En su cumpleaños 90 El Cordobés está listo para 200 más, proclama con humor. Me preparo para vivir no para competir

por | May 3, 2026 | Aniversario | 0 Comentarios

Manuel Benítez, ‘El Cordobés’, cumple 90 años y la noticia no es tanto la cifra como el milagro persistente de su personaje: un hombre que nació de la nada y acabó convirtiéndose en una forma de leyenda que camina.

En esta España de jubilaciones discretas y biografías ordenadas, él es nueve décadas después aquella anomalía luminosa, ese cuadro que se niega a ser colgado recto. A su alrededor todo parece haber envejecido de forma lógica; él, en cambio, ha envejecido como los mitos: con grietas, sí, pero también con resplandores. «He tenido un bachecito», dice con una sonrisa que parece una faena improvisada en mitad de la conversación, como si la enfermedad fuera solo un mal tercio del que también se puede salir por la puerta grande.

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Hay biografías que no caben en los libros de historia porque se escribieron con arena caliente, con luz de feria y con esa exageración mediterránea que confunde la vida con el sueño.

La vida de El Cordobés pertenece a esa literatura no escrita donde los hombres pobres se inventan a sí mismos a fuerza de hambre y coraje. Fue torero, pero también ganadero, empresario, agricultor, constructor, piloto, actor, vendedor de sí mismo en múltiples versiones. Todo lo tocó con la misma mezcla de instinto y supervivencia. Y en todo dejó la huella de quien no aprendió en academias sino en la intemperie.

Su filosofía, ahora que el cuerpo empieza a pedirle treguas, tiene algo de refrán antiguo y de manual de resistencia emocional: lo que ocurre —dice— siempre ocurre para bien. Incluso los golpes, incluso los silencios del cuerpo. Habla de músculos como quien habla de relojes: hay que cuidarlos, entrenarlos, darles cuerda. «Ahora no me preparo para competir, sino para vivir», explica en la entrevista que concede al diario ABC, como si la vida fuera una plaza más lenta pero igual de exigente.

Manuel Benítez ‘El Cordobés’: «El valor no existe, es la preparación lo que existe. Estando preparado, no hay miedo»

El último Califa del Toreo, icono taurino y pop, cumple mañana 90 años en plenitud. Repasa en ABC su vida, los toros, el amor y hasta lo metafísico.

Un joven de noventa años. Manuel Benítez ‘El Cordobés’ suma mañana 4 de mayo nueve décadas de una vida habitada en el seno de un cuerpo capaz de asumir experiencias solo al alcance de los tocados por la «varita divina». Aunque se le reconoce.

El tiempo, que suele ser un juez implacable, en él parece un espectador curioso. Lleva marcapasos, audífonos, cicatrices discretas, pero su tono conserva una alegría de verbena antigua. Asegura haber estado «a punto de irse varias veces», aunque lo cuenta sin dramatismo, con esa ironía rural de quien ha aprendido que el final siempre llega sin avisar y por eso no merece demasiada solemnidad.

En su relato no hay nostalgia, sino una especie de claridad tardía. La muerte no le interesa demasiado; le interesa, en cambio, la persistencia de la vida. «Es como una vela que se va apagando», le dice al periodista Manuel Morfel, pero en su caso la vela parece haber encontrado corrientes de aire favorables. Y uno no sabe si habla un hombre o un personaje que ha decidido no abandonar el escenario.

Quizá lo más sorprendente de su biografía no sea su éxito taurino ni su proyección internacional (China, Japón, Alemania, el mundo entero como un ruedo sin fronteras) sino el modo en que un analfabeto declarado construyó un sistema propio de prosperidad. Compraba, vendía, invertía, intuía. Hizo de la economía una forma de instinto. Y de la pobreza, una escuela feroz.

En su tono aparece también la preocupación por los jóvenes, como un eco inesperado en alguien que ha vivido tantas vidas en una sola. Le cuesta entender un mundo donde trabajar no garantiza una casa, donde el esfuerzo parece haber perdido su antigua recompensa. Habla de eso sin rabia, más bien con una tristeza suave, como quien contempla una feria apagada.

De política rehúye con elegancia antigua, como quien sabe que ese terreno tiene su propio lenguaje y él prefiere el de los gestos. Vota, dice, pero no se detiene. En cambio, sí habla del mundo: de sus guerras permanentes, de sus contradicciones repetidas, de esa historia humana que parece un mismo capítulo reescrito con distinta caligrafía.

Y, sin embargo, lo que permanece intacto en él es la idea del toro como destino y metáfora. Un toro que ya no es solo animal sino medida del valor, aunque él mismo matiza esa palabra: el valor no existe, dice, existe la preparación. La tauromaquia, en su discurso, se convierte en una ética de la vida más que en un espectáculo. Estar listo para lo inevitable.

El amor, en cambio, lo aborda con una sinceridad desarmante: aún lo está aprendiendo. Como si noventa años no fueran suficientes para descifrar ese territorio. Habla de la convivencia, de la calma, de la ausencia de ruido como un triunfo doméstico más valioso que cualquier trofeo. Y sonríe con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada.