que ese mismo público compartía al abandonar la plaza dos horas después. No intentaré describirlo, todo taurino conoce ese estado de gracia tan particular que deja en el espíritu la eclosión del toreo grande. El vívido relato de Juan de Marchena (Pellicer Cámara, cronista titular de ESTO), lo refleja con emocionada nitidez. También repasaremos el docto juicio de Manuel García Santos sobre el comportamiento de los toros de Cantinflas, donde el indulto de “Espartaco”, segundo de la tarde, parecía promesa de muchos días de gloria para la divisa debutante. Una promesa finalmente incumplida.

La crónica de Pellicer. “Llena hasta las botellas la plaza de Cuatro Caminos. Y cómo podría haber quedado un boleto, con esta tercia de espadas: el gran maestro de Ronda, nuestro formidable torero de la Sierra de Puebla y el huracán de Chihuahua. Antonio Ordóñez, Joselito Huerta y Raúl Contreras “Finito” con seis toros de los hermanos Moreno Reyes. A veces, la lógica triunfa y la corrida resultó como para recordarse durante muchos años.”

Con una gran verónica se inició la torerísima tarde. Abrió Antonio Ordóñez su capote y con incomparable cadencia marcó los tres tiempos de todos los tiempos (…) Antonio Ordóñez es una cumbre de la perfección desde que se abre de capa hasta que la cierra, como con esa media imperial (…) Noblote pero aplomado llegó el de Moreno Reyes al tercio mortal. Una estampa de sobria majeza fue el pase de trinchera en el principio de la faena y luego los ayudados por abajo, de temple impecable. Pasó la muleta a la izquierda y se sucedieron, ocho o nueve, los pases naturales, haciendo embestir el torero, con sereno imperio, al tardo astado (…) Una estocada entera y en su sitio, refrendada con fulminante descabello. Y tronó en grande la ovación.

Las verónicas de Ordóñez al cuarto fueron soberanas, el compás abierto, cargando la suerte, recreándose en cada una, y preciosa su media verónica, erguida la figura entre el oleaje del capote.

Un gran puyazo del picador de Ordóñez (…) Huido, buscaba tablas el de Moreno Reyes, pero qué cátedra vendría enseguida, qué maravillosa lección torera fue la faena de Ordóñez, que sujetó al fugitivo y luego corrió la mano con tranquilo mando, toreando en redondo y con la diestra en varias tandas en que los muletazos tuvieron una igual perfección. En los pases naturales el maestro templó, mandó y expuso, pasándose al toro a un milímetro de la faja. Punteaba el astado, de embestida descompuesta. Además, acobardado, había saltado dos veces al callejón. Faena magistral, en la que el torero se impuso sin descomponer la línea, con hermosa maestría, en equilibrada expresión de ciencia, arte y valor. Un pinchazo en todo lo alto y enseguida una estocada hasta las cintas, apenas desprendida. Sonó una ovación prolongada. Ordóñez pudo dar la vuelta al ruedo y se conformó con salir al tercio. Y yo me pregunto, si después de una faena así no se pide una oreja por lo menos culpa es de la afición, que a veces no sabe, u olvida, lo que es el verdadero arte de torear.

Venía Huerta por el triunfo. Con un farol de rodillas recibió a su primer toro. De pie, después de recogerlo, veroniqueó magníficamente (…) Con solera gaonista se echó el capote a la espalda y alternó la gaonera con la fregolina, con suave temple, muy ceñidamente. Dos puyazos se llevó el astado, saliendo suelto y doliéndose, pero, para el de a pie, atesoraba una alegría y una nobleza increíbles. Dos pases de rodillas y en terreno de tablas y vamos a la memorable faena. Millonario del temple, Joselito Huerta toreó muchísimo, sin cansarse, sin que nos cansáramos de ver tal sucesión de muletazos extraordinarios, ya con la diestra, ya con la siniestra. No podríamos decir cuántas tandas hubo, con que largueza trazó cada suerte y cómo las ligó, una tras otra, rematadas con el ayudado por alto o con el pectoral izquierdista. Y cómo citaba de largo, colocado en el centro del ruedo y el toro, el nobilísimo toro, allá en las tablas. Y, sin enmendarse, lo vimos embarcarlo en su muleta y suavemente torearlo, torearlo, torearlo una y otra vez. El pase natural también tuvo su apogeo en la muleta de nuestro gran torero y más de diez, más de doce naturales se eslabonaban en aquel delirio de bien torear que fue la histórica faena del poblano. Citando de frente en ocasiones, Huerta escribió una página inmortal de su historia torera (…) Se inició la petición de indulto y al fin volvió a los corrales el de Moreno Reyes. Con orejas y rabo traídos del destazadero dio José una vuelta, y otra, y otra más, en compañía de los hermanos Moreno Reyes, uno de ellos el célebre “Cantinflas”.

Raúl Contreras ”Finito” apenas empieza pero ya pisa fuerte. Lejos de achicarse se crece y sabe ser digno rival de las figuras (…) Torero poderoso, que manda sobre los toros, que se impone y que sabe hacer el toreo con clásica verdad. Muy bien veroniqueó al tercero. Brindó su faena a Huerta y, en esta tarde de tanto torerismo, ¡qué toreramente empezó esa faena, ligando, trenzando el pase de la firma con el de trinchera, avanzando y haciendo escribir después un círculo al astado en los ayudados por bajo, abierto el compás, imperiosa la muleta, que al final se alzó en el pase de pecho con la zurda! Buscó el lado izquierdo y al iniciar el natural el toro, peligroso, con la cabeza muy suelta, lo empitonó de manera emocionante. Volvió a la carga Raúl con igual serenidad y los ayudados por bajo pusieron a la plaza de pie, tal fue su temple, tal el valor de este torero. Estoconazo ligeramente desprendido, realizando el volapié a la perfección. Las dos orejas y otras tantas vueltas al ruedo.”   (ESTO, 7 de febrero de 1966)

Nada destacable ocurrió con los dos últimos toros, mansos y con peligro, al grado que el cierraplaza visitó repetidamente el callejón y, en un revolcón, le produjo a Finito, que nunca dejó de arrimarse, un corte profundo en el pabellón auricular izquierdo.

El juicio de García Santos sobre el ganado.

“Se nos dijo que el nombre de Moreno Reyes Hermanos respondía a la razón social que para cuidar y administrar su ganadería brava habían formado el gran “Cantinflas” y sus dos hermanos. La divisa con la que iban a lidiar era morado obispo y oro. Y la sangre de los toros procedente de la vacada de Saltillo que tanto se depuró en las manos de aquel inolvidable don Antonio Llaguno, creador de la vacada de San Mateo.
No puede decirse que la corrida saliera brava. Por el contrario, el primer toro de Ordóñez se acobardó después de la pelea con los caballos, y su segundo buscó las tablas y en algunos momentos de la faena de muleta ofreció peligro. El que cerró plaza comenzó abanto, fue a los caballos pero luego acusó una fuerte querencia a las tablas, las que saltó varias veces. Tampoco fue bueno el segundo de Joselito Huerta que, aunque tomó cuatro varas, lo hizo con desigual estilo, y a la muleta llegó falto de codicia y con la cabeza suelta.

En el otro platillo de la balanza está el tercer toro, yendo de menos a más con los caballos y llegando a la muleta de “Finito” con un gran son y una embestida abierta que permitieron al torero de Chihuahua el clamoroso éxito que tuvo. Mención aparte merece “Espartaco”. Acaso sea la primera vez en la historia de los toros que indulten uno en el día que debuta la ganadería. (…) Salió en segundo lugar y Huerta le dio un farol de rodillas y unas verónicas buenas. Fue al caballo dos veces y en las dos se salió suelto. Pero la sangre que le hicieron lo asentó (…) Le sacó la bravura y el estilo magnífico que traía dentro y comenzó a embestir a la muleta y a beberse los muletazos, repitiendo una vez y otra y arrancándose donde lo llamaran hasta que el público, al darse cuenta de que estaba ante un toro de excepción, se puso en pie, sacó los pañuelos y pidió clamorosamente el indulto de “Espartaco”. Se concedió el indulto. Se ovacionó al toro cuando abandonaba la plaza, y se le concedieron a Joselito Huerta, simbólicamente, las orejas y el rabo, porque José supo estar a la altura de la inolvidable embestida del toro de “Cantinflas”.

Se extendió por la plaza, en aquel clima de entusiasmo, la noticia de que Moreno Reyes era Mario Moreno “Cantinflas”, y como “Cantinflas” es el gran ídolo cinematográfico, la gente lo quiso aplaudir directamente y lo obligó a que, en compañía de sus hermanos, su hijo y Joselito huerta, diera la vuelta al ruedo. La emoción de “Cantinflas” era visible y la corrida alcanzó un clímax venturoso y triunfal.” (Toro, mensuario. México DF. Febrero de 1966)

75 mil almas entre las dos plazas. Aquel domingo de febrero la fiesta brava alcanzó en la capital de la república cotas de interés y de emoción que habrían hecho impensable –más bien imposible– cualquier ataque antitaurino y menos aún intentos de abolición de raíz anglosajona como los que ahora padecemos. No me consta que tanto la México como El Toreo hayan agotado ese día el boletaje, pero si no lo hicieron muy cerca andarían. Si la Monumental ponía a la venta cerca de 50 mil entradas y al coso de Cuatro Caminos le cabían 27 mil espectadores, la suma de ambas da holgadamente para, por lo menos, 75 mil taurófilos disfrutando in situ de su espectáculo favorito. Tal era el fervor taurino de los mexicanos en el despertar del último tercio del siglo XX.

Es indispensable agregar que las dos corridas se televisaban en directo, sin más restricciones que el alcance de los canales 2 y 5 de Telesistema Mexicano y sus repetidoras, repartidas por todo el país. De suerte que esa tarde, como tantas otras en que las dos plazas capitalinas anunciaron temporadas y corridas simultáneas, millones de compatriotas pudieron admirar el nuevo triunfo de Carlos Arruza en Insurgentes –por desgracia sería el último, ya con la muerte al asecho–, y la explosión de toreo grande que fueron las actuaciones de Antonio Ordóñez, Joselito Huerta y Raúl Contreras en El Toreo.

Armillita y Alberto Balderas. Por Alcalino

Armillita en un adorno. Oleo de Ruano Llopis. La primera imagen, la segunda , la de su rival en el ruedo, Alberto Balderas.

Alberto Balderas

Se ha dicho que El Toreo fue la plaza de los manos a mano. También que el más apasionante de todos, tanto que llenó una época y se repitió más veces que ningún otro, lo protagonizaron Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza, a tono con Alberto Balderasel permanente debate entablado por sus incontables y enconados partidarios. Pero si ambos tuvieron un tercer alternante especialmente combativo e incómodo, ése fue Alberto Balderas. Sin importar que las más de las veces Fermín y Lorenzo resultaran vencedores, Balderas siempre volvía a retarlos, empujado por su Porra, tan numerosa y brava como capaz de recurrir a todo –despliegue publicitario, octavillas agresivas que repartían en el tendido, cronistas condicionados a favor– con tal de mantener a su torero en el candelero.

¿Cómo correspondía Alberto al activismo incesante de aquel aparato tan bien aceitado? Arrimándose al toro sin tregua ni reposo. Había sido un novillero fino, orientado hacia el clasicismo por su mentor Samuel Solís, contemporáneo de Rodolfo Gaona. Hasta se atrevieron a considerarlo posible sucesor del Califa de León, cuyo suntuoso toreo de capa y elegantes segundos tercios hacía recordar. Pero sus primeros pasos como matador no fueron auspiciosos en México y menos aún en España, donde su nombre apenas contó luego de que tomara allá la alternativa (Morón de la Frontera, 10.09.30, de manos de Manolo Bienvenida). Hasta que un despertar inesperado,  en el invierno capitalino de 1932-33, lo colocó definitivamente en figura. Afanoso por conquistar un sitio entre los ases, había cambiado de estilo hasta transformar sus faenas en un combate abierto, algo descuidado de las formas pero de gran impacto popular. Incluso le favoreció que la empresa Dominguín-Margeli lo excluyera de dos temporadas grandes consecutivas, pues sus partidarios reaccionaron volcándose en contra de Domingo Ortega, poderdante de su tocayo Dominguín y el verdadero poder tras la sillón empresarial. En realidad, lo único que de momento consiguieron fue, en corrida ajena a la empresa constituida, un mano a mano con Garza que encumbraría definitivamente al de Monterrey, porque a Alberto lo hirió de gravedad el primer toro dejándole a Lorenzo los seis de San Mateo con los que iba a escribir una de las páginas más brillantes de su ejecutoria (03.02.35). Pero hasta de esa adversidad supieron sacar raja los balderistas, que no tardarían en nombrar Torero de México a su ídolo pese a que dicho título, puesto en juego en otro par de trepidantes encuentros directos con Lorenzo (23.02 y 15.03.36), lo había ganado en buena lid el de Monterrey, al que no pareció preocuparle que su rival se apoderara del sobrenombre.

Balderas mano a mano con Armillita. Ocho veces, a lo largo de la década del treinta, se  repitió ese cartel en el coso de la Condesa. Y aunque en el recuento sale mejor parado el Maestro de Saltillo (cortó 11 orejas y 4 rabos por 9 y 3 de su oponente), hubo una tarde en la que Alberto lo arrolló sin consideración ni reparos, alcanzando uno de los triunfos más sonoros que registran los anales de El Toreo. A esa corrida, celebrada el domingo 22 de enero de 1939, se referirá la presente Historia de un cartel. Ya no era Balderas el consentido de don Antonio Llaguno, el amo de San Mateo, que tanto lo había impulsado y que ahora reservaba sus ejemplares de mejor nota para Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”. La temporada de 1938-39 se venía dando sin especial lucimiento cuando Garza protagonizó una de sus apoteósicas encerronas con ganado sanmateíno (15.01.39); así las cosas, se anunció para el domingo siguiente la presentación de Alberto Balderas, con toros de Piedras Negras y Fermín Espinosa como alternante. Armillita llevaba ese invierno una campaña bastante floja y los balderistas recibieron a su torero con tal entusiasmo que tuvo Alberto que dar una vuelta al ruedo en agradecimiento por la calurosa acogida.

La prensa, tanto la de información general como la especializada en toros, sabía tender oportunos puentes entre pasado y presente, y para calentar el ambiente no dejó de remitirse a aquel otro mano a mano, también con astados de la divisa rojo y negro del campo tlaxcalteca, cuando Balderas arrojó la oreja todavía caliente de “Carrocero” a la cara de Carlos Quirós “Monosabio”, factótum de la crónica taurina desde su tribuna de La Afición, donde le negaba todo mérito y acostumbraba zaherir con saña a sus seguidores. Llevaba Alberto la ropa destrozada y una herida de cierta consideración que lo recluyó en la enfermería dejándole el resto del encierro a Fermín Armilla, que no tardaría en cortar el rabo del cierraplaza “Algarrobo” (22.01.33). De hecho, antes de ésta de enero del 39, que sería la sexta confrontación directa entre ambos en el coso de la Condesa, el “Chato” Balderas las había perdido todas con Fermín. Pero el tipo tenía tanta casta que ese dato adverso seguramente obró como un revulsivo para su sed de venganza.

Mucha romana. En una época en que las pugnas más duras no sólo involucraban a las figuras sino también a los ganaderos de tronío, don Wiliulfo González eligió para la ocasión una señora corrida de toros, pendiente de establecer claro contraste con el apañado encierro que don Antonio Llaguno acababa de servirle a Lorenzo Garza para que redondeara un triunfo de escándalo. Nada que impresionara mayormente a un Armilla forjado con los tremendos encierros españoles de antes de la guerra, pero tampoco a un Balderas con ánimo de saltar la raya allí donde se la pintaran a pura decisión y coraje.

Naturalmente, el lleno fue de los que agotan el boletaje.

Fermín, borroso. El saltillense, que se había estrenado cortándole el rabo al sanmateíno que abrió la temporada –“Pandereto” de nombre—, tuvo luego un terceto de actuaciones más bien grises, la primera de ellas como padrino de confirmación de Silverio Pérez (11.12.38). No era lo habitual en Fermín y sus partidarios esperaban la revancha. Pero lo que llegó fue una nueva decepción; es decir, tres lidias simplemente correctas, con una segunda faena de estructura sin duda más templada y fluidamente moderna que las de Balderas, malograda al demorar la muerte de “Tendero”.Y eso enfrió a la gente, como fría en general fue la actuación del menor de los Armilla.

Alberto bate todas las marcas. Tuvo la tarde más feliz de su vida, sin resquicios para el desaliento, haciendo de las tres lidias a su cargo un continuum triunfal que mantuvo a la plaza en tensión y a su numeroso y entusiasta partido en un grito aclamatorio que parecía no terminar nunca. Le correspondieron, en ese orden, “Gallareto”, “Lucerito” y “Marinero”, noble el primero, duro y encastado el segundo y con mucho que torear el bravo cierraplaza. A los tres les hizo horrores. Se prodigó en quites: variado, corajudo, emotivo siempre; rayó a la altura de su fama de gran banderillero, y muleta en mano los toreó de pie y de rodillas, por alto y por bajo, sentado en el estribo o golpeándoles la jeta con la rodilla para provocar la remisa arrancada en la fase final de sus faenas. Y con la espada –su punto débil de otras veces— se mostró resuelto, seguro y eficaz. Las orejas y el rabo, galardón máximo que el reglamento permite, se reprodujeron en las tres ocasiones. Algo que no había conseguido nadie en El Toreo, ni volvió a darse después.

Crónica de “El Duque de Veragua”. Armando de Maria y Campos, que lo mismo firmaba crónica taurina que teatral, daría profesión de fe balderista, con sugestivos toques de antiarmillismo, en el relato celebratorio de la apoteosis del Chato Balderas, según demuestra este breve extracto: “El Torero de México por excelencia, no sólo de nombre, sino porque el sabor de su arte se ajusta al buen gusto de la mayoría del público de México, tuvo una tarde triunfal (…) mató tres toros y cortó seis orejas y tres rabos ¿Hay alguien que pueda decir con menos palabras lo que significó para todos el triunfo del gran torero mexicano? (…) Sus tres toros de Piedras Negras salieron a pelear, y Balderas, cuando de pelear se trata, es siempre el primero (…)  Extraordinariamente valiente, su valor empaña a veces su buen estilo (…) Podía, si así lo deseara, torear más tranquilo y asentado, y brillaría más su gran estilo de artista que siente y hace sentir el toreo. Aun así, qué sabor, qué color y que olor tienen los lances con el capote de este gran estilista (…) Inició su apoteósica actuación con un gran quite a la mariposa al primer toro. Y se quedó solo oyendo palmas durante toda la tarde porque asustó a su alternante, al que le dio un baño morrocotudo. (…) Toreó con la derecha ligando y mandando, con la izquierda cuajó magníficos naturales, se adornó temerario (…) Y aquí viene otra revelación: Balderas se encuentra convertido en un gran matador de toros (…) Tarde triunfal, de torero que además de tener arte sale siempre con el deseo de hacerse aplaudir, no podía tener como colofón otra cosa que la inevitable salida en hombros y el paseo triunfal por las calles de la ciudad.” (”El Eco Taurino”, semanario. 26 de enero de 1939)

A Alberto Balderas Reyes (México DF, 7 de abril de 1910-29 de diciembre de 1940), le quedaban exactamente un año, once meses y siete días de vida. La perdería un día aciago sobre la misma arena que aquel 22 de enero alfombró su paso con sombreros, puros y prendas, arrancadas del graderío de la Condesa por el poder de su entrega y su carisma.

Se ha dicho que El Toreo fue la plaza de los manos a mano. También que el más apasionante de todos, tanto que llenó una época y se repitió más veces que ningún otro, lo protagonizaron Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza, a tono con el permanente debate entablado por sus incontables y enconados partidarios. Pero si ambos tuvieron un tercer alternante especialmente combativo e incómodo, ése fue Alberto Balderas. Sin importar que las más de las veces Fermín y Lorenzo resultaran vencedores, Balderas siempre volvía a retarlos, empujado por su Porra, tan numerosa y brava como capaz de recurrir a todo –despliegue publicitario, octavillas agresivas que repartían en el tendido, cronistas condicionados a favor– con tal de mantener a su torero en el candelero.

¿Cómo correspondía Alberto al activismo incesante de aquel aparato tan bien aceitado? Arrimándose al toro sin tregua ni reposo. Había sido un novillero fino, orientado hacia el clasicismo por su mentor Samuel Solís, contemporáneo de Rodolfo Gaona. Hasta se atrevieron a considerarlo posible sucesor del Califa de León, cuyo suntuoso toreo de capa y elegantes segundos tercios hacía recordar. Pero sus primeros pasos como matador no fueron auspiciosos en México y menos aún en España, donde su nombre apenas contó luego de que tomara allá la alternativa (Morón de la Frontera, 10.09.30, de manos de Manolo Bienvenida). Hasta que un despertar inesperado,  en el invierno capitalino de 1932-33, lo colocó definitivamente en figura. Afanoso por conquistar un sitio entre los ases, había cambiado de estilo hasta transformar sus faenas en un combate abierto, algo descuidado de las formas pero de gran impacto popular. Incluso le favoreció que la empresa Dominguín-Margeli lo excluyera de dos temporadas grandes consecutivas, pues sus partidarios reaccionaron volcándose en contra de Domingo Ortega, poderdante de su tocayo Dominguín y el verdadero poder tras la sillón empresarial. En realidad, lo único que de momento consiguieron fue, en corrida ajena a la empresa constituida, un mano a mano con Garza que encumbraría definitivamente al de Monterrey, porque a Alberto lo hirió de gravedad el primer toro dejándole a Lorenzo los seis de San Mateo con los que iba a escribir una de las páginas más brillantes de su ejecutoria (03.02.35). Pero hasta de esa adversidad supieron sacar raja los balderistas, que no tardarían en nombrar Torero de México a su ídolo pese a que dicho título, puesto en juego en otro par de trepidantes encuentros directos con Lorenzo (23.02 y 15.03.36), lo había ganado en buena lid el de Monterrey, al que no pareció preocuparle que su rival se apoderara del sobrenombre.

Balderas mano a mano con Armillita. Ocho veces, a lo largo de la década del treinta, se  repitió ese cartel en el coso de la Condesa. Y aunque en el recuento sale mejor parado el Maestro de Saltillo (cortó 11 orejas y 4 rabos por 9 y 3 de su oponente), hubo una tarde en la que Alberto lo arrolló sin consideración ni reparos, alcanzando uno de los triunfos más sonoros que registran los anales de El Toreo. A esa corrida, celebrada el domingo 22 de enero de 1939, se referirá la presente Historia de un cartel. Ya no era Balderas el consentido de don Antonio Llaguno, el amo de San Mateo, que tanto lo había impulsado y que ahora reservaba sus ejemplares de mejor nota para Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”. La temporada de 1938-39 se venía dando sin especial lucimiento cuando Garza protagonizó una de sus apoteósicas encerronas con ganado sanmateíno (15.01.39); así las cosas, se anunció para el domingo siguiente la presentación de Alberto Balderas, con toros de Piedras Negras y Fermín Espinosa como alternante. Armillita llevaba ese invierno una campaña bastante floja y los balderistas recibieron a su torero con tal entusiasmo que tuvo Alberto que dar una vuelta al ruedo en agradecimiento por la calurosa acogida.

La prensa, tanto la de información general como la especializada en toros, sabía tender oportunos puentes entre pasado y presente, y para calentar el ambiente no dejó de remitirse a aquel otro mano a mano, también con astados de la divisa rojo y negro del campo tlaxcalteca, cuando Balderas arrojó la oreja todavía caliente de “Carrocero” a la cara de Carlos Quirós “Monosabio”, factótum de la crónica taurina desde su tribuna de La Afición, donde le negaba todo mérito y acostumbraba zaherir con saña a sus seguidores. Llevaba Alberto la ropa destrozada y una herida de cierta consideración que lo recluyó en la enfermería dejándole el resto del encierro a Fermín Armilla, que no tardaría en cortar el rabo del cierraplaza “Algarrobo” (22.01.33). De hecho, antes de ésta de enero del 39, que sería la sexta confrontación directa entre ambos en el coso de la Condesa, el “Chato” Balderas las había perdido todas con Fermín. Pero el tipo tenía tanta casta que ese dato adverso seguramente obró como un revulsivo para su sed de venganza.

Mucha romana. En una época en que las pugnas más duras no sólo involucraban a las figuras sino también a los ganaderos de tronío, don Wiliulfo González eligió para la ocasión una señora corrida de toros, pendiente de establecer claro contraste con el apañado encierro que don Antonio Llaguno acababa de servirle a Lorenzo Garza para que redondeara un triunfo de escándalo. Nada que impresionara mayormente a un Armilla forjado con los tremendos encierros españoles de antes de la guerra, pero tampoco a un Balderas con ánimo de saltar la raya allí donde se la pintaran a pura decisión y coraje.

Naturalmente, el lleno fue de los que agotan el boletaje.

Fermín, borroso. El saltillense, que se había estrenado cortándole el rabo al sanmateíno que abrió la temporada –“Pandereto” de nombre—, tuvo luego un terceto de actuaciones más bien grises, la primera de ellas como padrino de confirmación de Silverio Pérez (11.12.38). No era lo habitual en Fermín y sus partidarios esperaban la revancha. Pero lo que llegó fue una nueva decepción; es decir, tres lidias simplemente correctas, con una segunda faena de estructura sin duda más templada y fluidamente moderna que las de Balderas, malograda al demorar la muerte de “Tendero”.Y eso enfrió a la gente, como fría en general fue la actuación del menor de los Armilla.

Alberto bate todas las marcas. Tuvo la tarde más feliz de su vida, sin resquicios para el desaliento, haciendo de las tres lidias a su cargo un continuum triunfal que mantuvo a la plaza en tensión y a su numeroso y entusiasta partido en un grito aclamatorio que parecía no terminar nunca. Le correspondieron, en ese orden, “Gallareto”, “Lucerito” y “Marinero”, noble el primero, duro y encastado el segundo y con mucho que torear el bravo cierraplaza. A los tres les hizo horrores. Se prodigó en quites: variado, corajudo, emotivo siempre; rayó a la altura de su fama de gran banderillero, y muleta en mano los toreó de pie y de rodillas, por alto y por bajo, sentado en el estribo o golpeándoles la jeta con la rodilla para provocar la remisa arrancada en la fase final de sus faenas. Y con la espada –su punto débil de otras veces— se mostró resuelto, seguro y eficaz. Las orejas y el rabo, galardón máximo que el reglamento permite, se reprodujeron en las tres ocasiones. Algo que no había conseguido nadie en El Toreo, ni volvió a darse después.

