( Con la venia del ilustre columnista y de El Tiempo. Mil gracias )
Ya lo dije aquí hace cinco años cuando se murió y hoy lo repito encantado como un homenaje más a su memoria, porque además es verdad: Antonio Caballero fue de lejos el mejor prosista de la prensa colombiana en toda su historia,
Pero de todas sus facetas, la del columnista y periodista insobornable, la del brillante crítico literario o de arte, la del agudo polemista histórico, hay una que quizás sea de la que menos se habla, aunque estoy seguro de que es la que a él lo hizo más feliz y era la que más le gustaba y sus amigos lo saben bien. Me refiero a la de cronista taurino, acaso uno de los más grandes que haya habido en nuestra lengua, que además es la lengua oficial de los toros.
Me dijo que él hablaba del arte y de la vida para hablar de los toros. Y sí.
Yo no soy taurino ni taurófilo. Reconozco esa dimensión estética y cultural, sagrada, que ven en él sus aficionados, herederos de una tradición milenaria –dicen, y sí– en nombre de la cual ellos se sienten defensores no de la barbarie sino de la civilización. Pero en fin: esa es una discusión moral que no voy a traer aquí ni por error.
Lo que sí me interesa, y mucho, a la hora de hablar de Antonio Caballero como cronista taurino, es mostrar cómo la literatura lo redime todo y lo embellece y le da sentido, aun lo más violento y desgarrador. En otras palabras: a uno puede que no le guste en absoluto el mundo del toreo y las corridas, pero leído y visto ese mundo en los textos de un maestro que lo narra e interpreta como nadie es un placer excepcional, casi sublime.
A mí no me gusta el ciclismo, lo confieso, pero las crónicas sobre el Tour de Francia de Julian Barnes todavía me parecen una de las cimas de la literatura inglesa; no me gusta el Arsenal como equipo, pero cuando leo a Nick Hornby hablando (escribiendo) de él me vuelvo un hincha más y me pongo esa camiseta roja y blanca. Lo mismo me pasa con los textos taurinos de Antonio Caballero: son tan bellos que me dan ganas de estar ahí.
Porque además era en ellos donde él destilaba no solo toda su pasión sino toda su erudición, sus lecturas, su sabiduría, su visión del mundo. Uno no sabe casi nunca de quién está hablando, desde el doctor Tamames o el apoderado de Antonio Ordoñez hasta un oscuro picador en una tarde sevillana, pero no puede parar de leer, con deslumbramiento y fascinación, esas crónicas en las que casi siempre los toros son un pretexto para hablar del arte y de la vida.
Una vez se lo dije y me dijo que no, como siempre, nunca lo vi asentir. Me dijo que él hablaba del arte y de la vida para hablar de los toros. Y sí.











