Mèxico es taurino, en la columna de Alcalino

por | May 11, 2026 | Columnista invitado | 0 Comentarios

En Puebla tiene prosapia la serie anual de conferencias “Los Toros hablados”, que está
celebrando su aniversario número 47 bajo la organización del grupo Tradiciones y Cultura
(originalmente Asociación Taurina de Puebla). Las pláticas, siempre con buenas, fieles y
participativas concurrencias, nacieron de una idea feliz del finado Héctor Budar, que como
novillero tuvo reconocimiento y cartel particularmente en Francia, y como taurino
perteneció a una generación inolvidable de aficionados poblanos. Usualmente, las
conferencias se verificaban los viernes por la noche como antesala de la corrida ferial del
día siguiente, pero esta vez se programaron en tres sábados consecutivos por dos
razones: 1) El amparo taurófobo que hace ya tres años paralizó toda actividad taurina
local; 2) La demolición de la plaza El Relicario, perpetrada a mansalva por el gobierno del
estado, propietario del coso.


La noche del pasado día 2, Gilberto de Yta, el arquitecto que diseñó y dirigió la
construcción de El Relicario, abrió la serie ilustrándonos sobre la historia de los ocho
escenarios taurinos que a lo largo de casi cinco siglos han existido en Puebla, seis de
ellos cosos específicamente destinados a corridas de toros. Fue una charla brillante,


acompañada de material fotográfico prácticamente inédito y sabrosas anécdotas. Hace un
par de días tocó turno al catedrático universitario José Antonio Luna, quien disertó sobre
la “Melancolía del toro” y la inevitable desaparición de las reses de lidia consecutiva a la
de las corridas. Y para el próximo día 16 –aniversario 106 de Joselito y “Bailaor”—se
cerrará el ciclo con una ilustrativa charla en torno a “El comportamiento del toro” a cargo
del MVZ Benjamín Calva, némesis de la empresa Alemán-Herrerías durante la breve
temporada en que, junto con su no menos competente y riguroso colega Santiago Aja,
lucharon por dignificar la autorregulada fiesta del período neoliberal en la hoy cuasi extinta
Plaza México.


Intercalada en la serie, y en día tan significativo como el 5 de mayo, tuvimos la
presentación del libro MÉXICO ES TAURINO, para lo cual la querida BUAP nos abrió las

puertas de su salón de proyecciones. Las restantes sesiones de Los toros hablados se
han venido escenificando, según costumbre, en el céntrico restaurante La Antigua
Tocinería (2 Sur 904).


México es Taurino. Un título rotundo para un libro que no podía sino serlo. Editado por
Tauromaquia Mexicana A. C., ideado y coordinado por Antonio Rivera Rodríguez, se trata
de un objeto editado a todo lujo. Pero si el material fotográfico es una auténtica maravilla,
lo que le da un sello muy particular es su contenido literario e informativo, fruto de una
seria y prolongada investigación llevada a cabo por un equipo de especialistas en torno a
la actividad taurina nacional, tanto en las grandes urbes como en las poblaciones rurales
donde se rinde culto al toro.


La idea surgió al comprobarse la proliferación y vitalidad de los cientos de festejos
populares –la mayoría alejados de lo que entendemos por corrida de toros—que
anualmente se dan en los estados de Yucatán, Campeche y Quintana Roo, tal como lo
registra “La Fiesta no manifiesta”, obra de gran valor y originalidad, dirigida también por el
infatigable Antonio Rivera. La hipótesis a comprobar, que dichos festejos podrían no ser
exclusivos de esa zona geográfica sino extensivos a muchas otras regiones del país. Las
conclusiones a las que llega MÉXICO ES TAURINO efectivamente lo confirman.

Contenido de la obra. Antes de intentar sintetizar, empresa nada fácil, los datos
esenciales que MÉXICO ES TAURINO pone sobre la mesa, es justo apuntar la temática
que da forma y sentido a un libro que arroja una luz inesperada e iluminadora sobre la
importancia cuali y cuantitativa que han tenido y tienen los juegos taurinos en el México
profundo. Para conocer y valorar la riqueza de lo investigado hay que leer con cuidado
desde la clarividente Introducción, firmada por el padre de la criatura –es decir, el propio
Antonio Rivera–, hasta la abundante estadística que corona el propósito inicial del ingente
trabajo emprendido, y que tan reveladora resulta. Antes de llegar a ella, el lector habrá
tenido acceso a ensayos verdaderamente eruditos en torno al tema, donde Héctor Medina
Miranda (Breves apuntes acerca del ganado bovino entre los pueblos originarios en el
actual territorio mexicano), Fernanda Haro Cabrero (La Tauromaquia, manifestación
vigente del arcano culto al toro), Salvador Arias Ruelas (Tauromaquia, Cultura y Derecho.
El caso mexicano) y Juan Álvarez (Encrucijada histórica), hacen aportaciones decisivas
para la obra.


Es indispensable meditar acerca del Manifiesto que abre el libro, porque en él los
representantes de las comunidades investigadas –con sus usos y costumbres, palqueros,
mayordomías y diputaciones de Ferias—, unidos a las asociaciones mexicanas de
toreros, ganaderos y cronistas, más los numerosos amantes de la fiesta brava aglutinados
en los capítulos estatales de Tauromaquia Mexicana AC, declaran su voluntad de
defender la continuidad de los festejos taurinos en nuestro país, en resuelta oposición a la
oleada animalista y su desafortunada concreción en leyes y decretos expedidos por
instancias oficiales comprometidas con la moda de lo políticamente correcto, corriente de
evidente sesgo neoconservador aunque nunca les llegara el aviso correspondiente a los
progres-buena-ondita que se creyeron que la tauromaquia es de derechas y su supresión
un guiño civilizatorio y progresista.


Método de investigación. La propia obra (pp. 92-94) señala que las que figuran como
estadísticas finales se calcularon en función del “año tipo” de cada localidad investigada,

es decir, ese año particular, dentro del período 2000-2024, en que se dio el mayor número
de festejos por cada estado del país. La vasta estadística, al desglosar por separado a
cada uno de ellos y a la CDMX, incluye festejos de todo tipo, ya se trate de corridas de
toros, novilladas, corridas de rejones, festivales o, en el medio rural, charlotadas y
cualquier otra clase de juegos de tradición local con ganado de lidia o algo semejante.
Numeralia y conclusiones. De lo anterior, resulta que el número de festejos totales
efectuados en el “año tipo” para Yucatán alcanzó la cifra de 1644, nada menos, de los
cuales sólo 62 fueron corridas de toros y 33 novilladas, en contraste con, por ejemplo,
Tlaxcala, donde los festejos bajo reglas y usos locales apenas llegan a 4, a cambio de 58
corridas formales y 20 novilladas en su año estrella. Un estado con fuerte contribución a la
estadística es Hidalgo, especialmente su zona huasteca, pues totalizó 457 festejos, con
más corridas que ningún otro (196), superando en esto a Jalisco (105), Estado de México
(96) y no se diga a la capital de la república, que en su “año tipo” del siglo presente
apenas vio 24 corridas y 46 novilladas, la mayoría en la placita Antonio Velázquez, de
Chucho Arroyo. Aguascalientes, que actualmente se tiene –aunque con muchos
bemoles— por sostén principal de la fiesta brava en el país, no pasó en su año tipo de 38
corridas, 33 novilladas, 37 festivales y solamente dos mixtos-regionales.


¿Y a nuestro estado de Puebla, en su mejor año, cómo le fue? Pues vean y opinen:
corridas, 43; novilladas, 14; festivales, 2; total, 59 festejos. A los que hoy, con los amparos
que pesan sobre la capital, Teziutlán y Texmelucan está muy lejos de aproximarse
siquiera.


Resumiendo: en un año tipo –combinados los de cada estado de la república–, la suma
de festejos taurinos en el país llega a 4,686, celebrados en 1,137 localidades de 669
municipios, y con una asistencia calculada en 7 millones de espectadores, y una derrama
económica que, de acuerdo con la estadística comentada, superaría los 9 mil mdp.
Y, mucho ojo, el 80% de dichos festejos se efectúan en localidades con menos de 100 mil
habitantes, y el 61% en comunidades con menos de 25 mil. Pero además, 42% de las
localidades con actividad taurina regular alojan núcleos importantes de población indígena
de acuerdo con datos del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI). Allí donde,
de acuerdo con la Constitución federal, los gobiernos están obligados respetar la cultura
local, usos y costumbres incluidas, circunstancia que le proporciona un peso
argumentativo insoslayable a la obra de referencia.


El sustento está en lo rural. Es evidente y archisabido que padecemos un progresivo
déficit de corridas formales, esas cuyo resultado registra la prensa nacional –aunque no
toda y sin la resonancia y pormenores de ataño–. Pero a cambio, resulta revelador el
sostenido auge de festejos populares que, bajo reglas más o menos libres, se llevan a
cabo en las fiestas patronales de pueblos y comunidades de las zonas centro, sur y
sureste de la geografía mexicana. Allí donde la palabra tradición se traduce en
manifestaciones de devoción y fervor local, y hasta donde no es fácil que lleguen las
prohibiciones y censuras tan de moda.


Gracias a lo cual puede afirmarse, siguiendo la conclusión final y el título mismo de la
obra, que, como desde hace cinco siglos ocurre, MÉXICO ES TAURINO.