Crónica de “El Duque de Veragua”. Armando de Maria y Campos, que lo mismo firmaba crónica taurina que teatral, daría profesión de fe balderista, con sugestivos toques de antiarmillismo, en el relato celebratorio de la apoteosis del Chato Balderas, según demuestra este breve extracto: “El Torero de México por excelencia, no sólo de nombre, sino porque el sabor de su arte se ajusta al buen gusto de la mayoría del público de México, tuvo una tarde triunfal (…) mató tres toros y cortó seis orejas y tres rabos ¿Hay alguien que pueda decir con menos palabras lo que significó para todos el triunfo del gran torero mexicano? (…) Sus tres toros de Piedras Negras salieron a pelear, y Balderas, cuando de pelear se trata, es siempre el primero (…)  Extraordinariamente valiente, su valor empaña a veces su buen estilo (…) Podía, si así lo deseara, torear más tranquilo y asentado, y brillaría más su gran estilo de artista que siente y hace sentir el toreo. Aun así, qué sabor, qué color y que olor tienen los lances con el capote de este gran estilista (…) Inició su apoteósica actuación con un gran quite a la mariposa al primer toro. Y se quedó solo oyendo palmas durante toda la tarde porque asustó a su alternante, al que le dio un baño morrocotudo. (…) Toreó con la derecha ligando y mandando, con la izquierda cuajó magníficos naturales, se adornó temerario (…) Y aquí viene otra revelación: Balderas se encuentra convertido en un gran matador de toros (…) Tarde triunfal, de torero que además de tener arte sale siempre con el deseo de hacerse aplaudir, no podía tener como colofón otra cosa que la inevitable salida en hombros y el paseo triunfal por las calles de la ciudad.” (”El Eco Taurino”, semanario. 26 de enero de 1939)

A Alberto Balderas Reyes (México DF, 7 de abril de 1910-29 de diciembre de 1940), le quedaban exactamente un año, once meses y siete días de vida. La perdería un día aciago sobre la misma arena que aquel 22 de enero alfombró su paso con sombreros, puros y prendas, arrancadas del graderío de la Condesa por el poder de su entrega y su carisma.

TAUROMAQUIA. Alcalino.- “Mondeño”: buen torero y personaje singular

La noche de Reyes falleció en Sanlúcar la Mayor Juan García Jiménez (Puerto Real, Cádiz; 06.01.34), anunciado en los carteles como “Mondeño”, apodo heredado de un abuelo suyo nacido en Monda. Su iniciación en el toreo fue algo tardía, pues cuando tomó la alternativa en Sevilla de manos de Antonio Ordóñez (23.03.59, toros de Carlos Núñez) contaba ya 25 años y empezaba a encanecer (prematuramente).

Fue precisamente la Real Maestranza la que más pronto se dejó tocar por el estilo vertical y solemne del torero de Puerto Real, y la plaza donde Mondeño alcanzó más alta nombradía; en cambio, en Madrid nunca tuvo suerte, aparte la contra que siempre ha perseguido en la capital a diestros cocinados al arrullo del Guadalquivir. Lo cierto es que Ordóñez se preciaba de no ungir nunca matador a quien no le satisficiera como torero, y se arrogaba asimismo la potestad de apadrinar su confirmación madrileña. La de Mondeño ocurrió el 17 de mayo de 1960 con el toro “Bilbainito” de Atanasio Fernández y de testigo Manolo Vázquez. Exactamente el mismo cartel de su alternativa.

Juan García “Mondeño” tuvo por coetáneos a las grandes figuras emergentes de los años 60, los Camino, Puerta, El Viti, Curro Romero… y Manuel Benítez “El Cordobés”. Con todos ellos alternó en pie de igualdad hasta que, mediada la temporada de 1963, anunció su ida de los ruedos para tomar el hábito de los padres dominicos. Su investidura como novicio de dicha orden causó en toda España enorme revuelo social pero fue de corta duración. Antes de dos años, el diestro de Puerto Real reaparecía en Marbella  acartelado con Paco Camino y El Cordobés (03.04.66). Como antes, sus mayores triunfos los presenció Sevilla. Y también su más grave cornada, una tarde en que les cortó tres orejas a sus dos toros de Herraiz (16.04.67). Sus corridas, que habían llegado a superar los 50 contratos en las temporadas de 1960, 62 y 66, descendieron a 18 en 1969, año de su definitivo adiós a la profesión una vez cumplidos sus compromisos de ese otoño en plazas mexicanas, donde siempre se le vio con agrado.

Atinado administrador de los ingresos obtenidos cuando figura –Paco Camino lo reputa como el más valiente de los toreros con quienes alternó, hecha la salvedad de su indómito compadre Diego Puerta–, Mondeño se apartó radicalmente de todo lo que oliera a toreo, estableciéndose en el extranjero, preferentemente en países sin tradición taurina; aunque vivió algunos años en México terminó recalando en París, dedicado a satisfacer sus gustos personales, como coleccionar automóviles clásicos o perfeccionar las sutilezas del arte culinario como espléndido gourmet. En los últimos años, trascurridos con la mayor discreción, pues ni concedía entrevistas no volvió a dejarse ver en las plazas de toros y los corrillos taurinos, alternaba su lugar residencia entre París y Sanlúcar la Mayor.

Sus nexos con México. Aún recuerdo el revuelo que causó Mondeño al presentarse en El Toreo de Cuatro Caminos durante la temporada de 1961-62, primera en contar con la participación de españoles tras la ruptura de relaciones del año 57. Alternaba con Alfredo Leal –que acababa de alcanzar allí mismo un triunfo grande al cortarle el rabo a “Tejón”, precioso cárdeno de Mariano Ramírez (21.01.62)—y Jaime Rangel. En cuanto el de Puerto Real se abrió de capa para saludar con una serie de hieráticos lances a “Gitano” de Las Huertas, y luego al quitar por fregolinas, la plaza entera entró en ebullición. Que no cesó hasta que el debutante se vio obligado a saludar primero desde el tercio, para en seguida verse materialmente empujado a recorrer entre aclamaciones el anillo, ya que, pese a que tardó en liquidar a su noble adversario, había cuajado una faena de tal calidad e impacto que la gente se pasó la semana preguntándose cómo es que semejante artista –con mucho el más personal y fino de cuantos se habían presentado hasta entonces… y cuidado que ya lo había hecho Paco Camino—no gozaba de suficiente nombradía, ni era anunciado con mayor prosopopeya. Alfonso de Icaza “Ojo” lo explicó de la siguiente manera: “Lo primero que nos vino a la mente, tras haberlo visto torear, fue la consideración de por qué en España no le daban un sitio aparte, siendo que posee más personalidad que todos los demás toreros juntos. Después de su segundo toro, sin embargo, nos explicamos en parte la cuestión: tal parece que no es Mondeño un torero lo suficientemente esforzado para hacerles faena a la mayoría de los toros.” (El Redondel, 11 de febrero de 1962)

Mondeño toreó esa tarde con un reposo, una verticalidad, un aguante y un temple que desquiciaron a la afición capitalina. Por desgracia, el embrujo de aquella presentación suya no volvió a reproducirse ni en el propio Toreo, cuando por dos veces lo repitieron, ni en la Plaza México, donde confirmó su alternativa de manos de Jesús Córdoba, José Huerta de testigo y con “Rociero” de Mimiahuápam (23.12.62). Las plazas del país donde mayor cartel tuvo fueron sin duda las de Guadalajara, Monterrey y Mérida.

Su segunda época. Mondeño, después de su paso por el monasterio de la orden de Santo Domingo y la subsecuente reaparición en traje de luces, volvería a la Monumental México para armar otro buen alboroto con el primer bicho que le soltaron, “Currito” de Torrecilla, al que habría desorejado si llega a matar bien. Esa vuelta al ruedo fue la última suya en la capital, pues a pesar del buen sabor que había dejado dicha tarde y también, incluso sin triunfar, el 13 de febrero siguiente, no volvimos a verlo anunciado en esa ni en ninguna temporada grande más. Aquella tarde del segundo mes de 1967 le cupo en suerte –o en desgracia— apadrinar la confirmación de alternativa de Manolo Martínez, que no tardaría en convertirse en la sensación de la temporada, opacando a figuras del renombre de Alfredo Leal, Diego Puerta, Manuel Capetillo, el propio Mondeño o Raúl Contreras “Finito” –de fama fugaz pero vigorosa–. Con todo, debe señalarse que tal año, y también a finales de 1969, cuando toreó en los estados mexicanos las últimas corridas de su vida, Juan García, sin perder la solemnidad y el reposo, exhibió un estilo bastante más expresivo y cálido que el de su primera época, que de tan impasible solía comunicar sensaciones de abulia, desinterés, apatía. “Ha renunciado a todo, hasta a triunfar”, escribió Juan de Marchena (Pellicer Cámara) al censurar su desgana en una de sus actuaciones postreras previas a su retiro en busca de la paz conventual (Esto, 16 de diciembre de 1963).

Tauromaquia y estilo. Aunque al principio impresionó a los mexicanos la suavidad de su capote, es indudable que el fuerte de Mondeño fue la muleta. Tenía cierta tendencia al codilleo –traducido en pérdida de mando y por consiguiente de ligazón y emotividad–, pero cuando se acomodaba con un toro el efecto podía ser deslumbrante. Fue muletero preferentemente derechista, muy impactante al adornarse por alto a grado tal que su peculiar versión de la manoletina –radicalmente perfilera, muy ceñida y de girar lento y acompasado—llegó a ser denominada mondeñina por algunos cronistas y muchos aficionados. Poco seguro con la espada, la originalidad de su estilo, tanto más expuesto por la economía de movimientos y la cercanía a los pitones que lo caracterizó, fue causa de numerosas cogidas, algunas de ellas graves.

Carácter muy especial. Original en todos los órdenes, por completo indiferente a la marcha de la Fiesta una vez retirado, el año de su reaparición sería el primer matador de la historia apoderado por una dama, Lola Casado de nombre. Tuvo un hermano novillero, José García “Mondeño II”, al que se dice donó sus cuentas bancarias y bienes adquiridos antes de su ingreso al convento con la encomienda de que viera por la familia; y resulta que cuando abandonó los hábitos y quiso recuperar aunque fuese una parte de los recursos donados se encontró con la negativa del beneficiario. Lo cual, en todo caso, habla de la buena administración personal que, una vez ido de los toros, le permitió continuar su vida rico y feliz, tal como declaró en la única entrevista conocida después de su retirada (2008). Juan García Jiménez murió el pasado jueves 5, un día antes de cumplir 89 años.

MONDEÑO nunca tuvo suerte en Madrid (vemos a ANTONIO ORDÓÑEZ confirmándole la alternativa), pero se labró un gran cartel en Sevilla (ceñida manoletina y triunfo de dos orejas en la Maestranza)

¿Qué nos queda a los taurófilos? Mantenernos en pie de lucha, armados de todas las razones que nos asisten. Hermosa columna del maestro Alcalino

Apura el paso 2022, año de juicio sumario y sentencia condenatoria contra las corridas de
toros en la ciudad de México. Aunque los aficionados de este país quisiéramos borrarlo de
la memoria se trata de un empeño imposible, pues no hay fecha de caducidad para la
impotencia ante un golpeteo que no concede tregua. Ni deja de causar asombro que
quienes podrían enfrentarlo desde posiciones de poder prefieran mirar hacia otro lado al
estilo de los avestruces, en lugar de hacer valer sus influencias en defensa de la fiesta.
Suponiendo tal vez que el problema se resolverá solo. Sólo tal vez, porque vox populi
insiste en imaginar cálculos especulativos acerca del rendimiento inmobiliario que
pudieran arrojar los terrenos de lo que nació bajo la denominación de Ciudad de los
deportes. Cuando al antiguo Distrito Federal no le cabían aún tres millones de habitantes,
y cincuenta mil asaltaban la flamante Plaza México los domingos por la tarde.


No es cosa de insistir ahora en los pormenores de la deplorable situación actual, tema
central de tantas columnas propias y ajenas en los últimos tiempos. Sí llama la atención
comprobar que mientras en otros países la defensa de la fiesta es prioridad para sus
taurinos, en el nuestro campa la indiferencia, solamente rota por unos cuantos festejos en
regiones bien identificadas donde se mantiene precariamente viva lo que va quedando de
un pasado taurómaco espléndido. a tauromaquia. Más que nunca, conviene identificar el
proceso que nos condujo a la presente decadencia. Pues es así, decadencia, como hay que
nombrarla.


El decálogo perverso. Mal orientados estaríamos si vertiésemos todas las culpas de lo que
sucede sobre al año que va de salida, o las achacáramos sin más a la fantasmal ONG
Justicia Justa y de paso al juez que dictó la sentencia fatal, el errátil e inepto –o acaso bien
aleccionado y obsecuente—Jonathan Bass Herrera, prestamente secundado por sus
colegas de cierto tribunal de apelaciones. Porque lo vivido en 2022 es solo la culminación
de un proceso engendrado tiempo atrás y trufado de avisos numerosos y continuas
advertencias torpemente desoídas.


1) La primera señal nefasta viene de cuando José Chafick pasó a apoderar a Manolo
Martínez e inició campaña para reducir la casta brava mexicana a una única sangre
–Saltillo-Llaguno–, que casualmente él cultivaba con esmero en su propia ganadería –San
Martín–, venero de sementales que generosamente se dedicó a venderles a sus colegas
como condición para permitirles figurar en los carteles del mexicano de oro, mandón
absoluto de su época.


2) La dictadura que Manolo-Chafick extendieron por todo el país incluyó el acaparamiento
por las figuras de moda –Martínez, Cavazos, Rivera– de plazas y ferias menores, antes
reservadas al cultivo de la novillería emergente. No por eso dejó México de ser un vivero
inacabable de aspirantes a la gloria taurina, pero su campo de acción quedó
drásticamente reducido.

3) Los pocos chavales que alcanzaban la alternativa y no terminaban en ella su andadura,
se encontraron con animales de procedencia y estilo monocordes –docilidad sin bravura,
repetitividad sin malicia, codicia sin poder, antesala perfecta del post toro de lidia
mexicano. Era esa, para el torero joven, la escuela menos a propósito para ejercitarse en
el conocimiento y lidia de los diversos encastes eliminados en beneficio de uno solo, cada
vez más alejado por cierto de los productos cimeros de la sangre Saltillo-Llaguno, ya muy
rebajada a esas alturas en beneficio del “arte” sin el estorbo de la bravura. Solitaria perla,
demostrativa por contraste de tal situación: la faena de Mariano Ramos a “Timbalero” de
Piedras Negras (21.03.82).


4) Cuando, con la retirada de Martínez, sonó la hora del cambio de régimen, ya buena
parte del gran público de toros se estaba alejando del espectáculo monótono y previsible
que se le ofrecía. La Plaza México, eje de la fiesta en el país, redujo como nunca sus
actividades, con apenas 105 corridas de toros entre 1980 y 1990, récord a la baja
solamente superado en estos años de pandemia y prohibición ominosamente asociadas.


5) Los capitalinos dieron una última demostración de su ilusionado y ancestral apego a la
tauromaquia en cuanto la Monumental reabrió sus puertas tras el receso de 1988-89 al
llenarla de nuevo hasta el reloj; este ilusionado despertar se prolongaría más allá de la
mitad de la década siguiente. ¿Que cómo correspondieron a tal desborde de afición los
dueños del tinglado? Pues aprovechando ese envión para llenarse los bolsillos a cambio
de continuar envileciendo la esencia de la fiesta.


6) El rescate de la Monumental había corrido por cuenta del gobierno del Distrito Federal,
Patronato y Comisión Taurina de por medio. Y a su ofrecimiento de pasar la estafeta a los
privados respondió presta Televisa, con toda su fama de volver basura cuanto toca, como
efectivamente ocurrió. No consiguió, sin embargo, que el negocio resultase tan productivo
como tantos otros que tenía entre manos –ejemplo paradigmático, el futbol; ejemplo
barato y vulgar, las telenovelas y los reality shows–, por lo que más pronto que tarde
urdió su traspaso a los Miguel Alemán, aventajados cachorros del régimen revolucionario.


7) Los Alemán, políticos avezados pero no empresarios taurinos, se acercaron en busca de
consejo a Manolo Martínez, hacía tiempo retirado. Y Manolo, más atento a sus labores de
ganadero destacado y buscador de nuevos talentos, les recomendó entrar en tratos con
un inquieto elemento dedicado a su protección personal en sus tiempos de figura.
Hablamos del inefable veterinario Rafael Herrerías Olea.


8) Herrerías toma el mando operativo de la Plaza México en la primavera de 1993 y durará
en el puesto casi un cuarto de siglo. En realidad le bastaron menos de dos lustros para
expulsar al grueso de la afición capitalina del coso que habitualmente llenaba, convertida
la autoridad de la Benito Juárez en cómplice suyo a espaldas del reglamento; evidencias
de esto brotaban por doquier, desde la supresión de los exámenes post mortem de los
supuestos cuatreños lidiados en su feudo al cese fulminante de jueces de plaza renuentes

a plegarse a sus designios, incluida la peregrina presunción de que poniendo las orejas en
barata se avivaría el interés del público por un espectáculo en precipitada cuesta abajo.


9) La lista de atentados de lesa tauromaquia cometidas por la empresa de la Plaza México
durante el cuarto de siglo de referencia fue rigurosamente sistémica y demasiado larga
para entrar ahora en detalles. Pero no puede dejarse de mencionar, entre sus logros más
abyectos, el retroceso de cerca de 100 años que supuso el entronizar como base de sus
temporadas a unas cuantas figuras hispanas mientras relegaba sistemáticamente al
elemento nacional, ya bastante golpeado por la simultánea reducción de los festejos
novilleriles a su mínima expresión. Congruente con su neocolonialismo de emergencia, la
empresa capitalina, obsequiosa como nunca con las figuras de fuera, iba a facilitar el
imperio de los ganaderos que llevaron a su culminación el predominio del post toro de
lidia mexicano (bofo, soso y mocho) en sus diversas modalidades, desde el impresentable
utrero hasta el apacible gordinflón, que convertirían la suerte de varas –prueba antaño
clásica para medir la casta y poderío de las reses— en ocioso e insustancial simulacro. Y el
arte de parar, templar, mandar y ligar en impenitentes sesiones de encimismo.


10) Bajo tales parámetros, lo extraño habría sido que una afición tan sensible y capaz
como la capitalina continuara apoyando la gestión empresarial de marras. A medida que
los despropósitos se sucedían y normalizaban, la Plaza México se fue vaciando. El
incesante aumento de los precios de las localidades sin duda contribuyó al alejamiento de
la gente, pero la causa de fondo fue el abandono por la autoridad de sus obligaciones para
con el reglamento y el público, dejando manos libres a la aplicación por la empresa de la
autorregulación por la que clamaba, acorde con los valores del capitalismo salvaje.


