La columna de Alcalino…Lorenzo Garza, «El Ave de las Tempestades » y sus despedidas

La columna de Alcalino…Lorenzo Garza, «El Ave de las Tempestades » y sus despedidas

Durante mi infancia era común escuchar, sobre alguien que se despedía una y otra vez y
no acaba de irse: “lleva más despedidas que Lorenzo Garza”. Pero siempre hay una última
vez. Y la de Garza en traje de luces tiene una fecha (20 de febrero de 1966) y una plaza (la
de su natal Monterrey, rebautizada muchos años después con el propio nombre de
Lorenzo). Y, naturalmente, un toro (“Joyero”, de José Julián Llaguno). Repleto el coso de
gente y de pasión, una constante en la carrera del Califa regiomontano.


Habrá que aclarar que, en realidad, Garza solamente se despidió de manera formal en dos
ocasiones: ésta de Monterrey, con 58 años a cuestas, y una primera, dos décadas y pico
atrás, en El Toreo de La Condesa (21.03.43), más por imposición del todopoderoso zar de
la fiesta Maximino Ávila Camacho que por su libre decisión. Podría agregarse una tercera,
precisamente en la tierra del temible militar teziuteco (Puebla, 30.11.43). Y nada más.


En cambio, fue reiterativo en lo de convertir en suceso cada reaparición suya luego de
permanecer voluntariamente apartado de los toros por algún tiempo, confirmación de su
proverbial habilidad para autopromocionarse, al extremo de la cual figuraron sus no
menos famosas broncas o mítines, enemigo declarado de lo gris y convencido de que todo
gran torero debe ser también un consumado actor dramático. Tampoco dejó de prodigar
declaraciones polémicas a través de su borrascosa trayectoria de figura grande del toreo.
La enésima. Vamos a ver: la primera reaparición de Garza se dio a los dos años de su
retirada forzosa del año 43. Tras casi un decenio suspendidas las relaciones entre las
torerías de México y España y una vez firmado el primer Convenio, en la inmediata
temporada grande capitalina –1944-45– fue tan notoria la superioridad de los espadas
nativos sobres los foráneos que Garza, quien seguramente conservaba el vivo recuerdo de
aquellas triunfales campañas españolas suyas que el boicot de 1936 interrumpió, se dejó
invadir por el deseo de emularlas. Y sin más ni más anunció su reaparición cuando la

temporada ya finalizaba, a plaza llena y con Cagancho, viejo amigo, como uno de sus
alternantes (01.04.45). Además del rabo cortado esa tarde, Lorenzo se dio tiempo para
desatar una de sus broncas al otro domingo, y bordar luego par de faenones mano a mano
con Procuna en el último festejo de la campaña (29.04.45). Y de vuelta en España
consiguió, como antaño, que se abriera para él la puerta grande en Madrid (15.07.45),
antes de sufrir en Barcelona una cornada tan grave que le indujo a tomarse nuevo receso.
Que no duraría mucho, porque la siguiente temporada mexicana, marcada a fuego por la
revolución causada por Manolete, determinó una subida en los honorarios de las figuras
que no podía pasarle inadvertida al regiomontano sagaz que Lorenzo nunca dejó de ser.
Anunció entonces que volvería para el invierno de 1946-47, ya en la flamante Plaza
México. Y nada mejor, para preparar el terreno, que un reto público al Monstruo de
Córdoba, mientras acordaba con el empresario Antonio Algara un contrato donde se
estipulara no la misma enorme cantidad que Manolete recibiría por corrida sino una que
la superara… aunque fuese por solamente un peso. Si esto fue o no cierto, anótese como
una más de las consejas esparcidas por el garcismo.


Así se las gastaba nuestro hombre, y fue ese el invierno en que, alternando con el insigne
cordobés, lo mismo lo superó cortándoles los rabos a sus dos pastejés en memorable
tarde (11.12.46), que aguándole el éxito con una bronca descomunal como colofón de su
mala actuación con una dura corrida de San Mateo (19.01.47, con cárcel, multa y demás).
Pero sobrevino una nueva ruptura con España, soplaban vientos de cambio en la
atmósfera taurina del país y Garza, no sin alguna gran faena y tal o cual sonado mitin más,
optó por apartarse nuevamente de los ruedos. Y así permaneció por casi un decenio.
A finales de los años 50, con la sombra de la monotonía sobrevolando la fiesta, nombres
como el suyo no dejaban de ser un revulsivo apetecido por las empresas. Y en más de una
ocasión, el viejo Lorenzo accedió a enfundarse en el terno, esporádicamente y en plazas
periféricas. Hasta que, en 1959, Alfonso Gaona lo atrajo por última vez a una temporada
en la Monumental con un contrato millonario por cuatro corridas. Como era de esperar de
un hombre fuera de toda forma física y taurina, la enésima reaparición del Ave de las
Tempestades se tradujo en un desencanto sin paliativos. Su último mano a mano con El
Soldado sonó a réquiem y el tema Garza pasó pronto al olvido… ¿Ahora sí
definitivamente?