¿Qué nos queda a los taurófilos? Mantenernos en pie de lucha, armados de todas las
razones que nos asisten como participantes apasionados de una tradición que no se
sustenta en el cálculo económico ni en la sumisión a lo políticamente correcto, sino en el
amor a un patrimonio histórico y artístico con cinco siglos de vigencia en México.


Posdata. Acabo de recibir una felicitación navideña de lo más simpática, procedente de
EU. Nada que ver con la Nochebuena ni el Nacimiento, se trata de dibujos animados y la
protagoniza una familia de perritos que acoge generosamente a un congénere esmirriado
y solo que, en pago, arriesgará su vida por salvar a uno de los pequeños de la amorosa
prole canina. Nada que objetar, excepto que no hay seres humanos en la historieta. Es
simplemente una tierna muestra del animalismo emocional que los anglosajones le han
impuesto al mundo globalizado.


Valor civil. Reciente aún el deceso del gobernador de Puebla Miguel Barbosa Huerta,
recordaba su enjundiosa confesión pública de gusto por la tauromaquia, en respuesta al
intento de suprimir las corridas de 2021 emprendido por la alcaldesa de la capital de su
estado. A eso le llamaban antes valor civil, frase ya en desuso, suplantada a raíz de la
globalización y sus autorregulados por la mojigatería de lo políticamente correcto.

Mensaje. Lo cual no me impide desear a cada amable y paciente lector de esta columna la
gozosa liberación de la alegría fraterna propia de estas fechas, y su prolongación y
acrecentamiento a lo largo del año venidero. Con un mensaje optimista por la atinada
defensa, entre todos, de nuestra bienamada fiesta de toros.

Tauromaquia.Alcalino.- Francia señala el camino y Colombia se debate entre la vida y la muerte

¿Qué tiene la tauromaquia francesa que consiguió librar con relativa facilidad el furor abolicionista, tan presenta allá como en todos los países taurinos del mundo?

De entrada, una tradición sólida. Que vale lo mismo para el toreo que para la democracia, para el orden que para la fiesta. La espantada del grupo encabezado por el diputado izquierdista Aymeric Caron en la sesión de la Asamblea Nacional del pasado jueves 24 lo confirma. Por eso, la arremetida inicial del representante del partido de izquierda La Francia Insumisa (LFI) quedó en nada, bastó que sus colegas se miraron unos a otros, que se aclarara que las enmiendas a la Constitución  de la Quinta República requeridas para dar alguna viabilidad a la propuesta abolicicionista podrían ser del orden de 800, para que el asunto dejara de tomarse en serio y monsieur Caron se viera precisado a retirar su moción, no sin amenazar con retomarla en ocasión más propicia.

La narrativa de una tauromaquia debatiéndose entre la vida y la muerte lo mismo en México que en Colombia, reducida a casi nada en Venezuela y Ecuador, y combatida en España y en todos lados desde las trincheras del progresismo (real o ficticio), es una pesadilla de la que podríamos no despertar, aunque sólo a condición de hacernos adictos a la droga suministrada por los antis, cuyos principios activos son por lo menos cuatro:

1) La visión del toro de lidia como una especie de mascota artificialmente embravecida; 2) La corrida como un caso de tortura aplicada a seres con derechos; 3) El disfrute de la violencia como un virus que aviva el sadismo al quedar irreversiblemente inoculado en la mente de taurinos y taurófilos; 4) La incompatibilidad de semejante esperpento (la corrida de toros) con una civilización en armonía con la naturaleza y con cada una de las especies e individuos vivos y sentientes que pueblan la Tierra.

Como se trata de alimentar una serie de calumnias lindantes con la “infamia”, recurro al diccionario de la Real Academia (RAE) para recordar cómo define este vocablo: “Descrédito, deshonra”, con acepción extendida de “Maldad o vileza en cualquier línea”. No son demasiado explícitos los señores académicos pero, en cualquier caso, la palabra “infamia” remite a situaciones en que el recurso a la mentira redunda en perjuicio y deshonra de alguien o de algo. Y ante esa calumniosa vileza, estamos.

El primer supuesto mentiroso de la rampante taurofobia consiste en atribuir al toro de lidia una condición ajena a su naturaleza. La falsedad en que incurren es tan sencilla de desmontar como invitar a cualquiera de nuestros gratuitos detractores a que salga al paso de cualquier ejemplar de la subespecie toro de lidia e intente darle el mismo trato que a su mascota doméstica. Allá él si se atreve a hacerlo.

El segundo cargo que se nos hace –al torero por acción y al aficionado por delegación—tampoco toma en cuenta los requisitos implicados en el verbo “torturar”, que consiste en infligir un sufrimiento intencional, ya sea para obtener alguna información oculta –en el caso de la tortura policíaca–, ya por complacencia sádica desde posiciones de un claro control físico o psicológico sobre la víctima. De más está decir que en ambos casos el o los victimarios son individuos psicóticas, ya sea por patología  personal, ya por estados de conciencia artificial o socialmente alterados.  En cuanto a los derechos adquiridos por los animales por extensión, quien lo postula pasa por alto que todo derecho conlleva una obligación, categoría imposible de aplicar a seres irracionales. Con lo que la segunda infamia taurofóbica queda al desnudo.

El tercer supuesto, eso de que quien asiste asiduamente a la corrida está atentando contra su capacidad de compasión y convirtiéndose por este solo hecho en un sujeto insensible al dolor ajeno y proclive a la violencia, es una hipótesis vacía que refleja una visión acientífica y ahistórica de la realidad. Una idea sin asideros, cuyo interés por indagar en profundidad la naturaleza del fenómeno taurino es nulo, quizás para evitar ser confrontados, refutados y desarmados por un estudio riguroso y válido. Seguramente habrá, entre la masa de quienes asisten a las plazas de toros, algunas mentes enfermas y proclives a la deshumanización, pero no serán más, en proporción, que entre los presentes en espectáculos deportivos o artísticos, o inclusive en ceremonias religiosas.

La cuarta premisa de la salmodia antitaurina no es menos endeble que las tres anteriores. Parecieran impulsarla sentimientos nobles –el respeto irrestricto a la vida, la armonía con la madre naturaleza–, y podría esgrimir el recurso a la utopía, es decir, a un orden razonablemente deseable que tienda a superar el caos social que nos abruma. Pero pasa por alto que lo utópico, para ser útil, tiene que ser viable, si no en este momento dentro de un horizonte razonable. Y es el caso que el ataque a la tauromaquia desde esta perspectiva simplemente ignora –intencionalmente o por un planteamiento defectuoso—que la armonía natural demanda un balance de pérdidas y ganancias que ellos no toman en cuenta. Que el mundo natural, para mantener los equilibrios ecológicos, está sujeto a depredación y desgaste continuos, y que el matador es el depredador necesario para mantener la subespecie toro de lidia sobre la faz de la Tierra. Donde, por cierto, disfruta de una libertad y unos cuidados inaccesibles a cualquier otro tipo de animal, empezando por las mascotas tan “amadas” por los antis.

¿Bastaría con dar suficiente claridad y eco a estas razones para desmontar la mentirosa ofuscación taurofóbica? Sí y no.  Las encuestas reflejan un rechazo de la tauromaquia por parte del 74 por ciento de los franceses, no muy diferente al de cualquier otro país taurino. Es el precio a pagar por la copiosa propaganda en contra, el consabido boicot mediático y la débil presencia de la cultura taurina en la escena pública.

La clave está precisamente ahí. Para desmontar la equivocada narrativa de los antis –animalistas sinceros o embusteros profesionales—hará falta tomarnos muy en serio la preocupante normalización de los cargos calumniosamente aplicados a la tauromaquia, porque está ahí la piedra angular de la creciente animosidad general en nuestra contra. No basta con tener razón, hay que saber demostrarlo. Y en eso hemos fallado todos: toreros, taurinos y taurófilos. No basta con querer, primero hay que saber. Y encontrar los espacios idóneos para exponerlo.

Saber, sí, lo mucho que vale la cultura taurina. Para poder exponerlo con absoluta convicción y con la mayor precisión y claridad posibles allí donde surja un ataque apoyado en las cuatro espurias hipótesis contrarias. Sin esta base difícilmente podremos superar el desafío más importante que ha enfrentado la corrida de toros en cerca de tres siglos de historia.

Que hay salidas lo demuestra esa lucha por sobrevivir que la Francia taurina encaró exitosamente utilizando una pedagogía sin fisuras, haciendo piña las autoridades de todas las ciudades taurinas del país galo (la famosa Unión de Ciudades Taurinas de Francia: UVTF), potenciadas por un Observatorio Nacional de Culturas Taurinas (ONCT) que, ojo, entre otras cosas tiene la misión de cerciorarse de que el reglamento se cumpla en todas sus partes en cuanto festejo taurino tenga lugar en territorio francés.

El producto fue una documentadísima defensa de la fiesta (texto titulado “Veinte razones para no prohibir las corridas de toros”), y su introducción en la Asamblea Nacional, donde la representación política del sur taurino y rural de Francia hizo su parte exponiendo los centenares de enmiendas y correcciones a la Constitución que serían necesarias para que la pretensión de prohibir las corridas cobrara realidad.

¿Estaríamos dispuestos nosotros a hacer lo mismo? ¿Tendríamos, al menos, el coraje que ha mostrado la Colombia taurina para defender lo suyo? Parece una simple pregunta, pero es un caso de lesa supervivencia para la tauromaquia mexicana, con todo lo que supone como patrimonio cultural, sociológico, ético y estético. Que es como debiera empezar por contemplarse.

Del ejemplo francès a la resistencia colombiana, es el contenido de la columna de Alcalino

Con la tauromaquia bajo asedio, especialmente en América Latina (la taurofobia
internacional sabe localizar y golpear en la zona blanda), se habla mucho de la excelente
salud de que disfruta en territorio francés, donde la normatividad vigente pone por
delante el respeto a las tradiciones regionales, y las corridas de toros se caracterizan por la
seriedad de cuantos factores intervienen en ellas: toros, toreros, autoridades y público.
Pues bien, resulta que en esa Francia aparentemente idílica, un diputado de provincia
acaba de acogerse a una licencia constitucional, recientemente otorgada a los
representantes de la oposición, que consiste en permitirles, un día de cada mes, que
presenten propuestas de ley para someterse a votación en la Asamblea Nacional. Y he
aquí que monsieur Aymeric Caron, del partido de izquierda La Francia Insumisa (LFI), coló,
para que se vote en la sesión de este 24 de noviembre, la posibilidad de abolir las corridas
de toros en todo el país, de acuerdo con una oportuna nota firmada por Francois
Zumbiehl, que como escritor y aficionado muy destacado no necesita presentación.
Refiere Zumbiehl que la propuesta abolicionista figura en el orden de ese día en un lugar
secundario, pero advierte también que por más que la respuesta del gobierno central vaya
a estar a cargo del ministro de Justicia Dupont-Moretti, tan aficionado a los toros que
acaba de pronunciar el pregón de la Feria de Nimes, los representantes de su partido
podrán votar libremente; aunque las propuestas de la oposición, de acuerdo con la
estadística, están abocadas al fracaso, se prevé la posibilidad de una lucha encarnizada
entre los representantes del norte, pro abolicionistas en su mayoría, y los del sur taurino
del país, dispuestos a defender el status de excepción cultural que desde 1951 ampara a la
corrida.
Envalentonado, el diputado Caron, vegano y animalista radical –antiespecista–, insiste en
que ninguna ley ampara actualmente la continuidad de la tauromaquia en Francia, puesto
que en 2011 quedó oficialmente inscrita sólo como patrimonio cultural inmaterial,
decisión debidamente refrendada al año siguiente por el Consejo Constitucional. Este
detalle, que no es menor, ha sido convenientemente aireado por los medios y opinantes
contrarios a la tauromaquia, que por supuesto no se ahorran una sola de las falsedades e
inexactitudes que forman parte habitual del discurso antitaurino.
Fulminante reacción. Aclarado que en Francia no hay tal blindaje constitucional sino
apenas la aceptación de la corrida a título de excepción cultural, el propio Francois
Zumbiehl llama la atención sobre el inmediato despliegue, perfectamente articulado y
argumentado, de una estrategia de resistencia por parte de la Francia taurina. Sin demora,
la Unión de Ciudades Taurinas de Francia (UVTF) se apresuró a emitir un documento en
defensa de la fiesta signado por cada uno de los alcaldes de las 56 ciudades taurinas del
país galo –los hay de derecha, izquierda y centro–, y también por los miembros del

Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas (ONCT), con el añadido de un vehemente
manifiesto firmado por intelectuales y artistas reconocidos. El título del documento
presentado es “Veinte razones para no prohibir las corridas”.
Copio textualmente la estupenda síntesis –clara, concisa y completa– que hace Zumbiehl
del documento de referencia: “Denuncia, en primer lugar, la sarta de falsedades
difundidas por el diputado Caron y sus colegas, sea por ignorancia o mala fe: un toro bravo
no puede ser tratado como una mascota y su lidia está basada sobre el respeto y la
admiración que le tenemos; como raza excepcional –aniquilada en el momento en que se
suprimiera la tauromaquia–, y por las condiciones de su cría, está en el centro de
un ecosistema ecológico tan excepcional como el mismo toro. Los daños económicos a las
ciudades y pueblos taurinos, y al entorno rural de su cría, serían irreparables si se
concretara tal prohibición. Por otra parte, se trata de un patrimonio cultural de una
enorme riqueza, legado por el trasfondo de la civilización mediterránea, un ritual que
enfrenta a los hombres con su fragilidad, en la frontera de la vida y de la muerte,
realidades sublimadas por el arte y el valor; un ritual que une a las generaciones y
mantiene la comunicación del mundo rural con el mundo urbano.
En el campo jurídico y político, los defensores de la afición apelan a la Constitución
francesa y a la decisión del Consejo Constitucional de tomar en cuenta las especificidades
culturales de las regiones; a las convenciones de la Unesco para proteger la libertad y la
diversidad de las culturas, y a los tratados europeos que promueven la legítima
preocupación por el bienestar animal, siempre respetando las tradiciones religiosas y los
patrimonios regionales. Por último, se ha advertido que esta propuesta de ley
prohibicionista está inspirada por una ideología, animalista, que quiere sacudir las bases
de nuestras sociedades marcadas por los valores del humanismo.”
La síntesis es tan clara en sus conceptos como integral en su argumentación. Y el espíritu
de cuerpo de los políticos franceses, poniendo el interés del ciudadano y el respeto a la
tradición por encima de sus diferencias ideológicas, debiera servir de guía y ejemplo para
cualquier país enfrascado en esta difícil lucha contra el activismo taurofóbico imperante.
Colombia, los toros en capilla. Mientras esto sucede en Francia, en la nación
sudamericana la situación entró en un impasse como resultado de la votación del 2 de
noviembre en el Congreso Nacional, donde fue derrotada por estrecho margen (78-75)
una propuesta a prohibir lisa y llana de la tauromaquia y las peleas de gallos (¿El coronel
no tiene quien le escriba?). Llegados a este punto, lo que de cuardo con la ley procede es
una consulta nacional organizada por una Comisión especial formada por senadores de la
república, entre los cuales hay lo mismo animalistas irreductibles –clamando, como
siempre, en nombre del progreso civilizatorio—que defensores de las tradiciones de toros
y gallos. Por cierto, mucho peso tuvo, para el resultado de la votación del día 2, un
emotivo discurso del gran César Rincón ante el pleno del Congreso.
Es de sobra sabido que semejantes consultas no son muy de fiar, sobre todo si se enfocan
a compulsar la opinión de masas desinformadas cuya emotividad ha sido largamente
trabajada por las consignas antitaurinas con su usual carga de bulos y falsedades. Pero
existe un resquicio para la esperanza, pues es evidente que el medio taurino colombiano,

aún sin los recursos institucionales de que los franceses han sabido armarse a través de los
años –la Unión de Ciudades Taurinas, el Observatorio Nacional de Culturas Taurinas—,
está dando la pelea de manera organizada, a pesar del ambiente hostil ligado a la
popularidad del presidente Gustavo Petro, reconocido antitaurino desde sus años de
alcalde de Bogotá.
Es de desear que también allá se imponga el amor a las tradiciones y a la razón sobre las
turbias maniobras del animalismo militante y su indudable alineación, no necesariamente
consciente, con el programa globalizador anglosajón y sus propósitos de disolver la
diversidad cultural en favor del pensamiento único y el utilitarismo más cerril, tan
discutible, reduccionista y retrógrado.
¿Y México? Aunque resulte doloroso reconocerlo, en nuestro país no se vislumbra hasta el
momento un frente unido y actuante en defensa de la fiesta, comparable ya no digamos
con el primermundista aparato taurino francés, sino dotado al menos del fervor
combativo que les permitió a los colombianos postergar –y está por verse si derrotar—la
prohibición en ciernes. Por las razones que sea, hemos sido incapaces de llamar al orden
–con argumentos válidos, que los hay de sobra– a los ignorantes, perezosos e ineptos
jueces que dictaron y luego confirmaron la sentencia de cierre contra la Plaza México.
Hasta parece que nos diera igual si el patrimonio taurino de nuestro país vive o muere.
Lamento escribirlo, pero esa tibieza para aplicarnos en bloque, con vigor y decisión, a la
defensa de lo nuestro, pareciera reflejo de la misma blandengue tolerancia de tantos años
ante la progresiva degradación de la fiesta a todos niveles, empezando, como se
comentaba aquí mismo el lunes anterior, por la reducción a mínimos históricos de la casta
y la bravura –el post toro de lidia mexicano por deplorable emblema– que ha alejado la
emoción, la pasión y el interés de nuestros cosos. Y con ellos a esa afición, alguna vez
multitudinaria, plena de pasión y con personalidad propia, que en la actualidad es casi
invisible.