Última llamada. La detonó la aparición de un novillero nacido también de Monterrey
llamado Manuel Martínez Ancira. No era una novedad más sino la promesa de una nueva
era para la tauromaquia nacional. Y un empresario imaginativo, Leodegario Hernández,
sabedor de que entre los entusiastas de Manolo figuraba Garza, le propuso a Lorenzo una
reaparición relámpago para otorgarle la alternativa ante sus paisanos. Accedió el maestro,
y para sorpresa de todo mundo, no sólo cumplió con su papel protocolario sino,
rejuvenecido, salió a disputarle las palmas al novicio (07.11.65). Leodegario aprovechó ese
ímpetu para incluirlo en alguna corrida más en otra de las plazas que controlaba –en

disputa con la empresa capitalina, el señor Hernández tenía dificultades para redondear
sus carteles–. Y Lorenzo Garza se erigió triunfador máximo de la feria de León.


Con estos antecedentes se aprestó a vestir por última vez el traje de luces, un marfil y oro
similar al de su alternativa en Aranjuez de manos de Juan Belmonte (05.09.34).
La corrida final. No era grande, pero el encierro de José Julián Llaguno tenía buen porte y
muy cuidada nota. Y Lorenzo salió a romperse, y además encontró réplica en dos jóvenes
alternantes de los que, por edad, bien podría ser abuelo.


El salmantino Paco Pallarés, favorecido por el mejor lote, cuajó a sus dos toros y cosechó
tres orejas. Era un torero de fina clase y cierto toque de sevillanía, pese a ser castellano,
que a saber por qué razones se quedó en el camino, pero que en ese momento disponía
del impulso que lo había llevado a una alternativa de lujo en Salamanca, con El Viti de
padrino y José Fuentes (14.09.65). Como a Fuentes, lo llevaba El Pipo, aquel pintoresco
taurino, descubridor de Manuel Benítez “El Cordobés”. La primera faena de Pallarés, a un
gran toro, resultó redonda; la segunda, buena también, palideció a ojos del público por
efecto del anticlímax ocasionado por la apoteosis garcista en el turno anterior.
Raúl Contreras “Finito”, doctorado en su natal Chihuahua por Joselito Huerta en fecha aún
más reciente (31.10.65) a favor del ambiente creado por una campaña novilleril en España
realmente sensacional, no encontró toros a modo en la despedida de Garza pero se
sobrepuso y terminó por desorejar a su primero. “Finito”, que además de poseer sello
propio y valor del bueno era dueño de un modo de torear profundo y recio llegó a
disputarle a Manolo Martínez su sitio de privilegio en los primeros años de ambos como
matadores, pero súbitamente se apagó, arrinconado por el mal psíquico que lo llevaría a
la autodestrucción y a una muerte prematura (1947-1974).


Lorenzo, en grande. Ya había dejado muestras de su clase y su impronta inconfundibles
con el abreplaza, pero lo realizado con “Joyero” (4º) fue el acabose. ¿Torero antiguo?
¿Toreo pasado de moda? Toreo clásico y torero eterno, capaz de reinventarse una y otra
vez y de maravillar por igual con su arte personalísimo a viejos y jóvenes, garcistas y
antigarcistas, herederos de aquella división en dos bandos cultivada adrede durante su
época grande. Con ese negro y paliabierto ejemplar de José Julián, Lorenzo Garza ofreció
un muestrario completo hasta lo ampuloso de su estilo impar, desde la verónica con el
compás abierto a la manera garcista –las plantas en ángulo de 90 grados, el pecho
saliente, el pulseo preciso–, hasta esa media frontal suya, ya de pie, ya de rodillas, o el
echarse el capote a la espalda que patentara en los lejanos años 30 para trazar enseguida
la gaonera califal, la suerte cargada con señorío y el juego de brazos acompasando la
embestida.


Pero si figura fue del primer tercio, la fama del Ave de las Tempestades se fincó sobre
todo en el último. Muletero extraordinario, Garza fue con “Joyero”, si no el artífice
máximo del pase natural –el rebelde cuerpo no daba ya para el giro elástico y justo de sus

mejores días, y por tanto no consiguía ligar los muletazos–, sí un maestro dispuesto a
andarle al toro con absoluto desparpajo –aquella especie de molinete andante, erguido,
no acuclillado–, quedarse muy quieto en el derechazo a pies juntos o en su exclusivo pase
de costado, o deslizar la muleta suavísimamente en lo que después sería rebautizado
como pase del desdén. Y así, toreando, dominando y creando sobre la marcha, terminó
por cuajar una faena arrebatadora, distinta, que rematada eficazmente con la espada
–nunca fue un estoqueador clásico–, desató una tempestad de ovaciones y llantos a los
que correspondió sin perder la compostura, sonriente y feliz, con las orejas y el rabo de
“Joyero” en alto. Habrá que agregar que, como buen primer espada, toda la tarde se
mantuvo atento a la lidia, así como afectuoso y cercano con los dos noveles que le
disputaron sin tregua las palmas y terminarían rendidos a su arte.
¡Salve, Lorenzo!, clamó por última vez la afición de su tierra ¡Ave de todas las tempestades

UNA FOTO…LA MADRE BENDICE AL TORERO ANTES DE PARTIR PARA LA PLAZA

y figura inmortal de la fiesta!

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