François Zumbiehl dice que està abierta la batalla en favor de la tauromaquia en Francia

François Zumbiehl analiza la situación real de la tauromaquia francesa: el próximo día 24 está previsto que se debata una propuesta antitaurina de un diputado de la extrema izquierda

La Francia taurina cierra filas con ‘Veinte razones para no prohibir las corridas’. Articulado publicado en ABC

Paseíllo en Arlés

Paseíllo en Arlés AFP

FRANÇOIS ZUMB

Aprovechando el nuevo reglamento de la Asamblea nacional que otorga un día, cada mes, a la oposición parlamentaria en esta Cámara para presentar una propuesta de ley, se le ocurrió a un diputado de LFI (La Francia Insumisa – extrema izquierda), Aymeric Caron, proponer la prohibición definitiva en todo el territorio francés de la corrida (él habla de abolición, pero es un término torcido, como todos los términos que emplea para referirse a los toros). Tal propuesta debe ser debatida y sometida a voto en la Asamblea el próximo 24 de noviembre. El Sr. Caron es vegano militante, animalista y adepto declarado de la ideología antiespecista, que promulga la absoluta igualdad, de hecho y de derecho, entre todas las especies animales y los humanos, reducidos todos a la categoría global de animales sensibles, y considera por lo tanto como usurpación y explotación escandalosas cualquier iniciativa que los hombres tomen en relación con sus ‘semejantes’ no humanos.

Es obvio que el diputado de LFI ha considerado la corrida como el primer blanco cómodo y espectacular para sus iniciativas prohibicionistas, capaz además de colmar sus ansias de protagonismo. Una vez logrado –si es que esto adviene– seguirán en la fila todas las prácticas con animales: cazas, pescas, circos, equitación y hasta convivencia con mascotas. Él opina que el terreno es favorable ya que ninguna ley en Francia protege actualmente la corrida. Si bien ha sido inscrita en 2011 en el inventario del patrimonio cultural inmaterial de Francia, en el campo legislativo sólo se beneficia de una excepción cultural, ésta sí refrendada por una decisión del Consejo Constitucional en 2012. Esta excepción cultural fue conseguida en 1951 para calmar los ánimos de los aficionados enfebrecidos por las prohibiciones gubernamentales de la Tercera República. Se estipuló que el delito de maltrato animal, denunciado en el Código Penal, no se aplica a las corridas en las regiones que se pueden prevalecer de una tradición taurina ininterrumpida. Es esa disposición con la que quiere acabar el diputado Caron.

Imagen - La controversia habitual en Francia sobre el tema de los toros debería convertirse en una batalla política encarnizada, pero confusa y de resultado incierto, algo esperanzador para la afición

La controversia habitual en Francia sobre el tema de los toros debería convertirse en una batalla política encarnizada, pero confusa y de resultado incierto, algo esperanzador para la afición

Por lo tanto, la controversia habitual en Francia sobre el tema de los toros debería convertirse, en la Asamblea nacional, este 24 de noviembre, en una batalla política encarnizada, pero confusa y de resultado incierto, algo esperanzador para la afición. Confusa porque si bien la posición del gobierno será de oponerse a esta propuesta de un miembro de la oposición, la polémica taurina está presente en el seno del conjunto de los partidos, incluida la mayoría gubernamental cuya presidenta en la Cámara ha decidido dejar la libertad de voto a sus diputados. Claro está que hay más partidarios de la tauromaquia en las regiones del Midi, con todas las etiquetas políticas, y más adversarios o indiferentes en el norte. La voz del Gobierno será expresada por el ministro de Justicia, el abogado Dupont-Moretti, aficionado empedernido (pronunció un pregón muy elocuente en la Feria de Nîmes). Todo hay que decirlo: es muy poco frecuente que una propuesta presentada por la oposición termine siendo aprobada. Además, el tema de los toros será debatido en cuarta posición, en un orden del día ya cargado con cuestiones muy conflictivas. Es probable que, esta vez, ni venga a discusión. En caso de que lo fuera y de que hubiera un voto favorable a la propuesta de Caron, el proyecto de ley debería ser transmitido al Senado para su aprobación, y esta alta cámara, muy representativa de la sensibilidad de las diferentes regiones de Francia, seguramente deliberaría con mucha precaución, y con mucho tiempo.

Sarta de falsedades

Por supuesto, la Francia taurina no se ha quedado con los brazos cruzados y ha cerrado filas. Dentro de la UVTF los 56 alcaldes de las ciudades taurinas, en unión con el Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas, amén de un manifiesto firmado por intelectuales y artistas de renombre, han dirigido a todos los diputados un memorándum de defensa de la tauromaquia, más un texto escueto, titulado ‘Veinte razones para no prohibir las corridas’. En estos documentos se denuncia en primer lugar la sarta de falsedades difundidas por el diputado Caron y sus colegas, por ignorancia o mala fe: un toro bravo no puede ser tratado como una mascota y su lidia está basada sobre el respeto y la admiración que le tenemos; como raza excepcional – aniquilada en el momento en que se suprima la tauromaquia-, y en las condiciones de su cría, está en el centro de un ecosistema ecológico, tan excepcional como él mismo. Los daños económicos en las ciudades y pueblos taurinos, y en el entorno rural de su cría, serían irreparables si se concretara tal prohibición. Por otra parte, se trata de un patrimonio cultural de una enorme riqueza, legado por el trasfondo de la civilización mediterránea, un ritual que enfrenta a los hombres con su fragilidad, en la frontera de la vida y de la muerte, realidades sublimadas por el arte y el valor; un ritual que une a las generaciones y mantiene la comunicación del mundo rural con el mundo urbano.

En el campo jurídico y político los defensores de la afición apelan a la Constitución francesa y a la decisión del Consejo constitucional de tomar en cuenta las especificidades culturales de las regiones, a las convenciones de la Unesco para proteger la libertad y la diversidad de las culturas, y a los tratados europeos que promueven la legítima preocupación por el bienestar animal, siempre respetando las tradiciones religiosas y los patrimonios regionales. Por último, se ha advertido que esta propuesta de ley prohibicionista está inspirada por una ideología, animalista, que quiere sacudir las bases de nuestras sociedades marcadas por los valores del humanismo.

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Yo añadiría, por mi parte, que, con la corrida y con esta iniciativa de un diputado parisino, se prolonga en Francia la multisecular batalla entre el norte y el sur, entre los jacobinos centralistas y los ‘girondinos’ defensores de las libertades y tradiciones regionales. Para los toros, a principios del siglo XX, la movilización del Midi ganó la partida. La llamaron ‘La revuelta de los Tridentes’, alzados por los gardians o vaqueros de Camarga. Esperemos que ‘el espíritu del Sur’ termine otra vez vencedor en esta contienda.

Editorial de Mundotoro sobre el archivo en la Càmara del proyecto prohibicionista

Lo han intentado cinco veces y cinco veces han salido derrotados. Los animalistas colombianos no han logrado la prohibición de las corridas de toros en el Congreso. El pasado día 1 vieron de nuevo hundirse sus deseos en la Cámara de Representantes. Juan Carlos Losada, el congresista del Partido Liberal, es el gran perdedor del debate, junto con Natalia Goyeneche (verdes) y Andrea Padilla. Siete congresistas que deberían haber votado a favor de la prohibición, no lo hicieron por razones diversos y/o desconocidas. Es un asalto más ganado a los puntos que ha de refrendarse con la mejor de las respuestas de público a la Feria de Cali, que ha de servir para refrendar el apoyo popular al toreo en Colombia.

Que se haya archivado el proyecto prohibicionista, no significa que no se vuelva a proponer y votar la prohibición, que no salió adelante por un margen de 3 votos, siendo 7 los representantes de la bancada del Gobierno los ausentes en la votación.  ¿Por qué 7 Congresistas del Pacto Histórico no votaron? ¿Qué está pasando en el legislativo?”.

Que se haya archivado el proyecto prohibicionista, no significa que no se vuelva a proponer y votar la prohibición

Fuentes de la propia Cámara, han asegurado a mundotoro que puede ser por dos razones. Una, por la relajación de tener mayoría y la ausencia de coordinación ante un hecho que es muy importante para el grupo animalista, pero quizá no tanto para el resto del pacto gobernante. Otra causa es que los discursos que defendieron en la Cámara al toreo, calaron en las bancadas por su acierto de mensaje humano. César Rincón, soberbioSoberbio el del alumno de la escuela taurina de Choachí. Y muy relevante por su significado racial, indigenista, femenino y cultural de Ana Rogelia Monsalve Álvarez, lideresa social de Valledupar, representante de las comunidades afrocolombianas.

Un discurso humano y cálido, capaz de unir indigenismo, libertad, raíces y derechos humanos pudo ser una de las causas de la ausencia de alguno de estos miembros de la coalición que debieron estar presentes y votar la prohibición. Jorge Hernández Bastidas y Hermes Evelio Pete del Cauca; José Alberto Tejada del Valle del Cauca y quien es reconocido por ser periodista del Canal; Pedro Suárez Bacca de Boyacá; Mary Anne Perdomo de Santander; Gabriel Parrado de Meta; David Alejandro Toro por Antioquia y Alirio Uribe, representante por Bogotá.

Los discursos que defendieron en la Cámara al toreo calaron en las bancadas por su acierto de mensaje humano

Todos ellos han la, mentado en sus redes sociales el suceso y todos han prometido que seguirán adelante en una nueva propuesta que prohíba, bajo el mantra del mal trato animal, desde las corralejas a los toros, pasando por toda convivencia animal/humano que ellos consideren mal trato.  Se ha ganado tiempo, en una especie de patada a seguir, pero el trabajo ahora es lograr que los hechos respalden al toreo en la sociedad colombiana. La feria que Tauroemoción tiene anunciada en Cali para los días del 25 al 30 de diciembre, cobra ahora una importancia fundamental. No caben, medias tintas.


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